Parecería que aún sin el crepitar de llamas devorándolo todo, el actual presidente brasileño sueña con desenlaces similares al incendio del Reichtag para culpar y liquidar a los comunistas o el que destruyó Roma para hacer igual con los cristianos, tal y como hicieron Hitler y Nerón.

    Admirador en público del golpe militar que aterrorizó a Brasil durante 21 años luego de derrocar al presidente Joao Goulart en 1964, Jair Bolsonaro ha dicho lamentar que entonces los militares no liquidaran a más opositores. Recientemente alabó a un coronel ya muerto, Brilhante Ustra, quien llevó al infierno el aval de haber conducido a un pequeño a ver a su madre torturada.

    Y bien que ha educado a su hijo Eduardo, quien recientemente estuvo en Miami en agradable contubernio con lo peor de la laya ultraconservadora que hace guarida en la ciudad. El Bolsonarito no ocultó sus simpatías por Augusto Pinochet y muy a lo miamense expreso que el dictador evitó que Chile se transformara en otra Cuba. Para él, sin duda alguna, fue hazaña social el asesinato de más de 3 mil civiles y las torturas a otros 38 mil, según datos oficiales de ese país.

    Su papá presidente, Jair, ha nombrado en la cartera de Medio Ambiente a un señor llamado Ricardo Selles, candidato a diputado en las elecciones y cuya propaganda electoral decía “Vote 30-06” mostrando una caja de balas calibre 30-06 para con ellas solucionar los problemas con la izquierda, el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra, los bandidos del campo y las plagas de jabalíes, de manera de comparar a campesinos pobres con bandidos y cerdos salvajes.

    Su canciller también viene por la misma goma y ha anunciado que acabará con cualquier vestigio de marxismo cultural, mientras el jefe del equipo económico del gobierno resulta un ultra liberal dispuesto a vender a los privados todas las instituciones públicas, lo mismo la empresa petrolera Petrobas que el Banco de Brasil.

    Por su parte, un juez, Sergio Moro, fue recompensado como Ministro de Justicia por violar los procedimientos legales y condenar al ex presidente Lula y evitar su candidatura en las elecciones en que Bolsonaro gana la presidencia.

    La Ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damaraes Álvarez, es una pastora evangelista quien dicen ha afirmado algo increíble: que vio a Jesucristo encaramado en una mata de guayaba y ella le aconsejó que bajara, no se fuera a caer y hacerse daño.

    Sin duda que en la actual administración los cañonazos suenan por todos lados y de todos los calibres, y Bolsonaro ha colocado generales en las carteras de Minas y Energía, Ciencia y Tecnología, Seguridad Institucional, Infraestructura, Secretaría de Gobierno, Contraloría General y, por supuesto, en la de Defensa. Además ha expresado públicamente que desea una base militar de Estados Unidos en territorio brasileño y que va a flexibilizar la tenencia de las armas de fuego. Y reveladoras son, entre otras por el estilo, frases suyas como las que siguen:

    “No quiero esa historia de Estado Laico. El Estado es cristiano y la minoría que esté en contra, que se mude.”

    “Estoy a favor de la tortura y el pueblo también lo está.”

     Refiriéndose a los partidos de izquierda ha dicho: “Si se quieren quedar aquí van a tener que ponerse bajo la ley de nosotros. Se van fuera del país o van para la cárcel, porque esos marginales rojos serán proscritos de nuestra patria.”

    Su homofobia se puede catalogar de salvaje, pues ha dicho que si tuviera un hijo homosexual preferiría que muriera en un accidente y, misógino, tal como es, dijo a una congresista que era tan fea que no merecía ni ser violada.

    En otra de sus frases se retrata como el presidente que será: “Es una desgracia ser patrón en este país con tantos derechos para los trabajadores.”

    Pero Jair Bolsonaro no es el patrón de un negocito cualquiera. Es el presidente de la segunda economía del continente, el territorio más grande de América Latina y el quinto del mundo. Ganó las elecciones ante el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), el partido del encarcelado Lula, y uno viendo así el mundo, a sus pueblos, políticos y vida por venir, no puede dejar de recordar a José Martí cuando dijo. “Puesto que erramos por propia voluntad, paguemos por nuestro error.”

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.