¿Por qué maltratar

al género gramatical?

Nicolás Pérez Delgado

     Desde esos tiempos inmemoriales de unos 9 mil años antes de Cristo y finalizada la primitiva sociedad matriarcal, el hombre comenzó a pasar por alto el rol de la mujer en la sociedad, aunque sin dejar de apropiarse de sus saberes y labores. Ni siquiera el galileo Jesús de Nazaret tuvo entre sus apóstoles una mujer y para nada se habla de las filósofas, aunque en la Alejandría del siglo V existió la neoplatónica Hepatia, quien además de ser astrónoma y matemática, dicen que era muy bella. Solo se ha consentido el decir de que detrás de cada gran hombre existe una gran mujer, lo único que tan detrás que se hacían invisibles.

    Una vieja máxima encaminada a educar a las jóvenes rezaba más o menos así: Asiste bien a tu marido, obedécelo, dale buena cena, mantenle sus ropas limpias y bien planchadas y con esmero dedícate a los hijos que procrearán y hallarás felicidad en esta tierra y en el bendito cielo. Sin embargo, la historia universal recoge que hicieron mucho más que eso: fueron jefes de Estados, montaron guardia ante la cercanía del enemigo, manejaron el arco y la espada, se destacaron como guerrilleras y si la situación se hacía peliaguda orinaban de pie, igual que los hombres.

    No obstante, las sociedades han sido sexistas, algo que comienza a cambiar, aunque no sin lucha. La mujer se empodera y se coloca en el sitio que merece, en igualdad con el hombre. Sin embargo, en muchas naciones y ante trabajos iguales todavía hoy devengan salarios inferiores, como en los mismos Estados Unidos. Las desigualdades alcanzan hasta la cotidianidad del hogar y esto sin contar la violencia física que en ocasiones acaba en feminicidio.

    Hombres y mujeres son iguales –a no ser, ¡y bendito sea Dios, en el cuerpo físico!– pero esto no siempre se acepta y todavía hay mucho que luchar para poner fin al abuso al que han estado sometidas. Es una realidad innegable, como innegable es que también la gramática existe y que hay que cuidar la escritura y el lenguaje y no maltratarlos con sustantivos y adjetivos innecesarios por repetitivos, tal y como se ha maltratado a las mujeres

    Y es que pienso, o mal pienso, que el empoderamiento de la mujer se robustece haciendo cambios en la sociedad, no eliminando el género gramatical de nuestro rico y bello idioma –el de un Cervantes, un Pablo Neruda, un García Márquez o un Alejo Carpentier, el de la excepcional oratoria de un José Martí, un Emilio Castelar o un Fidel Castro–. Razonamiento que me parece justo, aunque puede resultar baladí, equivocado, pues sin percatarse quizás el cronista se vuelve un dinosaurio del siglo XX en peligro de extinción, pues disfruta de nuevo con Crimen y Castigo, Los Desnudos y los Muertos, el Cantar de Mio Cid, Estravagarios, Las palmeras salvajes, El coronel no tiene quien le escriba, Por quién doblan las campanas  y Guerra y Paz,  entre otras antigüedades de papel y tinta que se ahogan en medio de un tsunami de celulares y otros artilugios que se dicen inteligentes.

     El idioma es algo vivo, cambia, se enriquece, pero también se desluce si pierde soltura y elegancia. Como ejemplo crearemos un párrafo con ambiente cubano y que puede ser afín con el nuevo uso de expresión que anda por el mundo: Los cubanos y las cubanas aplaudieron el paso marcial de los milicianos y las milicianas que al pasar frente a la tribuna saludaban a los ministros y ministras del gobierno.  Sin dudas que si por loables razones anti discriminatorias el párrafo se inicia con los cubanos y las cubanas, de acuerdo a la nueva lógica antidiscriminatoria no se debe obviar después a las milicianas (¿o a ellas por qué no las aplaudieron?), ni a las ministras (¿o ellas por qué no fueron saludadas?)

    Nos preguntamos si no es párrafo antiestético, deslucido ante la innecesaria alusión a ambos sexos al obviarse el género gramatical, que no es el biológico. Y habría que machaconamente seguirlo así, de principio a fin, pues si al final obviamos a las ministras alguien juzgaría que se menosprecia a esas altas funcionarias del Estado, pues el ejército del pueblo no las saludó. Por supuesto que también sería antiestético decir: “Deseamos éxitos a todos y todas,”  “Ellos y ellas resultarán ganadores,” y así otras locuciones. Cabría preguntarse si entonces habrá que decir “el pianisto Richard Clayderman o el gran psiquiatro Sigmund Freud,” aunque resulta lógico referirnos a la jueza, la abogada o la filósofa, en lugar de la juez, la abogado y la filósofo.

    El idioma debe tener soltura, claridad y elegancia y me parece que el género gramatical masculino que designa a todos los individuos de una especie sin  distinción de sexo, en realidad no expresa discriminación para la mujer. Es una ley lingüística en aras, repito, de la economía y elegancia del lenguaje, y resulta curioso descubrir que todos los ríos del mundo son machos –el Elba, el Guamá, el Sena–  y, en cambio son hembras todas las letras del alfabeto, incluso las sólidas p, las x y hasta las o. Todas.

    Pero hay algo parece ser el non plus ultra del mal gusto en la escritura; parecería que quieren triturarla. La utilización del signo arroba para incluir en un solo artículo los géneros masculino y femenino que por las tres arrobas haría 75 libras más denso el ejemplo del párrafo citado: “L@ cubanos aplaudieron el paso marcial de l@ milicianos que al pasar frente al estrado saludaron a l@ ministros del gobierno. ¡Oh, horror! ¿A quién se le ocurrió eso?

    Decía Humberto Eco, ese gran pensador y lingüista italiano de renombre mundial y autor, entre otras novelas, de En nombre de la rosa, que las modas lingüísticas se forman por pereza o imitación. Sin embargo, a la que hacemos alusión no obedecen a ninguna de esas dos razones. Persiguen un fin loable por el que todavía nos queda mucho por el cual luchar.

     El tema se las trae y su justeza o bochorno lo debaten filólogos, periodistas, escritores y gente culta en diversas partes del mundo, como  en la misma tierra de Cervantes y de la Real Academia de la Lengua. Forma expresiva que sería justa por sacar a la luz el relego social que ha tenido la mujer, pero requiere de bisturí filológico, pues puede resultar mortal infección lingüística. No criticó a los bien intencionados que la usan, pero yo no lo haré. Tal vez lo ideal sería convocar a una sesión espiritista acompañado de un profesor de griego y consultar a la  neoplatónica Hepatia, aunque a lo mejor el tema le resulte insustancial por ser gramatical, pura bobera para filósofos, astrónomos y matemáticos. Habría también que ver lo que piensa el espíritu de Miguel de Unamuno, quien cultivó novela, poesía, teatro, ensayo y filosofía, tres veces rector de la reconocida Universidad de Salamanca y considerado la personalidad más original y polémica de la Generación del 98 que tanto enriqueció la cultura universal y el idioma español.

    Pero tal vez por esta crónica, a mí, que no soy filósofo, astrónomo, ni matemático, y ni el generalísimo Francisco Franco, jefe falangista, me destituyó a puro huevo de la rectoría de Salamanca, puede existir quién me tilde de machista, retrógrado, misógino, reaccionario, fascistoide, mala yerba, desmadrado u otro adjetivo denigrante, y como soy honesto reconoceré que como la mayoría de los cubanos también en algún momento hice gala de machismo, lo que hoy lamento, aunque por su grado sin querer cortarme las venas y, a lo mejor, de vez en cuando lo siga haciendo sin darme cuenta, y es que me crié en el reparto de arrabal de Carlos Manuel, en la ciudad de Pinar del Río, nadando en las turbias aguas del río Guamá y a esa edad tan moldeable de la adolescencia y primera juventud adiestrado por películas de charros de grandes sombreros que como agua tomaban tequila y a tiros se batían en la cantina o en medio de una polvorienta calle solo porque los miraron atravesado. La mujer en la casa, preparando la cena y atendiendo a los críos, ya lo lloraría si lo mataban. Educado también por un padre que fue escopetero del ABC durante la lucha contra Machado y que luego, ya médico cirujano, me llevaba a alguna de sus pesquerías en la lancha que en popa llevaba nombre de mujer, el de mi abuela Felicia, y a veces me hacía fajar a piñazos con el hijo de un gran amigo suyo del pueblo de mar de La Coloma, ambos tomándose una cerveza y achuchándonos como si fuéramos gallitos quíqueres.

    Así, en parte, era nuestra sociedad, la que comienza a cambiar en 1959 con las milicianas del párrafo que creamos y desaprobamos, mujeres de todas las edades, amas de casas, obreras, empleadas de tiendas, estudiantes, negras, blancas y mestizas a las que apenas triunfa la Revolución Fidel empodera incluso entregándoles fusiles y hoy vemos que en la Asamblea Nacional del Poder Popular el 53 por ciento de sus integrantes son diputadas. Aplaudo la existencia de tantas diputadas y sin machismos ni feminismos pongo punto final a esta crónica y ofrezco  disculpas si a alguien ha molestado mi observación gramatical.

         Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.