¿ES RUSIA SOCIALISTA?

                                                                          Jorge Gómez Barata

Se atribuye a Vladimir Putin haber manifestado que: “Quien se alegre del colapso de la Unión Soviética no tiene corazón y quien pretenda resucitarla carece de cerebro”. Cierta o no la sentencia refleja la exquisita ambigüedad con que el líder ruso más popular después de Stalin (que no era ruso) se conduce.   

Con el colapso de la Unión Soviética la nomenclatura política de la izquierda cambió. Un líder o gobernante puede proclamarse socialista sin ser marxista ni leninista, un marxista puede ser cristiano en lo social y a un comunista le es permitido comulgar. Es posible ser admirador de Marx y del mercado y países como los estados de bienestar de Europa central y Escandinavia son socialistas sin habérselo atribuido jamás.

La tolerancia y la diversidad ideológica llegaron para quedarse y se ha probado que para ser socialista no es necesario abrazar dogmas ni rituales. Basta con apostar por las mayorías, incorporar a los programas y a la práctica elevados estándares de justicia e inclusión social, respeto por los derechos humanos, trabajar por la democracia y atenerse a sus reglas.

Restando la alianza con el campo socialista europeo, el Tratado de Varsovia y el Consejo de Ayuda Mutua Económica que proyectaban su poderío económico político y militar hacia Europa y, en el caso de Cuba, hacia América Latina y las adyacencias con Estados Unidos y sumando la herencia de la economía soviética, sus capacidades nucleares, el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y otros activos heredados, se puede preguntar: ¿Es Rusia tan poderosa como lo fue la Unión Soviética? ¿Es acaso tan socialista como ella?     

En el momento del colapso de la Unión Soviética, Rusia se autoproclamó su heredera, tomando posesión de lo mejor que había creado el socialismo, descartando lo que consideró lastre. Con sentido utilitario se apropió de la economía soviética, se adjudicó el poderío nuclear, el material de guerra convencional, incluidas las flotas navales y la aviación, hizo suyos los bienes culturales depositados en su territorio y negoció con occidente el asiento en el Consejo de Seguridad.

A la herencia de la URSS, con Putin, Rusia sumó elementos que generaron una sociedad hibrida caracterizada por un fortísimo sector público de la economía, un vasto ámbito privado, razonablemente controlado y una institucionalidad democrática cooptada por dosis de autoritarismo, asimilables por la cultura rusa.

Para comprender cabalmente el proceso iniciado por los bolcheviques hace cien años, sería pertinente reflexionar no solo si Rusia es hoy tan fuerte e influyente como lo fue la Unión Soviética, sino también si sus ciudadanos son tan felices y presentan una autoestima tan alta como sus mayores soviéticos que disfrutaron los momentos estelares de los planes quinquenales, la victoria sobre el fascismo y vivieron el orgullo de saberse a la vanguardia en la conquista del espacio.

Con luces y sombras, tal vez Rusia sea más socialista de lo que ella misma cree. En cualquier caso, posee una herencia cultural en la cual la ideología, que no es explicita, hace posible que, sin adorar a Marx, pueda practicarse su legado. Parafraseando al Che Guevara se puede ser socialista con la naturalidad con que los biólogos son pasteurianos y los físicos einstenianos.

No se trata de un galimatías, sino de apuntes para meditar, más pertinentes desde Cuba donde es preciso desaprender, desbrozar malezas ideológicas y abrir caminos. Allá nos vemos.