Jorge Gómez Barata

Sin ideas preconcebidas, apoyado en investigaciones históricas y científicas ajenas a la política de su tiempo, y a la idea de que pudieran servir de base a un modelo político socialista, Carlos Marx revolucionó el pensamiento social de su época al establecer el factor económico como elemento determinante en el desarrollo social. Al respecto contó:

“El resultado general al que llegué…puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales…No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia…Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella…”

No recuerdo en qué momento me familiaricé con la idea de que este modo de plantear el papel del factor económico era una abstracción filosófica tan profunda, que difícilmente podía emparentarse con ningún aspecto de la realidad. Se trataba, a mi juicio, de un recurso metodológico, válido para comprender grandes períodos históricos, aunque inaplicable en el examen de situaciones concretas.

El error de los operadores políticos soviéticos y del resto de los países del socialismo real consistió en creer que al instalar una economía basada en la propiedad estatal y administrada desde los centros de poder político, ejerciendo el monopolio estatal sobre el mercado, el comercio, las finanzas, los salarios y otros factores, se construía una nueva sociedad, y que un mayor bienestar, asistido por la difusión de valores ideológicos, conducía a la formación de “hombres nuevos”.

Al asumir una concepción basada en el determinismo económico regido desde el estado y planificado centralmente en los menores detalles, se generó un modelo económico asombrosamente simple e ineficaz, sin capacidad para auto renovarse. Aunque en una gigantesca economía como la soviética aquel enfoque produjo resultados a corto plazo, a la larga falló no solo por sus defectos estructurales, sino también por su dependencia de la política.

A la altura de los años setenta, la economía soviética, de Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría y Polonia entre otros países que superficialmente conocí, aunque obtenían cifras de producción relevantes, no eran capaces de satisfacer las demandas de los consumidores nativos, sus estándares de calidad y belleza eran lamentables, carecían de competitividad en los mercados internacionales, y sus innovaciones eran mínimas. Algunos economistas y empresarios abogaban por reformas, tropezaban con la barrera de la política.

Gorbachov que comprendió que la economía por sí sola no podía auto renovarse, sino que se necesitaban acciones desde el partido y el estado, aunque elaboró ciertos consensos, no pudo diseñar integralmente ni administrar las reformas, no solo por incompetencia, sino también por la resistencia de los defensores del status quo, a lo cual se sumó la rápida movilización de las potencias occidentales, que contribuyeron al colapso del sistema.

Hoy se sabe que para lograr que la compleja dialéctica entre política y economía en el socialismo se realizara, era necesaria una integralidad y una visión global que no fue conseguida. El mayor riesgo que corren hoy China, Vietnam, incluso Cuba es generar una dinámica económica que, por distintas razones, entre ellas la unilateralidad, genere contradicciones con las estructuras y la institucionalidad política.

El problema es contradictorio y complejo, implica riesgos, pero reconocerlo es el primer paso para resolverlo. Allá nos vemos.