Marculus adula a Trump porque ahora es presidente

    

 Hace días este cronista disfrutó la lectura de las 430 páginas de la novela histórica La última legión, de Valerio Massimo Manfredi, destacado escritor italiano, arqueólogo y especialista del mundo  antiguo. La obra se inicia en tiempos de la caída del Imperio Romano de Occidente, hecho que pone fin a la Edad Antigua cuando un jefe bárbaro aliado de los romanos vira las armas  y derroca al emperador Rómulo Augusto, de trece años de edad, luego de matar a su padre, el bravo Orestes, jefe de la legión Nova Invicta y a quien no le interesó ser emperador.

    En la novela abundan los latinismos y recordé a mi profesora de esa lengua clásica, la destacada pedagoga Vicentina Antuña, escritora y política, Profesora de Mérito de la Universidad de La Habana, quien era directora de la Escuela de Artes y Letras, antigua Filosofía y Letras. Debo aclarar que como no me apasionó la teología y no fui cura ni oficié misas en latín, lo que queda entre mis neuronas de esa lengua muerta es casi nada, pero como los bárbaros en son de burla llamaban al niño emperador Augustulus, un chispazo de la memoria me hizo recordar algo de las clases de la doctora Antuña,  que el sufijo latín ulus forma diminutivo y con él minimizaban al hijo del bravo Orestes, que pasaba a ser el insignificante Augusto, el pequeño Augusto.

    Y como vivo en Miami, gigantesco caserío e imperio político ultraconservador donde pululan aspirantes a césares que quieren trono sin tener que enfrentar espada en mano a los batallones del para ellos bárbaro pueblo de Cuba, peores que los hunos de Atila, que vándalos, ostrogodos y otros grupos que no hablaban inglés… perdón… latín, lengua oficial del desaparecido imperio romano. Eso sí, no dejan ni un día de azuzar al presidente que habite la Casa Blanca para que arrecie un bloqueo de ya casi sesenta años que bien parece pertenecer a lo más oscuro de la Edad Antigua o Media y con hambre y enfermedades exterminar a los empecinados y fieros isleños comunistas. Más gustaría a ellos que Washington aprobara invadir por tierra, mar y aire y sin considerar los miles y miles de muertos de ambas partes, soñar que dominada la situación, los marines ya paseando por el Malecón y el Prado habanero, los llamen a tomar el bastón de mando.

     Y por Miami y Washington anda Marculus, elegante petimetre a quien casi a diario hacen propaganda en televisión, quien se opone hasta que los peloteros cubanos puedan ser contratados por las Grandes Ligas y que los cazatalentos visiten la Isla para sobre el terreno valorar a jóvenes talentos del bate y el picheo. No quisiera intercambio cultural entre los dos países, ni embajadas y consulados que agilicen trámites de cualquier tipo. Reclama que Cuba sea incluida de nuevo en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Desea borrar de la memoria humana, de la historia, sesenta años de Revolución. Recientemente, al enterarse del acuerdo respecto a las peloteros, llenó de rabia lanzó un twiter en el que aseveró que eso era “una farsa & estoy trabajando para que se anule lo antes posible.”

    Ese es Marculus, cuyo cabello él desearía fuera del color de su apellido, rubio a lo Donald Trump y así, al menos, parecer tan estadounidense como un red neck. Por eso utiliza en su tuiter el innecesario signo de & que en inglés hace contracción de las tres letras de la conjunción and, pero que en español no ahorra nada, ni un milímetro de escritura ni una fracción de segundo en el habla, pues sustituiría a la sencilla conjunción y griega, de una sola letra.

     Marculus, aunque graduado de abogado en la Universidad de Miami, no ha de saber que ese signo, siempre en negritas y que parece un difuso número ocho, en español se denomina “et” debido a que en latín la actual y griega se escribía y pronunciaba et. Signo que en nuestra lengua resultaría cipayesco, superfluo, nada económico, pues no aumenta la velocidad de la escritura y pronunciarlo sería volver al latín de los Césares, a escribir y hablar como Nerón o Calígula. Y es que Marculus es gran admirador de un Secretario de Estado, de un tal Pompeo, a quien en Cuba los aseres le dicen “el que se tira peos,” y ambos ahora quieren meterle miedo a los cubanos e incluso a empresarios de naciones aliadas de los Estados Unidos con la posible activación del Título III de la Ley Helms-Burton.

    Marculus, ni su adorado Pompeo, por supuesto, querrán valorar lo que Valerio Massino Manfredi señala al final de la novela, en nota del autor, página 428, al afirmar que “en nuestros días tan turbulentos, Occidente, que se cree de algún modo inmortal e indestructible (como el imperio romano de los mejores tiempos), debería meditar acerca del hecho que los imperios antes o después se disuelven y que la riqueza de una parte del mundo no puede sobrevivir a despechos de la miseria de otras poblaciones.”

     Mi amigo Irenaldo García, de quien siempre preciso que nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre, fue quien me instruyó de que en cuanto al senador de referencia, de pelo tal vez demasiado oscuro, además de formarle diminutivo, el viejo sufijo latino se hace más preciso al enlazarse con la letra c y crear un nuevo y más sonoro nombre que termina en culus, pero culus no solo como diminutivo, culus llevado a lo cubano de la calle, o sea, también como el orificio que queda en la parte más baja de la espalda, entre nalgas y nalga, el cual es común que emita fetideces.

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.