Ser asesinado de rodillas, en el interior de un templo mientras se reza, es una de las formas más absurdas de morir. Esta vez no fueron los musulmanes, sino fue contra ellos. El hecho no ocurrió en un país imperialista o agresor sino en Nueva Zelanda, uno de los estados más pacíficos de todos los existentes, donde fueron atacadas dos mezquitas, provocando la muerte de 50 personas y otras tantas heridas.

Culpar de actos terroristas locales a líderes de corrientes ideológicas   o gobernantes de atentados tan brutales como la voladura del hotel Rey David en Jerusalén en 1946, el asesinato de los deportistas israelíes durante la Olimpiada de Múnich en 1972, el sabotaje al avión de Cubana de Aviación sobre Barbados en 1976, los atentados contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, la masacre en la redacción del semanario francés Charlie Hebdo en 2015 o el reciente ataque contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, puede no ser técnicamente exacto.

No obstante, lo cierto es que se trata de un tecnicismo que escamotea el hecho de que si bien líderes extremistas o gobernantes no participaron en los planes concretos para semejantes actos y no fueron ellos quienes jalaron los gatillos, detonaron las bombas o degollaron a las víctimas, en términos políticos y morales comparten responsabilidades por tales hechos porque, con su influencia y sus pronunciamientos, estimulan el odio de clases, el racismo o la xenofobia, que da cobertura ideológica a semejantes actos de barbarie.

El problema que respecto al terrorismo afronta la humanidad, no radica solamente en las organizaciones de ese carácter ni en los “lobos solitarios” que por inspiración propia cazan al acecho ni aquellos que buscan venganza por sus familiares inmolados, más difícil que lidiar con eso son las ideologías racistas, supremacistas, xenófobas, que al alentar el antisemitismo y la islamofobia envenenan las almas y alientan tales actos.

Luchar contra el terrorismo no es solo perseguir a cabecillas y perpetradores en las montañas de Tora Bora, encerrarlos en infames agujeros en Guantánamo, condenar y ejecutar a quienes cometen tales crímenes, lo más importante es erradicar las ideologías de odio, dejar de estimular los actos racistas y de promover la supremacía de políticas o razas.        

  Obviamente, tampoco se trata de actuar con guantes de seda o cultivar la tolerancia, promover el relativismo moral, buscar las causas en los lugares equivocados y suponer que el problema no tiene solución. Sí la tiene, lo que tal vez no sea mediante guerras o invasiones, ni solo con represión y actos judiciales.

Es infame atribuir las causas del terrorismo a la pobreza y ni siquiera a la explotación que padecen los pueblos oprimidos. El terrorismo emana de actitudes perversas de mentes ilustradas, aunque ideológicamente corrompidas, que adoptan el odio como opción política a sabiendas de que no conduce a ninguna parte. Ningún terrorista es patriota o revolucionario y ninguno ennoblece la fe que práctica. Asesinar en nombre de la libertad o de Dios es una aberración criminal.  

El odio no puede ser legitimado y debe ser condenado, lo mismo cuando se dedica a profanar templos, matar rivales políticos o cazar emigrantes en los desiertos de Arizona. Odio genera odio, nunca salva y siempre es condenable. Allá nos vemos.