El telégrafo revolucionó las comunicaciones haciéndolas instantáneas y  quedaron atrás señales visuales, palomas mensajes y caballos de postas. El teléfono luego fue paso de gigante. Las computadoras parecieron magia electrónica para las ciencias, las artes e, incluso, para la nimiedad de redactar esta crónica que a muchos no gustará si se ven captados en ella. Y llegó el celular o el móvil, como queramos llamarlo, otro gran progreso que nos permitía en cualquier lugar y situación comunicarnos.

    Sin embargo, el celular inicial progresa y, como se dice, se hace “inteligente,” capaz de almacenar información e imágenes como una computadora que se lleva en el bolsillo, en una cartuchera o en la palma de la mano, y se convierte en una adicción que poco o nada se toma en cuenta porque en apariencia no daña, aunque es como un estupefaciente que contamina cerebros en ya demasiados habitantes de nuestro maltrecho planeta.

    Es cierto que es útil. Nos puede dar información y hasta guiarnos en una ciudad que no conocemos, pero ha llegado a formar parte de lo que ese gran novelista y ensayista con el cual no coincidimos en el terreno político, Mario Vargas Llosa, llamara “La civilización del espectáculo”, la cual lleva a la sociedad a una trivialidad que resultará lamentable para la cultura. Según el Premio Nobel de Literatura se crea un público que busca el más mínimo esfuerzo intelectual, no se preocupa por el mundo en que vivimos, los libros lo fatigan y cree que se ilustra con otros medios y otros contenidos.

    Según él, la diferencia entre la cultura del pasado y la que introducen hoy radica en que los productos de aquella pretendían trascender el tiempo presente, seguir vivas en las generaciones futuras, en tanto ahora se fabrican para consumirse al instante y desaparecer como los bizcochos y el popcorn.

    De acuerdo estamos con Mario Vargas Llosa, pues evidentemente algo ocurre, Por ejemplo, en restaurantes desconcierta observar a comensales alrededor de sus mesas sin intercambiar una palabra, las miradas clavadas en sus celulares y, cuando más, con una sonrisa uno de ellos mostrarle algo de su pequeña pantalla al que tiene al lado. Es posible que con el tiempo los modernos homo sapiens se hagan incapaces de mantener una conversación continua si la misma gira sobre un tema que no sea baladí.

    Negativo asombro debía causar que ese útil dispositivo, pero también portador de mediocridad y de noticias falsas y venenosas en las llamadas redes sociales, logren que tres o cinco o sabe Dios cuántos millones de terrícolas más se embelesen y pierdan el tiempo embebidos en la imagen de un perrito que se orina en un charquito sin que se le mojen las paticas o en la carita de un bebé igual a todos los bebés del mundo que parió una artista de moda e, impresionados ante imágenes tan geniales, de inmediato la trasmitan a otros adictos a la pantallita.

    Pero más trágico es cuando se atiborran de falsedades con apariencia de verdades. Y no se trata de no usar las redes sociales… ¡pero cuidado con ellas! Recientemente una de esas falsas noticias aparecidas en Whatsapp originó una gran tragedia al difundir que en la patagónica ciudad argentina de Rivadavia se atacó sexualmente a un menor, lo que provocó que la casa del supuesto agresor, pues no lo era, fuera incendiada por una muchedumbre y cuando su padre, de 50 años, logró escapar de las llamas fue asesinado a golpes.

    Como en ningún tiempo, ahora, debido a las redes sociales circulan noticias deplorables y los adictos, creyéndolas, sin discernir, cruzan la calle entre el tráfico sin quitar la atención del celular que lo puede llevar bajo las ruedas de un camión. O se maneja mientras se lee la tontada de un mensaje que notifica: “Ayer volví ver el dragón meknico y salí del cine y fui y me comí una  donald k estaba rica rica.” Otro anda  en bicicleta, sus pies pedalean, una mano en el manubrio y la otra sostiene el celular frente a los ojos. Hay quien cae de espalda a un precipicio por querer hacerse un selfie para enviar su carita satisfecha a cuantos amigos tengan en la red. El tráfico se ha hecho más lento. Ponen la verde en el semáforo y el conductor, entretenido en su celular, no avanza.

    Incomprensiblemente la moda actual promueve el uso de camisas sin bolsillos y se anda con el celular en la mano como antes andaban las damas con una carterita con el vanity y el creyón de labios dentro. El celular y su contenido, sea real, baladí o inexistente, se hace más imprescindible que el calzoncillo o el blúmer y he visto amigos muy trastornados, ansiosos, porque el celular se les quedó en la casa, como si el aparatico fuera un equipo de oxigeno que los mantiene vivos, respirando. Si vemos diez terrícolas juntos, siete al menos, zambullidos en su celular no saben del paisaje qué  los rodea.

    Salga a la calle, suba a un transporte público o espere ante el elevador de un hospital o entre a un supermercado y constatará lo difícil que es que la gran mayoría de los terrícolas a su alrededor, sean jóvenes o viejos, varones o hembras, logren pasar unos minutos sin clavar la vista en el celular, aunque paseen por un parque con una flamante novia o por primera vez transiten por la sorprendente Quinta Avenida de New York o se encuentren ante la caída ruidosa de las toneladas de aguas de las Cataratas del Niágara. Nada importa. El mundo es lo que les muestra ese aparatico que almacena miles de fotos entre las que cuesta luego encontrar la que se busca y que hacen recordar un principio del periodismo mal intencionado: si quieres dar una noticia y que pase inadvertida, húndela en montones de otros insustanciales datos que pudieran parecer afines.

    Así que en este tema coincido plenamente con Vargas Llosa: la cultura parece que se va a pique. Ya no interesan novelas suyas tan geniales como La ciudad y lo perros, Conversación en la Catedral, Lituma en los Andes, Pantaleón y las visitadoras, ni las de la fabulosa prosa de Gabriel García Márquez, ni las de Ernest Hemingway, ni las de James Joyce, ni las de Mijail Sholojov, ni las de Víctor Hugo, ni las policiacas de Dashiell Hammett o las de Arthur Conan Doyly con su inolvidable detective Sherlok Holmes, ni disfrutaremos del caballero ladrón que siempre burlaba a Holmes, Arsenio Lupín, creado por la pluma también maravillosa del francés Maurice Leblanc. He mencionado solo estos autores de la gran literatura, y también faltan pensadores, filósofos y poetas como un Pablo Neruda que comienza un poema de amor diciendo “Puedo escribir los versos más tristes esta noche,” o un Rubén Martínez Villena que también, en otro poema de amor, anuncia en su primer verso: “Yo moriré prosaicamente de cualquier cosa.”

    El mundo es ancho y ajeno, la historia humana se remonta miles de años atrás, y en naciones,  ciudades, selvas, mares, desiertos y más recientemente en el espacio, el hombre ha forjado la historia universal, la cual los libros explican en detalles. Ahora ellos se digitalizan y ahorran el espacio de los libreros en las casas y se puede andar con doscientos libros en una Tablet dentro de un pequeño maletín. Pero ojalá que los lectores no mermen, no desaparezcan ante la fina y brillante pantalla que no se puede manosear, sopesar ni oler como a una dama que nos cautiva.

    Mi buen amigo Irenaldo García, quien repito, nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre, me dijo hace poco: “Nos quieren idiotizar,” y yo recordé un libro que leí hace un tiempo y que analizaba los intereses de las multimillonarias corporaciones. Parte de su esencia quedó en mi mente y la resumo: el stablishment pretende convertirnos en puros ignorantes. Que no seamos como dijo José Martí: “cultos para ser libres” y nos convirtamos en domesticado consumidores de sus productos, sean los de la política, disfrazada o no, o los que los anuncios comerciales a diario nos mete por los ojos.

    Para eso pretenden enterrar la Cultura e imponer una tan superficial que hace de un deportista o un músico mediocre figura más notable que los más lúcidos científicos y pensadores. Es la cultura del entretenimiento, la civilización del espectáculo, como bien la definió Vargas Llosa.

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.