A pesar de la lucidez con que Lenin percibió las diferencias entre los partidos políticos, los sindicados y por extensión otras entidades sociales, cosa expuesta en su obra ¿Qué Hacer? (1901), en la Unión Soviética y otros países del socialismo real, las organizaciones obreras y sociales fueron convertidas en apéndices de los partidos comunistas en el poder y en “correas de transmisión”, perdiendo autonomía e identidad.
Los errores cometidos en el diseño de los sistemas políticos en la Unión Soviética y los demás países socialistas, cuyo núcleo fue el Partido Bolchevique que asumió la dirección del estado, así como de las organizaciones sociales, autodefiniéndose como “rector de la sociedad”, decisiones cuyas nefastas consecuencias se evidenciaron cuando, en 1980, en Polonia, los trabajadores se sumaron a la oposición al régimen “socialista” y en el resto de Europa Oriental asistieron pasivamente al derrumbe del sistema.
No obstante, el caso más dramático fue el de la propia Unión Soviética donde una organización sindical única con más de 100 millones de afiliados fue indiferente a la suerte del sistema en el cual presuntamente ejercían el poder. Ante el derrumbe del socialismo, no hubo manifestaciones obreras o huelgas. Más grave aún fue lo ocurrido con el partido comunista a cuyos 25 millones de afiliados no les importó el destino del sistema ni la supervivencia del país.
En la práctica se trató de un proceso doble mediante el cual las organizaciones obreras y sociales se convirtieron e apéndices políticos, mientras los partidos marxistas, devenidos órganos de poder, perdían su identidad política, transformándose paulatinamente en aparatos administrativos o en organizaciones sociales sin autonomía ni capacidad de movilización.
Estas circunstancias y sus consecuencias cuyo examen hasta ahora en China, Vietnam y Cuba ha sido aplazado o evadido, es de la mayor trascendencia teórica y práctica porque se trata de captar, mantener unida y al lado del proceso socialista reformado al estamento o clase social más numeroso con que se cuenta en cada país.
Creer que eso no puede volver a ocurrir por que el proletariado posee una presunta esencia de clase autogenerada o creer que los trabajadores ejercerán una fidelidad a todo trance al partido o al liderazgo, no solo es erróneo, sino que puede ser suicida.
Ahora como mismo ocurrió a principios del siglo XX contexto en que Lenin lanzó su urgente pregunta, es precisó plantearse el mismo dilema: ¿Qué Hacer?, a lo cual, probablemente habría que añadir el complemento circunstancial de modo, es decir ¿cómo hacerlo?
Tales reflexiones teóricas pueden llegar a cuestionamientos tales como la posibilidad de que, como consecuencia del progreso general, la globalización, el aumento del consumo y el confort y otros actores, la clase obrera, como ha ocurrido en Estados Unidos y Europa, procure ascender a clase media, se integre al sistema, dejando de ser, como alguna vez creyó Marx, el sujeto revolucionario por excelencia.
Ante el planteamiento de Deng Xiaoping de que “Enriquecerse es bello”, la aceptación como militantes de los partidos comunistas de millonarios que amasaron sus fortunas beneficiándose del trabajo asalariado, como ya ocurre en China y Vietnam y la adopción del programa de: “Construir una sociedad socialista “moderadamente acomodada”, parece legítimo preguntarse: ¿Cuál es el papel de la clase obrera en tales procesos? Desde luego en el caso de que para entonces, exista la clase obrera tal como antaño se le conoció. Allá nos vemos