Las corrientes políticas e ideológicas que hoy definen las próximas elecciones de Estados Unidos de América, e incluso ciertas ideas que revolotean en la actual Cámara de Representantes, por primera vez muestran signo de ser opuestas e irreconciliables.

Por un lado, la defensa a ultranza de los capitales nacionales, beneficiados con una reforma impositiva promovida por Donald Trump, fundada en la supremacía blanca, el racismo, la violencia y el desprecio por la prensa.

Por otro las fuerzas progresistas, que se mostraron claramente en el primer debate presidencial demócrata. La única nota disonante del debate fue Joe Biden, quien obviamente fue impuesto por el “establishment” de su Partido, con la esperanza de contrarrestar una corriente que parece imparable.

Biden es el clásico liberal (en la acepción estadounidense). El Presidente Donald Trump que es malo como gobernante, pero bueno para poner apodos y escoger frases burlonas de los contrincantes, manifestó a María Bartiromo, en Fox News, que en esta contienda Biden es una “pobre alma”. Nada que ver con el gran debate del momento.

El liberal estadounidense es un republicano con diferente traje. Su mayor sentido de justicia se define por considerar que el gobernante debe tener “un espíritu compasivo” en política. De ahí su propuesta de otorgar algunos beneficios a los más desamparados, de modo que tengan una “vida más llevadera”. Tienen una crítica relativa del poder de los grandes capitales a quienes dirige regaños para que “se comporten mejor”. Esta no es su definición clásica, pero frente al surgimiento de las nuevas fuerzas, requiere ser contextualizada.

Del liberal estadounidense surgieron los progresistas, cuyas ideas han ido abriéndose camino durante décadas. Franklyn D. Roosevelt era un progresista y un republicano, Theodore Roosevelt, pariente lejano del primero y cuya sobrina devino esposa de Franklyn, fue el iniciador de esa corriente, consistente en limitar el poder de los grandes capitales en la política nacional y en el dominio económico.

El programa político de Roosevelt revolucionó las bases socioeconómicas de la nación estadounidense. Su legado, de gran profundidad social, aún perdura y los conservadores luchan por eliminarlos. Tal es el caso del Seguro Social, y ciertas intervenciones del Estado en la sociedad.

El desarrollo del pensamiento socio económico fundado con la era del “New Deal” (Nuevo Pacto), por Franklyn D. Roosevelt, se detuvo en los años venideros. Atascos varios, en especial el de los derechos civiles, asignatura que estaba pendiente desde el nacimiento del primer país, abarcó la atención de la década del sesenta y la política volvió a su redil de dos partidos sutilmente diferenciados.

En la actualidad, se ha fraguado otro pensamiento que traspasa la barrera del progresismo y parece retomar el pensamiento social-demócrata del siglo XIX fundamentado en una visión socialista de la sociedad. Dicha corriente sufrió un deterioro durante su implementación en los países europeos, la cual subsistió a medias, en algunos de las naciones nórdicas. Aquel intento socialista, fue expresión caricaturesca de sus orígenes. El proyecto comunista fracasó con el experimento soviético y la socialdemocracia con el experimento europeo.

El “establishment” estadounidense, consciente de que pierde terreno, tuvo la inútil idea de impulsar a Joe Biden como candidato del Partido. La realidad está demostrando que el progresismo e ideas aún más radicales como las propuestas por Bernie Sanders y en menor escala Elizabeth Warren y Kamala Harris y el propio alcalde de New York, DiBlasio, están ganando la simpatía de los votantes.

En este ambiente se destaca el mensaje de Bernie Sanders, quien plantea que no basta con hacer propuestas y lograr la presidencia. Para implementar un seguro universal de salud, educación gratis, condonación de la deuda por estudios a los graduados universitarios, mayor salario mínimo y cortar la influencia de Wall Street, la industria farmacéutica, las del Petróleo y las aseguradoras, es imperativo que esas propuestas lleguen a formar parte esencial de la estructura del Estado y la sociedad. El Senador plantea que para que esto se convierta en una transformación real, hace falta una actitud militante de la sociedad.

El pronóstico del resultado de las elecciones del 2020 es reservado. El panorama es complejo a la luz de la fuerza adquirida por esta nueva tendencia que en su camino se ha ido radicalizando y que, por experiencia, de alcanzar el Poder, tiene grandes probabilidades de radicalizarse aún más. Pero sin dudas, el “establishment” demócrata está debilitado y el Partido dividido. Existen grandes probabilidades para que salga electo un candidato de la corriente progresista e incluso de la socialdemócrata, lo cual ocasionaría una contracción del voto “liberal” y conservador demócrata, para beneficio de Trump. De igual modo, de ser Biden el candidato (algo casi imposible que suceda), la contracción vendrá del progresismo demócrata y muchos independientes.

El factor menos favorable a Trump es él mismo. Su mensaje racista, de supremacía blanca, nacionalismo extremo, excluyente, que justifica la violencia doméstica nacional de quienes defienden su agenda, es su gran enemigo en las próximas elecciones. Esto puede tener más impacto en la votación, que la división obvia del Partido Demócrata.

La materialización del mensaje racista de esta Presidencia, está muy bien plasmada en un anuncio que no es excepción en el ambiente generado por su discurso.

Una concesionaria de autos en Alabama, Chatom Ford, desde hace unos días ofrece un curioso estímulo a sus clientes.

Con motivo del 4 de julio, fiesta nacional que festeja la Declaración Independencia del primer millón de kilómetros cuadrados que se separaron finalmente de Gran Bretaña en 1783, el dueño del negocio ofrece una escopeta calibre 12, una bandera estadounidense y una BIBLIA a las personas que compren un automóvil en su negocio.

Se trata de un anuncio que es toda una propuesta, “a calzón quitao”, para que no quede nada sin mostrar. Así reza un antiguo refrán español. El mejor anuncio para expresar la filosofía violenta, racista y fanática de la actual Presidencia. Esta es la cara oscura de Estados Unidos actualmente, y contemplando ese panorama, James Carville, arquitecto de la victoria de Bill Clinton en 1992, nos pone a pensar cuando dijo: “esta es una elección donde Trump no puede ganar, pero los demócratas pueden perder”.