El presidente cubano Miguel Díaz-Canel insiste en aplicar la ciencia a la solución de los problemas económicos y sociales, de modo que, además de pasión se incorpore el talento en la búsqueda de soluciones. A Fidel Castro le gustaba decir que: “Al valor no le falte inteligencia ni viceversa…” Esa puede ser la moraleja de una conversación sostenida con Lorenzo Gonzalo, periodista cubano radicado en Estados Unidos, donde forma parte de la Alianza Martiana y ejerce como subdirector de Radio Miami. (Foto a la izquierda)

  “El stablishment político estadounidense ―me dijo― no busca un cambio de régimen en China ni en Vietnam, tampoco en Rusia o Corea, ni siquiera en Irán. Probablemente tampoco en Cuba. Las voces que abogan por la restauración capitalista inmediata en la Isla no proceden de Washington sino Miami…”

A su juicio las élites políticas estadounidenses comulgan con la tesis de Francis Fukuyama, según la cual, con el colapso soviético, la ideología marxista entró en remisión y, a la larga, prevalecerán los enfoques asociados a la economía de mercado, en algunos casos socializados, como ya ocurre en China, Vietnam y en los “estados de bienestar”. 

Al respecto, Lorenzo Gonzalo argumenta que las diferencias de Estados Unidos con China, Rusia, Vietnam, y Corea del Norte, que pudieran incluso en algún momento conducir a una confrontación, son negociables porque no son de naturaleza ideológica ni políticas, sino comerciales, tecnológicas, y geopolíticas.  

Según su lógica el caso de Cuba, cuya doctrina militar no es ofensiva y carece de medios e intenciones para incordiar a los Estados Unidos, la hostilidad mutua tiene bases ideológicas. A diferencia de otros países socialistas, Cuba es como una “piedra en el zapato”, un adversario ideológico al cual confronta en todos los escenarios, ejercitándose una mutua oposición de oficio, cosa que incluso ocurrió cuando Barack Obama intentó un cambio de política que obviamente favorecía a la isla.  

El presidente Obama, apuntó mi interlocutor, no necesitó que Cuba realizara cambios políticos sustanciales para restablecer las relaciones. No exigió que renunciara al marxismo-leninismo, a la economía estatal, al partido único, ni al internacionalismo, que por el contrario elogió. Al stablishment de entonces le bastaron evidencias de que la Isla adelantaba reformas económicas que abrían ciertos espacios al sector privado, se otorgaba vigencia a los emprendedores, y se adoptaban discretas prácticas propias de la economía de mercado. Unido a ello se percibieron flexibilizaciones en algunas áreas, como por ejemplo las reformas migratorias. 

Puede que alguien en la administración, incluso el propio Obama, creyera que esos cambios, en determinados plazos, podían conducir a la restauración del capitalismo en Cuba, cosa que en todo caso sería un largo proceso, que lo mismo que en la Isla pudiera aplicarse a China y Vietnam, donde no afecta las reformas, pero alarmó a operadores ideológicos criollos cuyas advertencias pueden haber influido en la ralentización del proceso.  

A la cuestión de los énfasis ideológicos que mantiene a Cuba activa en la antigua confrontación entre el capitalismo y el socialismo, enfoque desaparecido con el fin de la Guerra Fría, se suma la revitalización de la contrarrevolución radicada en Miami, que aprovecha la coyuntura política para relanzar su proyecto de cambiar el régimen social cubano, restaurar el capitalismo, y recuperar sus privilegios. 

¿A tu juicio―pregunté yo― cuál es la solución de salida? 

No sé. Si bien Raúl Castro aplicó un enfoque más pragmático a la política exterior cubana, cosa que asume Díaz-Canel, y trabajó con Obama para lograr el restablecimiento de las relaciones, en Estados Unidos ha ocurrido una mutación que ha invertido los términos. 

La ideologización proviene ahora sobre todo de la administración del presidente Donald Trump, cuyos operadores, especialmente Pompeo y Bolton, como si fueran soldados de la Guerra Fría que alguien se olvidó de desmovilizar, renuevan el anticomunismo y la idea de la exportación de la revolución, cosa absolutamente anacrónica. 

Barack Obama, un político sofisticado, no le pidió a Raúl nada, cosa que tampoco hizo el presidente cubano con él. La negociación entre ambos tuvo éxito porque no negociaron nada, y porque en lugar de tratar de remover los obstáculos, los bordearon y los dejaron a un lado.

  “Obviamente ―concluyó Lorenzo, uno de los cubanos que pasaron páginas y dejaron las diferencias en el pasado, se ha formado otro nudo gordiano que es preciso desatar, como lo hicieron Raúl y Obama, cosa que tal vez tome tiempo. Lo importante es que Cuba resista y siga adelante con sus programas. En la medida en que las reformas maduren, se eleve la eficiencia económica, y el sistema se democratice, las objeciones serán menores. Como tu sueles decir: “Allá nos veremos”