Al presentar la fórmula de “Un país dos sistemas”, Deng Xiaoping
empujó al límite la innovación social socialista al creer posible la
convivencia, en un mismo espacio nacional y bajo un mismo liderazgo,
del socialismo y el capitalismo desarrollados. Tal vez no se percató
de que las instituciones son diferentes, y existen prácticas
incompatibles.

La audacia dejó perplejos a los conservadores chinos, quienes creyeron
que el eficaz modo de producción y el atractivo estilo de vida del
poderoso enclave financiero, erosionaría los valores y debilitaría las
estructuras de la República. En cambio, muchos hongkoneses sospecharon
que podía ocurrir lo contrario, y cuando funcionaran las asimetrías y
se aplicara el modo socialista de ejercer el poder, serian abducidos
por la madre patria.

Las reformas impulsadas por Deng Xiaoping asombran por su amplitud y
profundidad, pero más aún por su éxito. Dos veces purgado y otras
tantas rehabilitado, accedió a la máxima jerarquía china, y desde esa
posición, entronizó fórmulas de mercado, cameló a los chinos de
ultramar, y concedió facilidades a la inversión extranjera. La guinda
del pastel fue la fórmula ideada para reincorporar a Hong Kong y
Macao, que durante 155 y 150 años respectivamente fueron colonias de
Gran Bretaña y Portugal.

El líder chino no solo se atrevió a entronizar fórmulas de mercado
para hacer viable el socialismo, sino que incorporó a su sistema
político dos enclaves capitalistas, que conservaron sus instituciones
liberales, las estructuras económicas, la moneda, la capacidad para
dictar leyes propias, mantener aduanas y fronteras, funcionando con
una razonable autonomía.

La excepcionalidad es visible. Macao es la única ciudad de China donde
el juego no solo es legal, sino que constituye la primera industria.
Cada año en sus 36 casinos, 44 000 millones de dólares cambian de
manos. Por su parte en Hong Kong existen 7,500 rascacielos, se habla
en inglés, la moneda oficial es el dólar, los vehículos se conducen
por la izquierda, la principal fiesta es la navidad, y el 37 por
ciento de los universitarios son extranjeros.

Según se afirma, la propuesta de Deng era como un disparo por
elevación que mostraba a Taiwán una zanahoria para atraerla a la
“madre patria”, sin violencia, y sin suprimir su status, sus
conquistas, ni imponer a sus ciudadanos e instituciones los rigores de
la organización estatal socialista y el predominio del partido
comunista vigentes en China.

Tal vez, Deng era consciente que al incorporar Hong Kong a China
importaba las contradicciones de un sistema ajeno al socialismo, y
aunque con sus 1,104 km² y siete millones de habitantes, el enclave es
demasiado pequeño para constituirse en un “Caballo de Troya”, y sin
embargo, podía devenir en un mal precedente, foco de inestabilidad, o
en un ejemplo inquietante. Así ha ocurrido.

Mientras en China, a pesar de las tensiones de las reformas, se
mantiene un control razonable, en 2012 en Hong Kong se creó un
movimiento de naturaleza ideológica denominado “Escolarismo”, que
mediante protestas populares, impidió la inclusión en los programas
educacionales de contenidos presuntamente asociados al
adoctrinamiento.
En 2014 en el enclave capitalista tuvieron lugar masivas protestas, al
parecer inspiradas en los movimientos “Occupy”, desencadenados en
occidente para reclamar una reforma electoral que pusiera fin a la
excesiva tutela de Beijing. La ocupación de calles e instituciones, y
el levantamiento de barricadas, provocó la intervención de la policía
antidisturbios, que utilizó gases lacrimógenos.

La rebelión fue sofocada y sus líderes condenados, pero las causas más
profundas persistieron. A la larga, la idea de machihembrar
estructuralmente el capitalismo con el socialismo puede no ser viable.
No se trata solo de que convenga a China, también se necesita ser
aceptable para los hongkoneses. Lo mismo que para bailar tango, para
completar la fórmula de Deng, se necesitan dos que marquen el paso.

En 2019 la inestabilidad regresó a Hong Kong, esta vez con más
amplitud y participación ciudadana que el movimiento “escolarista” de
2012 y la “Revolución de los Paraguas de 2014, lo cual conlleva a un
endurecimiento de las posiciones de China, cuyo presidente Xi Jinping
ha advertido que existe una “línea roja” que no puede ser sobrepasada.
Las informaciones acerca de movimientos de tropas, incluso de tanques
hacia el emporio financiero, inevitablemente recuerdan a Tiananmen,
que también forma parte del legado de Deng Xiaoping.

Quienes creen que existe futuro para un socialismo que reúna en un
todo social el desarrollo, la prosperidad económica, la
sostenibilidad, y la democratización, confían en que, como mismo las
reformas económicas arrojaron resultados halagüeños para China,
también pudieran lograrse en otras áreas.

La pregunta del momento es: ¿Cuál de los dos fenómenos prevalecerá?
¿China terminará por parecerse a Hong Kong o será a la inversa? Tal
vez no ocurra lo uno ni lo otro y suceda exactamente lo contrario.
Allá nos vemos.