Este es Clark Kent, el  verdadero, hay otros,  el del  moño color naranja y Lelito 

    Existen ciertos intereses que arguyen que los justicieros y democráticos Estados Unidos se encuentran en mortal peligro. Por un lado China y Rusia. Por el otro Irán y Corea del Norte. Por la frontera sur la invasión de los no blancos hace tambalear la sacrosanta cultura estadounidense sin que, además, el día menos pensado aparezcan en el Continente barbudos al estilo de Fidel Castro.

     Así consideran,  preocupados y con mucho rencor. Pero los anima el superman que los salvará de la catástrofe, aunque éste no llegó del lejano planeta Kripton y luzca un moño color naranja. El riesgo es enorme, se diría que apocalíptico, pues hasta los servicios secretos de inteligencia están infiltrados por comunistas del Partido Demócrata, peligro doméstico detectado por la visión de rayos lunáticos de este superman que no se enmascara como Clark Kent, el tímido y con gafas reportero del Daily Planet, El nuevo superman aborrece a los periodistas por reflejar a diario sus narcisistas hazañas desbordadas de muecas, malas caras e insultos a todo el mundo. 

     Parece salido de las páginas de otro comic. Un comic de tragedia, por supuesto, que no lucha contra la injusticia ni se enfrenta a los poderosos como aquel genialmente imaginado hombre de acero, inmigrante de otro planeta, con capa y ajustado traje azul y rojo, que tanto nos encantaba, pues volaba más rápido que una bala, era más potente que una locomotora y su visión de Rayos X atravesaba paredes. Cuidaba de Metrópoli, que sería New York, y al resto del mundo de todo tipo de truhanes.

     El actual, multimillonario en negocios inmobiliarios, gracias a su poder se atreve, por ejemplo, a dedo nombrar un presidente en otro país y al que triunfo en las elecciones lo convierte en dictador. Supermánico es su ego. Quiso comprarle a Dinamarca la isla más grande del mundo, Groenlandia, para tal vez allí construir un edificio más alto que el de 828 metros existe en la islámica y  árabe ciudad de Dubai. Entre hielos y esquimales seguramente ambiciona elevar una Torre Trump de más de mil metros para que la suya sea más grande que la otra y que en las invernales noches árticas de más de 20 horas su nombre fulgure a poco de la cresta geográfica del mundo. Sin duda desconoce que la Isla, aunque forma parte de Dinamarca, tiene autogobierno desde 1979 y que sus habitantes tienen todos los servicios de salud gratuitos, igual que la educación hasta la universidad, disfrutan de vacaciones pagas anuales de un mes y en su capital, Nuuk, no hay quien ande con un fusil de asalto matando gente como si fueran moscas. 

     Cree ser un Superman de nuevo cuño. Pero no lo es. El poder que posee es el mismo que han tenido otros inquilinos de la Casa Blanca, el cual ciertamente no es poco, y al alcance de uno de sus rosados dedos tiene el botón atómico, asusta a otros países con aranceles y cuenta con el voto de los supremacistas, que son bastantes, y de gente que no creen en la existencia del homo sapiens, pues para ellos la historia comenzó con Adán y Eva. La poderosa Asociación del Rifle también lo apoya.

      Lo suyo, por ahora pudiera ser fanfarronería electoral ligada a una falta general de cultura, lo cual no deja de ser peligroso en grado extremo. Su autocomplacencia es monumental. Gira como un trompo y hoy dice lo que contradice mañana imaginándose dueño del mundo o con la ambición de ponerlo bajo la suela de su fino y costoso calzado de millonario.

     Por tanto no hay que olvidar a quien en el siglo pasado quiso también tener al mundo bajo su bota e, incluso, ocupó al soñado París por más de cuatro años. No paraba de referir la grandeza de su nación y proclamó a su pueblo raza superior. Considero inferiores a otros, a judíos, eslavos y gente discapacitada, a quienes, adultos o niños, por millones exterminó en las cámaras de gas o haciendo la guerra de exterminio total. Claro que los tiempos ahora son otros. El poder de este supertrompo no es omnímodo. Incluso hay jueces que echan abajo barbaridades que quiere cometer. Pero hay que estar alerta.

     Yo recuerdo a un querido compañero de infancia. A Lelito.  Nos reuníamos en el pinareño parque Roosevelt a patinar o a hacer cuentos sobre Tarzán, el verdadero Superman  o el detective Dick Tracy y también sobre alguna muchachita de la que nos enamorábamos sin decírselo a ella. Ese día Lelito apareció con una toalla amarrada al cuello a manera de capa. Nos pareció gracioso. Lelito nos dijo que nos levantáramos del banco. Lo hicimos. Subió a él, dijo que era Superman, estiró ambos brazos hacia adelante y arriba y saltó dispuesto a volar sobre los tejados. Pobrecito, se rompió la nariz, se despellejó los brazos. Pero eso fue lo de menos. Más nunca volvió a la razón. Murió de viejo, deambulando por la cuadra, hablando solo.

     La ecuación no sería justa para Lelito, pero sí para el que se cree un superman con pelo color naranja. Eurípides, ese gran clásico de la tragedia griega, dijo hace más de dos  milenios y medio: “¿A quién los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco?” 

     Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.