Desde Troya y Cartago

hasta Leningrado y La Habana

     Vieja y arbitraria política. La del atropello. No aprenden. La historia los aporreará, pero sus promotores se sienten triunfantes, geniales, felices y gloriosos por los  resultados que esperan. A veces les ha salido bien, aunque el mundo los deteste. Similar a cuando un eufórico Adolfo Hitler que ya había tomado hasta la romántica Ciudad de la Luz, a París, ordenó el cerco a Leningrado y de hambre mató a un tercio de su población.

     La historia ahora tal parece que la quisieran repetir aunque sin fuego artillero ni bombardeos. Sin el estruendo de una guerra; más bien con la paz de los sepulcros. Es la pretensión de un megalómano de tupé color naranja capaz de meter niños en nuevos tipos de campos de concentración. Repetimos: no aprenden. Olvidan que hace casi 30 años Cuba perdió nada menos que el 80 por ciento de su comercio exterior de una día para otro. Sin combustibles quedó. Sin cientos de insumos para la producción. Como un árbol en la mar. Años que se bautizaron como Periodo Especial.

     Este cronista los vivió. En bicicletas traidas con urgencia de China nos movíamos. Los alumbrones competían en duración con los apagones. Por falta de combustible y repuestos eran casi inexistentes las guaguas. Apretujados en la cama de camiones nos movíamos de una provincia a otra e incluso dentro de La Habana. O caminar kilómetros y kilómetros. Hubo quienes enfermaron por carencia de vitamina B en la alimentación y las farmacias ofrecían gratuitamente tabletas de esa compleja sustancia orgánica. Pero muchos más fueron los problemas. Además estaba el bloqueo económico que todavía subsiste y que la administración de Trump desea acrecentar.

     La Unión Soviética y el Campo Socialista habían desaparecido. Aquello si fue una gran crisis. Un erudito de la política miamense escribió un libro que causó gozo en Miami. “La hora final de Castro” se llamó y hasta el asesino Esteban Ventura Novo soñando con su Quinta Estación de Policía, donde a tanto joven torturó, preparó maletas. Sin embargo, durante esas horas y días y meses las universidades siguieron graduando profesionales año tras año. El sistema de salud se mantuvo, aunque con menesteres, por supuesto. Mi madre enfermó y yo ayudé a la dieta del hospital. Pero el cubano de la  Isla siguió siendo el cubano de siempre. De las bibliotecas sacaban libros. El ballet de Alicia Alonso no dejó de actuar. La risa no sucumbió. La poesía tampoco. Los amigos se reunían alrededor de la botella de ron que mensualmente daban por la libreta y discutían sobre las películas extranjeras del último Festival Internacional de Cine que se celebra en La Habana. Los adictos al entrenamiento físico, entre ellos este cronista, muy temprano en las mañanas estábamos en el estadio de la Universidad y corríamos pistas y hacíamos pesas en el gimnasio del profesor Cancio. Al terminar la jornada, en la cafetería del estadio no comíamos un pan con tortilla o con croqueta de ave, “de averigua,” decíamos mientras las engullíamos junto a un vaso de yogurt, y si no había yogurt un refresco de guachipupa.

     Claro que en esos momentos ni los Messersmitt ni los B-52 arrojan bombas sobre las ciudades. Y ahora vemos que el inquilino de la Casa Blanca pretende lo que no va a lograr: derrotar al pueblo cubano sin arremetida militar, pues ni el mundo ni el pueblo norteamericano se lo aceptaría. Sin embargo, alarga los dientes en busca de “la hora final de la Revolución,” vieja y fracasada política que ya lleva 60 años contra una pequeña y quijotesca isla que en tamaño cabría como cuarenta veces en el territorio del Goliat agresor.

     Bochorno para los Estados Unidos. Su silvestre presidente constantemente demuestra lo poco o nada que sabe. Por supuesto que desconoce la historia de un  Hitler que, exultante, ordenó el cerco y asedio que por tres años sufrió Leningrado luego que tres millones de soldados alemanes y miles de tanques y aviones avanzaron en un frente de 2 mil 500 kilómetros, desde el Mar Negro hasta el Báltico. Cuando venciera a la Unión Soviética saltaría el Atlántico y dominaría el mundo. El hambre se hizo terrible en la ciudad. Difícil era conseguir unos gramos de pan o de azúcar y alguna carne. Gatos y perros desaparecieron de las barriadas. Hitler deseaba exterminar a los eslavos. Para él no era raza de seres humanos. (Algo similar a lo que piensa el actual presidente de los EE.UU. de los latinos). Los entierros eran colectivos y no había fuerzas para cavar tumbas en el suelo helado. Los zapadores volaban el terreno para abrir fosas en que echaban miles de cadáveres. Pocos se permitían un ataúd. La madera era para calentar los apartamentos helados. No había electricidad, agua, ni gas. La gente moría mientras caminaban por las calles.   

     Aquel asedio fue infernal, pero los teatros, museos y salas de conciertos y de exposiciones de pintura que no habían sido destruidos por los bombardeos permanecieron atestados de público aún con 40 grados centígrados bajo cero. Famélicos por el hambre, directores de orquestas y actores se presentaban ante un público también desnutrido que los aplaudía delirantemente. 

      En uno de esos inviernos el Teatro de la Comedia Musical presentó una pieza humorística sobre la Flota del Báltico. El día del estreno, en el segundo acto, los cantos dejaron de escucharse por las explosiones del gran bombardeo aéreo y artillero al que era sometido el distrito en que estaban. El telón cayó, pero de inmediato salió el actor principal y pregunto: “¿Qué hacemos, camaradas? ¿Vamos a un refugio o continuamos?” Hubo un aplauso atronador y el público desnutrido que llenaba la sala gritó: ¡Continuemos! Y continuó la obra sin que un solo presente abandonara la sala.  Al año de comenzar esa guerra una niña de 14 años escribió en su diario: “Esta noche he ido al cine; la película era pasable, pero tengo mucho miedo de suspender el examen de álgebra.”

     ¿Qué pretende ahora el presidente Trump respecto al pueblo de Cuba? ¿Andará en busca de calamidades parecidas a las de Leningrado? Claro que le será imposible. Y es que la historia no le enseña. No la conoce. Los tiempos son otros y es incapaz de percibir la moraleja de Leningrado. Desconoce también cómo Cuba en horas desbarató una invasión militar que organizó la CIA y cómo airosa emergió de la gran crisis de aquel Período Especial de los años 90.  

      Su megalomanía lo hace soñar que va a lograr lo que no lograron once inquilinos anteriores de la Casa Blanca. Él sí. El más grande. El mejor. El que nunca pierde. El que lo sabe todo. El dueño del mundo. Flojos tipejos los antiguos presidentes y, hasta uno de ellos, negro, para él, el peor, que hasta embajada abrió en La Habana. Cree que él sí arrodillará a Cuba. No conoce que ni la antigua Troya, ni Cartago, ni las ciudades sitiadas por Atila y Alarico sufrieron un asedio como el que sufrió Leningrado, ni que en la historia existe nación que haya sufrido un bloqueo económico por más tiempo que Cuba. Sesenta años. Un bloqueo tan criminal que hasta impide la adquisición de equipos y medicamentos para salvar a niños con cáncer. Salvajismo puro e unilateral. En Naciones Unidas el mundo entero, año tras año, lo rechaza. El año pasado, por ejemplo, Cuba 198 votos.  Estados Unidos logró dos. El suyo y el de un secuaz.

     Cuba es amiga del pueblo norteamericano. Bien lo saben los turistas. José Martí admiró su pujanza creativa. Fidel Castro pasó su luna de miel en New York. Otra cosa es la voracidad del Imperio. Y si Cuba no se arrodilló ni cuando España, ni cuando Machado, ni cuando Batista, ni cuando el Período Especial, ni cuando la amenaza de la atómica durante la Crisis de los Misiles de 1962, ¿usted cree, señor Trump, que a usted le va a coger miedo? Se sabe que a usted le sobra fuerza bruta para arrasar la Isla desde Maisí hasta el Cabo de San Antonio. Pero, aprenda señor Trump, arrodillarla no podrá. 

       Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.