Lo que acaba de ocurrir en Bolivia debe de servir de lección a todos los movimientos progresistas de América Latina, porque confiar en la OEA como árbitro imparcial en un conflicto político entre un gobierno democrático de izquierda como el del Presidente Evo Morales y una extrema derecha reaccionaria y golpista como la que se le oponía al buenazo líder indígena boliviano, es tan ingenuo como poner a un lobo a cuidar una manada de ovejas.

Cuando se publicó en la prensa que el Secretario General de la OEA, el pérfido Luis Almagro- el peor enemigo de los movimientos populares de América Latina- había sido aceptado por el Presidente Evo Morales como árbitro en el conflicto boliviano, entendimos que más temprano que tarde el mecanismo de “Golpe de Estado Blando” orquestado por la extrema derecha pro-imperialista daría al traste con el gobierno constitucional del hermano país andino. Evo cayó en la trampa.

El gobernante latinoamericano que no entienda que la OEA es el instrumento del Imperio del Norte para dominar a todos los países del nuevo continente, está condenado a seguir la misma suerte del Presidente Evo Morales y de todos aquellos mandatarios de izquierda que han cometido ese mismo “pecado” de ingenuidad supina como es el de confiar en la buena fe y la imparcialidad de la siniestra “Organización de Estados Americanos”. La maldita OEA.