El Presidente Obama, gracias a la capacidad negociadora encontrada en su contraparte, el Presidente cubano Raúl Castro, abrió puertas, algunas de las cuales habían permanecido cerradas por cincuenta y dos años.

Hace pocos días tuve el honor de participar en los festejos del 500 Aniversario de la ciudad de La Habana.

La Capital se llenó de visitantes e invitados. El gobierno tuvo la delicadeza incluso de invitar a grupos de emigrados que, más allá de diferencias políticas, se oponen a las agresiones que Cuba ha recibido de Estados Unidos de América por más de cincuenta y cinco años.

Al margen del diferendo respecto a la fecha de la fundación, sobre la cual no existen desmentidos, pero tampoco documentación oficial clara sobre el día exacto en que fue declarado oficialmente el cabildo de San Cristóbal de La Habana, lo cierto es que en 1519 ocurrió el singular hecho.

Para quienes los acontecimientos tienen más importancia que cronologías y almanaques, no es relevante si los sucesos ocurrieron el 16 de noviembre de 1519. Lo cierto es que nació como ciudad, cuando España no había llegado aún al continente americano, convirtiéndose en un punto de referencia obligado y años después en su capital. Es la segunda más antigua del hemisferio, después de Santo Domingo.

Sin embargo, la importancia de las festividades, no estuvo dada por el acontecimiento en sí, como por el hecho de realizarse en medio de la brutal agresión estadounidense en contra del pueblo cubano.

La ciudad se engalanó para esas fiestas a modo de mostrar que, en medio de las penurias surgidas como consecuencia de las sanciones impuestas por la Administración Trump, el espíritu jovial y su desenfadada disciplina, continúan incólumes.

Las administraciones estadounidenses han sido injustas e inmorales con Cuba. La de Trumpo ha sido sádica. Hay un sadismo patológico en este vendedor de casas, cuyo estilo nos recuerda al pícaro callejero devenido Presidente de un país como Estados Unidos que, no sólo es poderoso en todos los órdenes, sino que a su vez es reserva de virtudes y madre de grandes genios.

El Presidente Obama, gracias a la capacidad negociadora encontrada en su contraparte, el Presidente cubano Raúl Castro, abrió puertas, algunas de las cuales habían permanecido cerradas por cincuenta y dos años.

Estableció relaciones diplomáticas, favoreció prácticas comerciales vedadas por la Ley del Embargo (políticamente llamada Bloqueo), permitió volar a las líneas comerciales de aviación, buscó solución para que el estadounidense pudiese viajar a la Isla circunvalando las prohibiciones de viajes establecidas por la Ley, favoreció intercambios culturales, científicos, académicos y por encima de eso mostró una cara más humanizada del Norte.

Trump, por el contrario, se ha ensañado, buscando por diferentes medios limitar al máximo y de ser posible, todos los ingresos al país, incluyendo las remesas de ayuda a familiares, a las cuales les ha impuesto límites. Es cierto que cuando ingresa dinero en Cuba, se beneficia el Estado y por obvias razones el gobierno, pero fundamentalmente, el último beneficio es siempre para el ciudadano.

Cuba es una Isla de recursos limitados, sobre todo desde el punto de vista agrícola, por lo cual una gran parte de los alimentos deben traerlos de fuera. Trump, ha impuesto sanciones que dificultan los abastecimientos. Persigue a los abastecedores mundialmente; estimula a sus embajadores para convencer a las compañías de los países que no hagan negocios con el estado cubano. Es un plan macabro inaugurado desde mediados de la década del sesenta, para espolear, con una “olla de presión” política, los ánimos de la población. Una política mendaz, ruin.

 Ante la realidad del ciudadano cubano, quien busca una vida de confort para él y sus hijos, estudiar, divertirse, engrandecer su espíritu y aportar a la creatividad y a formas de organización social que le garanticen paz y sosiego, dicha política busca crear situaciones artificiales para que las personas se rebelen y corran el peligroso riesgo de enfrentarse a la fuerza pública, desesperados por el hambre, la falta de medicina, sanidad y condiciones mínimas elementales de vida. Para sorpresa y tranquilidad de quienes viven en Cuba, el cubano ha mostrado que sabe leer y conoce las intenciones del vecino. Han sido muchos años, donde al final, quien carga injustamente con el bochorno es el pueblo estadounidense, cuando se asoma a la ventana de esa Isla Caribeña y comprueba con horror que sus representantes hacen un penoso uso de los impuestos que pagan con el sudor de su trabajo.

Los peor de todo es que, en el fondo, quienes instruyen a este Presidente a cometer esos ensañamientos, son ciertos cubanos que aún mantienen algún poder político concedido por los órganos de inteligencia estadounidense, como pago a sus contribuciones a la represión de los movimientos sociales del Hemisferio americano.

Sin ir más lejos, recientemente un grupo de comisionados de la ciudad de Hialeah, entre quienes se destacó Estaban Bobo, plantearon que no se restablezca el plan de reunificación familiar de cubanos, suspendido por disposición del Presidente. El mismo tipo de medidas que antes criticaban de Cuba, ahora la exigen como política de Estado.

Lamentablemente la práctica sádica no es sólo patrimonio del vendedor Presidente de Estados Unidos. Hay otros peores. Siempre se ha dicho que “no hay peor astilla que la del mismo palo”.