Si la pregunta la hacemos dentro de un círculo de cubanos que vivimos fuera del país, comentando la última declaración del gobierno de Cuba en referencia a las personas que hemos emigrado, diríamos que vamos para La Habana en abril del año 2020.

Si el grupo donde toma lugar esta conversación es heterogéneo y algunos de los presentes se declaran enemigos del gobierno, las respuestas tendrían un tono acalorado. Especialmente si la edad promedio de los reunidos excede los setenta años porque en tal caso, serían incapaces de poner en su justo contexto que la existencia del proceso cubano, luego de sesenta años ininterrumpidos, agredido militarmente, rodeado de conspiraciones y zancadillas políticas por Estados Unidos, es prueba más que suficiente para admitir que hay una realidad socio – política que lo avala.

Cuba es uno de los poquísimos países que ha instrumentado lentamente, prudentes políticas de intercambios socio políticos con las personas que emigran. Quizás sea debido a que, durante los primeros largos 20 años, entre 1959 y 1978, el emigrado, inmediatamente que viajaba fuera del país, el gobierno lo declaraba enemigo y aunque resulte paradójico, desde hace varios años, lo convoca periódicamente para criticar al país que acogió a la mayoría de ellos, pero que también ha sido un perenne agresor de la soberanía territorial. Quienes aceptan concurrir a esas reuniones, se hacen sospechosos a los cuerpos de inteligencia estadounidenses y en el mejor de los casos, mal vistos. Contradictoriamente también, los cubanos emigrados a Estados Unidos, mayoritariamente se oponen a las sanciones y restricciones que este país le impone a Cuba, pero no hay indicios que, en igual proporción, estén de acuerdo en sentarse a conversar con el gobierno de Cuba. Quieren comerse el pastel, pero no deshacerse del mismo.

Aunque el Estado de Cuba no le concede representatividad política a la emigración, continúa insistiendo en sostener una relación especial con ese nutrido segmento de la población, aun cuando no constituye una institución nacional y mucho menos es parte de ese Estado. Esto abre más interrogantes respecto a dichas reuniones, las cuales generalmente son convocadas cuando se agravan las relaciones entre Washington y La Habana. La última fue en época de Bush hijo y la presente bajo la presidencia de Donald Trump.

La definición del emigrado cubano a veces parece no estar clara ante la Ley, lo cual no lo excluye de aplicársela con rigor en caso de una violación. Entre otras cosas puede invertir financieramente “siempre y cuando no viva en el territorio”, disposición que honra la discutible prohibición aplicada al ciudadano que vive en Cuba.

El cubano que vive en el territorio no puede invertir en una planta pequeña de maquinado, una tintorería, una pequeña ensambladora o empresas por el estilo. Porque la pequeña empresa está prohibida para los particulares pero tampoco es priorizada por el Estado. El cubano que vive fuera tampoco puede ser parte de un negocio de restaurantes o cafetería, excepto que haga el trámite de repatriación. Los que viven en el país no pueden hacerlo en empresas del Estado porque carecen de los medios, no se les permite importarlos ni acceder a préstamos privados o bancarios y por otra parte no está contemplado en la Ley. En cambio, el cubano que reside fuera puede hacerlo, en el supuesto caso que disponga del capital o los créditos bancarios suficientes para la obtención de grandes montos, pero se le prohíbe unir esfuerzos con un residente de la Isla dispuesto a organizar un pequeño negocio de los tantos que necesita y carece la nación. Tampoco puede formar parte, como socio capitalista, de una granja agrícola particular, con miras a modernizarla y multiplicar su producción. Visto sin apasionamiento, desde este ángula, el ciudadano cubano emigrado es un sándwich que no es ni lo uno ni lo otro. Ni extranjero ni nacional a los efectos de la Ley, simplemente porque se establecen distinciones entre quienes viven fuera y los que residen en la Isla.

¿A dónde vamos? ¿A una reunión convocada por el gobierno cubano cuya agenda casi siempre es dirigida a buscar apoyo emigrado frente a las agresiones de Washington, lo cual es delicado? El propio Fidel fue cauto en plantear que las autoridades del gobierno no debían alentar al emigrado a hacer cosas que lo pusiera en peligro. O ¿vamos a dejar resuelta o en vías de solución, una “normalización” que, a paso lento pero ascendente, ha dado pasos positivos?

Están pendientes por resolver muchas cuestiones. Entre ellas el papel del emigrado en la vida nacional. Este asunto no sería un tópico a mencionar, si no fuera por la insistencia del gobierno en sostener relaciones con algunas personas, de modo selectivo, a quienes implícitamente estas reuniones les conceden una preponderancia política que, bien administrada y con un carácter marcadamente inclusivo, pudiera brindar excelentes beneficios al país.

¿Será este el destino final de los encuentros? ¿Hallar caminos que hagan de la emigración un movimiento más en la organización del nuevo Estado que, hasta hoy, sólo existe en el propósito y el sueño de muchos? Y ¿qué soluciones aportaremos para que los contactos entre la emigración y las instituciones nacionales, ya sean estatales o de carácter marcadamente civil, puedan ser más inclusivas, donde personas varias, incluyendo instituciones de cubanos que radican fuera, cualesquiera que sean sus criterios políticos, puedan solicitar su participación, sin limitar sus propuestas políticas, económicas y sociales, teniendo como única exigencia respetar las instituciones existentes, la Ley y defender la soberanía nacional?

Hay mucho por donde cortar, pero lo importante en estos momentos, es que nos reuniremos en abril del año 2020. Esperamos que no sea una reunión como consecuencia de la crisis que nos ha estado creando la nueva administración del Presidente Trump, para estimular a aquellos que hemos estado siempre dispuestos a defender nuestra soberanía y el proceso de cambio. Para eso no es necesario reunión alguna. Sin embargo, para alentar a otros para que se incorporen, algo importantísimo en estos tiempos, sí hacen falta definiciones.