En los últimos años Estados Unidos ha tratado de imponer a varios países europeos la compra de su gas procedente de los yacimientos de fracking con el afán de ejercer un mayor control económico en el mundo, pero la producción y construcción de modernos gasoductos por parte de Rusia en ese sector, le han puesto un contundente freno.
La producción de gas por medio del fracking resulta muy costosa pues se necesita extraerlo mediante la fracturación de las rocas de esquisto en el subsuelo (pizarra), ubicadas entre 4 000 y 5 000 metros de profundidad y entre 1,5 y 3 kilómetros de longitud horizontal. Para que fluyan los combustibles, se inyecta a presión 95 % de agua y 5 % de arena, así como varios productos químicos con altos riesgos de contaminación de los acuíferos.
Además de los grandes daños ambientales que esto provoca a la naturaleza y poblaciones norteamericanas, su transportación hacia Europa resulta mucho más costosa (mediante barcos) que la ofrecida por Rusia a través de oleoductos.
Europa no está dispuesta a financiar la creación de toda una flota de suministro de gas proveniente de Estados Unidos y la construcción o ampliación de terminales gasíferas en sus territorios.
Dentro de pocos meses y pese a las enormes presiones y sanciones que ha impuesto Estados Unidos a varios países europeos como a Alemania, Francia, Austria, Países Bajos, Suiza y Rusia por la construcción del gasoducto Nord Stream 2 que con dos tuberías y capacidad para 55 000 millones de metros cúbicos anuales llevará el preciado combustible desde la costa rusa hasta Alemania por el fondo del mar Báltico.
Recordemos que la Unión Europea autorizó la realización de ese gasoducto (debe funcionar a mediados de 2020) y que la interferencia de Washington puede poner en peligro las relaciones transatlánticas que se deben basar en el mutuo respeto.
En cuanto al Turk Stream ya será inaugurado el 8 de enero de 2020, y consiste en una enorme infraestructura que incluye dos tuberías o ramales para llevar 31 500 millones de metros cúbicos de gas al año a través del fondo del mar Negro.
De esa forma, Turquía se transformará en el centro energético y facilitará que Rusia exporte el combustible directamente a los países balcánicos por una de las líneas. En sentido general, Ankara y Moscú quieren alcanzar un intercambio de 100 000 millones de dólares en los próximos años.
El pasado 2 de diciembre, los presidentes de Rusia y China, Vladímir Putin y Xi Jinping, inauguraron el gasoducto Fuerza de Siberia, a través del cual comenzará el suministro de gas ruso a China.
Esta obra se ha convertido en el sistema de transmisión de gas más grande en el Lejano Oriente ruso, que permite enviar el gas de los campos en Yakutia y la región de Irkutsk hacia el mercado interno ruso pasando por Jabárovsk hasta Vladivostok, y a China por la vía de Blagovéshchensk.
Basado en un proyecto de tecnología rusa único, Fuerza de Siberia se construyó mediante un acuerdo suscrito en 2014 entre la empresa estatal Gazprom y la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC).
Según el convenio, este tendrá una vigencia de 30 años y prevé un suministro anual de 38 000 millones de metros cúbicos por un monto total de 400 000 millones de dólares.
La construcción del tramo de tuberías empezó el 1 de septiembre de 2014 cerca de la ciudad siberiana de Yakutsk
y el costo de la construcción asciende a 1,1 billones de rublos (15 600 millones de dólares).
Moscú y Beijing se proponen alcanzar un intercambio comercial que supere los 200 000 millones de dólares y cooperar en el establecimiento del gigantesco proyecto conocido como la Franja y la Ruta en el cual ya están dispuesto a participar más de un centenar de países.
En relación con las extorsiones (nombradas eufemísticamente sanciones) aprobadas por el presidente Donald Trump para intentar detener esos gasoductos, las mismas afectan mayormente al financiamiento y construcción de las infraestructuras.
O sean dañan a los socios comerciales de Rusia, tanto de Occidente como de Oriente al imponer medidas restrictivas a los colaboradores de los proyectos. A la par, prohíbe a cualquier compañía o particulares estadounidenses el suministro directo o indirecto de maquinaria, tecnología y servicios para impulsar proyectos de exploración y producción en aguas profundas.
Con las imposiciones, Washington amplia la animadversión que ya le tienen varias naciones del mundo pues ahora afecta a miembros de la Unión Europea por el gasoducto Nord Stream 2; a Turquía y países del sur de Europa por el Turk Stream, y a China y otros asiáticos por el Fuerza de Siberia.
El prepotente Trump quiere reservarse el derecho de que Estados Unidos decida, de dónde deben provenir y comprarse los suministros de gas y petróleo. Pero innegablemente que ya el mundo es mucho menos unipolar. Habló para Radio Miami, Hedelberto López Blanch.