El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, ratificó el compromiso de la isla con el proceso de normalización de los vínculos con los nacionales residentes en el exterior, calificado por autoridades como continuo, irreversible y permanente.

 

El gobierno cubano convoca una reunión con emigrados. Es la cuarta vez que se realiza un encuentro semejante. Gracias a esos eventos, las tensiones creadas durante la época contrarrevolucionaria que afectó al país, creando divisiones a veces irreconciliables entre sectores de la población, han quedado atrás. El gobierno ha implementado medidas y puesto en vigor regulaciones que han devuelto al emigrado cubano su estatus como nacionales y ciudadanos del país. En ese aspecto podemos decir que, a partir de esos encuentros, los cubanos emigrados, participan de los derechos generales que poseen los de otros países.

Pero Cuba no es el “resto de los países”. Un proceso de revolución, iniciado hace más de sesenta años, interrumpido por injerencias de Estados Unidos y por errores circunstanciales internos, viene desarrollándose desde hace sesenta años. Como consecuencia, las estructuras socio políticas difieren de más del 90% de las naciones conocidas del orbe.

En el afán de transformar el capitalismo, han tratado de igual modo, a las estructuras socio políticas y la espontánea organización creada por la dinámica económica. Cuba cambia a tropezones sus estructuras políticas y hace bien en su insistencia. En esos cambios se centra la definición de socialismo de acuerdo a las más aceptadas definiciones de las últimas dos décadas. Sin embargo, insiste en manejar la economía de igual modo. Allí está el mayor y más esencial debate

China y Vietnam, de modo separado, han comprendido que la economía no se inventa y que la diferencia entre capitalismo y socialismo estriba en las estructuras socio políticas. Ambos países no se asemejan mucho en ese particular y sus criterios socialistas difieren en su forma y hojas de ruta, pero tienen en común el denominador de sus respectivas economías y una dirección encaminada momentáneamente, al logro de un confort moderado para sus respectivas poblaciones.

Dentro de ese complicado intríngulis de búsqueda y nuevas adaptaciones socio políticas, se mueve la emigración cubana cuyo engarzamiento, dentro de ese orden, es de difícil definición, cuyo papel definitivo estará dado por la voluntad de emigrados y Estado y para lo cual estos Encuentros y otras muchas modalidades semejantes, ayudarán a definir el tipo de relación que se ajuste a los intereses del país.

Las conferencias intentan acercar a los emigrados a sus sistemas institucionales y al respecto de sus autoridades de Estado, sin que ello implique identificación alguna con el gobierno o la aprobación personal de las políticas dimanadas de este.

Un evento que debería ser plural y esencialmente nacional, lamentablemente se convierte en un acto puramente político, al margen del color que algunos pretendan darle a su fachada. En este caso extremadamente politizado por la crudeza con que han sido expresado algunos de los objetivos y propósitos de la reunión. No obstante, da paso a la voz de quienes vivimos fuera, a quienes también se nos otorgó el derecho de opinar y proponer, en asunto tan álgido como las propuestas constitucionales que dieron lugar a la aprobación de la nueva Constitución del Estado Cubano.

Es además un encuentro social, donde la ciudadanía que vive permanentemente en la Isla, consolida el criterio que emigrar no resta al ciudadano sus derechos generales básicos, con lo cual queda saldado el capítulo donde emigrar significaba una declaración de guerra al país, tal como ocurrió en las décadas del siglo XX, a pesar que, desde los ochentas, comenzó el intento de introducir nuevos criterios en ese aspecto, pero cuya consolidación no comenzó a dar frutos hasta comienzos del siglo XXI.

La letra de la convocatoria dice que los invitados son parte de la mayoría emigrada que, «no renuncian a sus vínculos con el país y no los condicionan aspiraciones políticas personales ni intereses de grupo». Ese párrafo bastaría para abrir las puertas del interesante y necesario evento. Pero agrega, que son personas que “defienden la Revolución cubana, condenan el bloqueo que mantiene el gobierno de Estados Unidos contra la isla, defienden los nexos culturales y económicos, y la promoción del acercamiento de los jóvenes y descendientes de cubanos”.

Como colofón el Director General de Asuntos Consulares y Cubanos Residentes en el Exterior (Daccre), Ernesto Soberón dijo que, “los cubanos residentes en el exterior «presentan un potencial importante para contribuir al desarrollo del país».

El lenguaje, por su ambigüedad no aclara mucho sobre el nuevo Estado de Derecho que Cuba acaba de inaugurar porque al decir que el emigrado es “un potencial” importante para el desarrollo del país, lo separa técnicamente del ciudadano residente quien en verdad debe ser el más importante actor de ese anhelado desarrollo. Por supuesto quien invita impone reglas, lenguaje e ideas. En realidad, exceptuando los Seminarios de Democracia Participativa realizados en los años noventa, nunca un grupo de emigrado ha convocado a una reunión con las autoridades cubanas o instituciones del país. Fuera de ese fenómeno, la convocatoria siempre ha partido del gobierno cubano.

Decir que son personas que “defienden la Revolución Cubana” es una generalización poco conceptual, si lo analizamos bajo el umbral de ideas, conceptos y propuestas de las corrientes socialistas surgidas a partir del derrumbe soviético. La expresión compromete con las concepciones originales de un proceso que ha cambiado y lucha por adaptarse a la actualidad. Es una manera de decir que divide en lugar de aglutinar. Si decimos “personas que defienden el Proceso de Cambios” que se lleva a cabo en el país, desde el año 1959, reflejamos mejor la realidad de hoy. Es más potable. Porque en verdad el Diálogo de 1978, impulsado por Fidel Castro y el primer Encuentro de 1993, fue delicado en hacer ver que la reunión no había sido concebida pensando que el emigrado se “convirtiera al comunismo, al socialismo o fanáticamente apoyara la Revolución” y ni siquiera planteó que la labor del emigrado era combatir el Bloqueo.

Esto último, de hecho, es un planteamiento de Perogrullo, porque todos los asistentes y los miles de miles que no estarán presentes, se oponen al Bloqueo estadounidense y quienes allí estaremos hemos dedicado lo mejor de nuestras vidas y parte del bienestar de nuestras familias, a enfrentar un ambiente dominado por un sector extremista, antidemocrático, de derecha, que acosa a toda una comunidad, como ha sido el caso de la ciudad de Miami, cuyo poder político en Estados Unidos, ningún grupo emigrado ha podido arrebatar y ni siquiera hay indicios de que pudiera suceder.

El otro aspecto es aquello de que los “los cubanos residentes en el exterior «presentan un potencial importante para contribuir al desarrollo del país».

Considero que todo cubano, especialmente los residentes en la Isla, son el mejor potencial para contribuir a ese desarrollo. Si en lugar de separar emigrados y residentes de la Isla con una frase confusa y algo utilitaria, decimos que el “emigrado representa un gran aliado para la población cubana que ofrece a diario su iniciativa por jugar un rol más importante en la creación de riquezas y para contribuir con los mega proyectos del Estado, los cuales cuentan como pilar fundamental, con un alto porcentaje de aprobación ciudadana, sacrificada y dispuesta a la defensa del país”, estaríamos más cerca de un objetivo posible.

No es un asunto semántico, sino parte esencial del debate socialista que dentro y fuera de Cuba se lleva a cabo.  Dentro de esos debates la migración también tiene su importancia, particular definiciones y le corresponde un lugar en la estructuración general del país. Especialmente porque el socialismo es símbolo de un país, un Estado y una sociedad, inclusivo en esencia, donde sin apelar a prácticas monolíticas, lo social tiene un sentido prioritario. En este caso, su objetivo migratorio más realista y necesario para los tiempos actuales, es allegar con confianza y optimismos a aquellos que «no renuncian a sus vínculos con el país y no “condicionan” su acercamiento al mismo, con “aspiraciones políticas personales ni intereses de grupo».