La Estatua de la Libertad y la Freedom Tower de Miami deberían estar vestidas de negro.

La Corte Suprema arrancó parte del alma de este país cuando una mayoría dividida por líneas partidistas decidió a favor de redefinir lo que significa ser estadounidense.

Ya no somos una nación de refugio para personas valientes que lo dejaron todo atrás, que trabajaron tan duro como tenían que hacerlo en su nueva patria y lograron hacer una buena vida para ellos y para nosotros, sus hijos.

Ya no seremos más una nación de inmigrantes que surgen de orígenes humildes para obtener logros profesionales, para convertirse en inventores e innovadores, o simplemente para demostrar que, mediante la determinación y el coraje, el sueño americano sigue vivo.

Ahora solo los ricos podrán solicitar las tarjetas verdes (green cards). Solo los inmigrantes que cumplen con la demostración de riqueza exigida por el presidente Donald Trump podrán acudir a nuestra puerta, solicitar la residencia, afirmó el lunes, 27 de enero, el tribunal más alto del país en una breve orden dividida según el fraccionamiento ideológico, 5-4.


Es tan lamentable como demoledor para ciudades como Miami, ejemplo icónico de historias de inmigrantes que llegaron sin nada o con poco y lograron abrir negocios, convertirse en profesionales y millonarios, como también lo es para la salud económica de las Américas.

La invitación a los ricos a emigrar dará como resultado la fuga de riqueza y de cerebros de los países que ya luchan por convertirse en democracias nacientes y competir en una economía global. Esta regla de carga pública que solo admite a los ricos es un golpe para los refugiados de países como Cuba y Venezuela, donde sus denuncias creíbles de persecución pasarán por una segunda audiencia que examine qué activos tienen en una cuenta bancaria.

No se gana nada con una decisión que permita a la administración Trump comenzar a aplicar nuevas reglas diseñadas para descartar a los solicitantes de tarjetas verdes que se cree que tienen el potencial de convertirse en una carga pública.

El fallo afecta todos los aspectos de la vida social de los inmigrantes, desde los niños que no podrán recibir almuerzos escolares gratuitos hasta los discapacitados que necesitan acceso a la atención médica.

Le permite al gobierno federal denegar la admisión, o la residencia que mantendría acá a un inmigrante que ya está aquí — según el uso de programas como Medicaid, asistencia de vivienda, el Programa de Asistencia de Nutrición Suplementaria (SNAP) y otros tipos de beneficios por parte de los solicitantes.


Los niños pasarán hambre y la gente morirá, por el miedo de utilizar los programas de beneficencia que podrían arruinar su posibilidad de obtener en estado permanente, incluso si los usaran ocasionalmente.

“Lo que estamos viendo en esta administración es lo que yo llamo el fin de la compasión”, dice Alejandro Portes, un reconocido profesor y autor cubanoamericano, ahora en la Universidad de Miami. “Lo que había sido el sello distintivo de la política de las administraciones pasadas — ser un faro para el resto del mundo y para los grupos que necesitaban refugio, que consideraba la inmigración como necesaria para la economía en lugar de una amenaza — eso se termina con Trump”.

Es vergonzoso que el país más rico del mundo pueda ser tan mezquino, tan despectivo con los menos afortunados, siendo que los parámetros para recibir servicios de beneficencia ya son bastante estrictos.

Pero la destrucción de los valores esenciales de Estados Unidos, como la generosidad, los brazos abiertos y los derechos humanos, esa destrucción es el precio que se paga por el intento, por el golpe bajo del presidente Trump y de sus aliados republicanos para evitar que crezca la población de piel oscura y negra en este país.

Que la Corte Suprema acepte una política discriminatoria es el resultado directo de una elección hiperpartidista fundamentada en avivar los temores reales e imaginarios de los estadounidenses en un mundo posterior al 11 de septiembre.

Para comprender el alcance del golpe de la Corte Suprema a los inmigrantes, considere lo siguiente: Miami no sería lo que es hoy bajo esta regla sobre la carga pública de Trump si solo se permitiera a los cubanos más ricos venir a Estados Unidos después de que Fidel Castro llegó al poder e instaló el comunismo en la isla.

Las olas de inmigrantes que huían del sudeste asiático después de que terminó la guerra de Vietnam, de Haití durante los brutales regímenes Papa y Baby Doc Duvalier, y de las dictaduras de América Central y América Latina tampoco habrían calificado.

Pero ese es el propósito de la política de Trump diseñada por su asesor de inmigración, Stephen Miller, que arroja una retórica nacionalista blanca como si fuera la verdad. Miller es hijo de judíos liberales cuyo patriarca, un agricultor de Bielorrusia, llegó a la isla Ellis el 7 de enero de 1903 con $8 en su bolsillo.

Su ignominioso desprecio por sí mismo encontró un desahogo en la ambición presidencial un Trump que menosprecia la historia esencial de inmigración de nuestra nación.

Y él no está solo.

También lo hacen otros inmigrantes que apoyan a Trump y sus políticas, y que llegaron a este país en misiones de rescate aéreo o marítimo, en programas de refugiados, cruzando la frontera entre Estados Unidos y México y excediendo su permanencia de las visas de turistas.

Es malvado complacerse de aplastar a los oprimidos, a los perseguidos, a los más necesitados.

La Estatua de la Libertad y la Freedom Tower en Miami deberían estar vestidas de negro.

Es tiempo de luto para nosotros, para quienes nos hemos convertido en estadounidenses.

Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.