En la historia del desarrollo llama la atención el caso de los Estados
Unidos; el fenómeno geopolítico más destacado de la era moderna, única
potencia que fue colonia y no las tuvo. Único país del Nuevo Mundo
altamente desarrollado y que, a pesar de haber comenzado su andadura
120 años después que Iberoamérica, progresó a ritmos incomparablemente
mayores y, al obtener la independencia, en lugar de 13 países fundaron
uno. La historia del desarrollo de los Estados Unidos desmiente la
necesidad de una “acumulación originaria” y cualquier tesis acerca de
la pertinencia del apoyo externo.
La clave parece estar en que, a diferencia de la colonización del
Nuevo Mundo que fue una empresa estatal gestionada por las coronas de
España y Portugal, la expansión de Inglaterra hacia la América del
Norte se realizó por personas y entidades privadas que actuaron con
licencia del gobierno británico.
Al desembarcar en las costas de Massachusetts en 1620, los colonos del
Mayflower, rompieron todo vínculo con la Corona Británica, para lo
cual redactaron y firmaron el Pacto del Mayflower, en virtud del cual
dejaron de ser súbditos de Inglaterra y organizaron el autogobierno.
El status libre de las colonias y el liberalismo de sus pobladores y
luego de sus gobernantes fue, junto a la abundancia de tierras y los
recursos naturales, el principal atractivo que movilizó a millones de
emigrantes.
Los Estados Unidos son la primera y única experiencia de un desarrollo
económico autogenerado que, partiendo de cero y sin apoyo
gubernamental alguno, produjo la más dinámica y fructífera
transformación que, aunque favorecida por una exuberante abundancia de
recursos naturales, fue fruto del trabajo de hombres libres que
actuaron en su propio beneficio. No esperar ni recibir nada de la
metrópolis y luego no depender del gobierno, ha sido para sus
pobladores una fortaleza.
Afortunados porque por bagatelas, Napoleón Bonaparte les vendió
Luisiana, España La Florida y el zar de Rusia Alaska y porque las
posiciones conquistadas a costa de México incluyeron el oro de
California y el petróleo de Texas, mediante enérgicas y eficaces
políticas, convirtieron aquellas potencialidades en factores de
progreso. A diferencia de los funcionarios al servicio de las
metrópolis ibéricas que se dedicaron al saqueo, los colonos
británicos, holandeses, alemanes, irlandeses y otros se aplicaron al
trabajó. El trabajo y las políticas atinadas lo explican todo.
El estudio de la anécdota americana evidencia que, en materia de
desarrollo, si bien importan los recursos naturales, lo más importante
son el buen gobierno y las políticas atinadas, más eficaces mientras
más liberales son. Un contrato social entre los gobiernos o estados y
los pueblos, especialmente los emprendedores que propicien la
cogestión y la armonía constituye la base del progreso, al menos lo
único que ha sido probado.
Excepto los episodios del maltrato a los pueblos originarios, la
secesión y la cuestión racial que son los grandes traumas políticos y
sociales de Norteamérica, nunca hubo en los Estados Unidos un
movimiento de oposición contra el sistema, entre otras cosas porque,
con excepción de los esclavos, la población fue integrada al mismo.
Probablemente, el enorme aislamiento creado por los océanos Atlántico
y Pacifico, asociados a la autarquía económica aportada por los
recursos naturales y las políticas aislacionistas cultivadas durante
cien años, hicieron que la economía estadounidense mirara sobre todo
hacia el mercado interno, mientras en Iberoamérica se le ignoraba y se
consolidaba el modelo agroexportador.
Estados Unidos no es ahora un modelo y su experiencia es irrepetible,
su desempeño internacional en especial respecto a América Latina,
evolucionó hacia prácticas y políticas imperiales y, se llenó de
máculas; no obstante, en cuanto a la historia del desarrollo es un
hito imposible de ignorar. Allá nos vemos.

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COMER SALUDABLE O MORIR INFESTADO

La epidemia de coronavirus cuyo origen se atribuye al consumo o
manipulación de animales salvajes en un mercado de China, ha relanzado
el debate en torno a la pertinencia de esa práctica que no se
justifica económicamente ni la humanidad necesita. Aunque es usual en
comarcas muy pobres, la dependencia de la caza y la pesca de animales
salvajes para la subsistencia es estadísticamente insignificante.
En un proceso que tomó miles de años, el hombre dejó de depender de la
fauna salvaje para alimentarse. Un paso trascendental fue el fin de la
vida nómada y la adopción del sedentarismo, lo cual permitió la cria
de animales para comer, practicada hace unos diez mil años.
Se puede afirmar que, para una alimentación óptima, a la humanidad le
basta con unas 20 especies de animales que son criados o capturados
con ese fin, entre los cuales predominan el ganado bovino, ovino y
caprino, los pollos y otras aves, el cerdo, y los peces. De cara a la
supervivencia humana, los demás animales son prescindibles.
Actualmente, la relación de las personas con los animales vivos se
expresa, sobre todo, en la cria con fines económicos, ganadería,
avicultura, pesca y piscicultura y por la existencia de las mascotas
que a nivel mundial son más de mil millones.
En Estados Unidos hay 300 millones de animales de compañía, casi
tantos como personas. Entre ellos predominan los perros, estimados en
unos 500 millones en el mundo y los gatos son 600 millones. En México,
entre perros y gatos, suman 25 millones. Últimamente, han proliferado
las llamadas mascotas no convencionales que son animales sustraídos de
la vida salvaje y cuya presencia en entornos familiares es peligrosa.
La idea de que lo natural, muchas veces equivalente a salvaje, es puro
e incontaminado es básicamente errónea. De hecho, comer animales
salvajes, plantas desconocidas, beber agua no tratada, aplicarse
remedios no certificados y consumir productos con presuntas cualidades
afrodisíacas es sumamente peligroso para la salud, lo cual es
extensivo a los animales domésticos y a las mascotas que requieren
atención veterinaria.
Muchas enfermedades se asocian con animales e insectos como mosquitos,
pulgas, garrapatas, chinches. Algunas de estas criaturas se han
incorporado a la vida urbana y en otros casos, los humanos entran en
contacto con ellas al penetrar en los hábitats donde impera la vida
salvaje. Se ha estimado que alrededor de seis de cada diez
enfermedades infecciosas se deben a contagios de los animales. Algunas
como la encefalitis equina de rudos efectos se propaga cuándo un
mosquito pica a un animal o ave enferma y luego a un humano. Dolencias
letales como la rabia y el ántrax, asociado al terrorismo pueden ser
trasmitido por vacas, ovejas y ciervos.
Las mascotas, incluidos los perros y gatos, las aves, incluso los
peces pueden trasmitir múltiples enfermedades. Entre ellas figuran la
tiña, la temible salmonela y la leptospirosis que puede ser letal y se
transmite de los animales de granja a las personas. En el inventario
habría que incluir hantavirus, el virus del Nilo, la fiebre amarilla,
el dengue, la malaria, los coronavirus y otras.
Es terrible saber que, por la actitud irresponsable de permitir la
manipulación, venta y consumo de animales salvajes, no certificados
para el comercio, puede haberse desatado una pandemia de proporciones
planetarias que pone en peligro a la humanidad. Los hechos están a la
vista. Ojalá gobiernos y comunidades aprendan la lección. Allá nos
vemos.