Desde hace mucho tiempo, he llamado la atención sobre la persona de Bernie Sanders, el Senador por Vermont y actual candidato a la Presidencia de Estados Unidos.

La importancia que he señalado no ha sido sólo por lo trascendente de sus planteamientos y su concepción social, defendida con valentía, sin importarle críticas y etiquetas en su contra. Lo que avala estos planteamientos es la falta de improvisación, lo cual contrasta con otros aspirantes presidenciales, quienes dicen hoy lo que puede convenirles mañana, sin otro objetivo que ganar la contienda electoral. Su ideario, en cambio, está amparado en una consistencia envidiable, que se extiende desde etapa tan temprana como su comienzo en las aulas universitarias en la Universidad de Chicago.

Sanders no dice hoy nada que no haya dicho hace 55 años, cuando en 1964 ingresó a ese centro superior docente.

Los problemas que confronta hoy la sociedad estadounidense no son nuevos. Se remontan a la continuidad de prácticas inmorales puestas en marcha ante el avance apabullante de la economía del país, comenzada a raíz de la aplicación de los conocimientos alcanzados con la Revolución Industrial.

La marcha indetenible de las injusticias, que ni siquiera pudieron ser frenadas por el progreso logrado durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt, donde la desigualdad estuvo en el centro del conflicto, precipitó las luchas por los derechos civiles y puso al descubierto la cara fea, del Norte Revuelto y Brutal del que hablara José Martí, máximo artífice de la Independencia de Cuba.

En aquellas marchas y protestas estuvo presente Sanders, quien tuvo el honor de participar en la Marcha a Washington por Libertades y Trabajo (March on Washington for Jobs and Freedom) el 28 de agosto de 1963. En esa marcha Martin Luther King, pronunció su famoso discurso “Yo tengo un sueño”.

El Senador ha ganado las tres primeras primarias, en tres estados consecutivos, donde el Partido Demócrata elige a su candidato. Esto ha sorprendido al movimiento conservador que, hasta los días de hoy, ha tenido unánimemente a su favor, la prensa nacional, inclinada como es de esperar, hacia la Elite de Poder, ya sea esta del Partido Republicano o el Demócrata.

¿Cómo logró ganar en el más reciente Estado, Nevada, donde las apuestas eran por el candidato de la elite demócrata, Joe Biden? Porque allí se hizo carne por vez primera su promesa de una Revolución Política, logrando una enorme coalición de emigrantes, estudiantes, madres latinas, jóvenes negros, liberales blancos e inclusive algunos moderados que creen en la idea de un cambio radical.

Estos últimos, esa parte del sector moderado, lo hizo porque han cobrado conciencia de que en la última votación se inclinaron por un candidato moderado (Hillary Clinton) y ganó un radical (Donald Trump). Pero en aquel caso fue un radical de derecha, un conservador extremo que oculto bajo el manto de un falso nacionalismo, racista y excluyente, predicó lo que anhelan los más preteridos y también los menos, acuciados por un sistema donde rampantemente los más ricos se hacen más ricos cada día, aunque no necesariamente los más pobres se hacen más pobres, consigna que sirvió de atractivo a la vieja izquierda que pretendió “tomar el cielo por asalto”. Los pobres no se hacen más pobres, pero se les dificulta más la existencia, ante las exigencias de las nuevas tecnologías y modos de vida que van imponiéndose.

Los olvidados de hoy y siempre o los tenidos a menos socialmente, contemplan cómo se complejiza la sociedad y el confort de ayer ya deja de servir al bienestar de hoy. En este punto crucial es donde las mayorías contemplan el crecimiento infinito de los pocos que acertaron el número de la ruleta, mientras ellos quedan rezagados en un mundo que cada día pide más para asegurar una existencia tranquila y esperanzadora. Estos, junto a otros, se inclinan con urgencia por el Senador de valientes ideas.

Es cierto que su ideario contrasta con su cronología, con su edad, pero las personas de hoy se dejan llevar más por la energía de un centenario, que por la apatía e inclinaciones veleidosas que estimulan algunos soñadores jóvenes por la riqueza instantánea y fácil, sin importarles los frondosos montes existenciales que arrastran a su paso. Prefieren también la frescura de ideas que reflejan las realidades socio económicas donde viven, que las ortodoxias asfixiantes aferradas a virtualidades pasadas o a ídolos de paja, alejadas de prácticas que, objetivamente, otorgan beneficios necesarios.

Aún a Sanders le queda el largo trecho de las trampas establecidas por el sistema político imperante para designar los candidatos a la Presidencia. Porque la famosa “tierra de la libertad” inventó procedimientos para perpetuar la Elite del Poder, así como hacen y han hecho, todas las elites hasta nuestros días en todos los países y lugares.

Veremos cómo responde California, un Estado crucial, por la cantidad de delegados que puede obtener provenientes del voto popular. Estos le servirán para contrarrestar a los “súper delegados”, supuestas figuras “históricas” (otro de los inventos) que, en la Convención Demócrata, junto con los delegados electos, escogen finalmente al candidato presidencial del Partido.

Yo, mientras tanto, apuesto por el progreso, el cambio, la justicia y la equidad. Apuesto, como el Senador Sanders, por el Socialismo Democrático.