APUESTA POR CUBA
Conocí ayer dos apelaciones al gobierno cubano. Una breve y
perentoria: “Cierren los aeropuertos: ¡Ya!” La otra suena como una
súplica: “Pido por favor al gobierno cubano que NO envíe nuestro
personal médico a ningún sitio…”

A propósito, se supo que las autoridades chinas creen haber
identificado al “paciente cero”. Un hombre que contrajo el virus a
mediados de noviembre de 2019. Desde entonces han transcurrido más de
100 días, al cabo de los cuales hay en Cuba tres enfermos, ningún
fallecido, y alrededor de 150 contactos bajo vigilancia médica. ¿Por
qué entonces cerrar los aeropuertos?

El otro compatriota, pide que “no se envíe personal médico y de
enfermería a ninguna parte…” El caso es que el gobierno no los envía.
En todo caso, convoca a profesionales capacitados y en pleno uso de
sus derechos que actúan de modo voluntario. Probablemente, muchos
asuman el cometido no como una tarea, sino como una oportunidad.
Conozco compañeros, yo entre ellos, que creen que valió la pena ir a
Angola donde los riesgos eran enormes.

En diciembre de 2019, China fue sorprendida por la agresividad del
COVID-19, pero Europa y Estados Unidos no. De hecho, desde fines de
diciembre de 2019 y principio de marzo de 2020, tuvieron más de 60
días para prepararse. La alerta fue temprana, aunque la reacción
resultó tardía.
La alarma, por momentos mezcla de impotencia con histeria, está
motivada no solo por la fulminante propagación del COVID-19, sino por
la ineficacia de los sistemas de salud para responder a situaciones
extraordinarias de los gobiernos para orientar la acción social y de
las sociedades para observar reglas mínimas.
Cuba, con más de 100.000 médicos y suficiente personal de enfermería,
más de 3000 camas hospitalarias para ese fin, los medios de
diagnóstico y medicamentos necesarios y una movilización nacional
liderada por el presidente de la república, administra la amenaza, sin
demandar de la población sacrificios extraordinarios ni costos en los
cuales no puede incurrir.
La solvencia cubana emana de haber enfrentado dos grandes epidemias:
Fiebre Porcina Africana en 1980 y un repentino brote de Dengue que en
1981 afectó a más de 300. 000 personas, 158 de las cuales fallecieron.
Para estudiar, participar en eventos o curarse, a la Isla llegan por
miles, personas de países pobres y clima tropical donde abundan
enfermedades infecciosas. También los cubanos, en cantidad de cientos
de miles como ocurrió en Angola, viajan y hacen estancia en esos
países. Rechazar a unos e impedir viajar a otros no es parte de la
doctrina nacional de salud.
La solvencia cubana se explica porque desde hace décadas, a la
existencia de un eficaz modelo de salud, cuya base lo constituye un
sistema de atención primaria, se sumó un enfoque avanzado de la
cuestión epidemiologica, para la prevención y el tratamiento de
enfermedades como Dengue, Zika, Cólera, Chikunguya y otras. Las
fortalezas de Cuba evidencian que no siempre se trata de dinero.
De un día para otro algún país desarrollado puede disponer de
cincuenta mil millones de dólares para lidiar con la pandemia, no
obstante, con ninguna cantidad de dinero podrá instalar un sistema de
atención primaria nacional y disponer de capacidades hospitalarias
para lidiar con la crisis del COVID-19. Tampoco es posible inculcar a
todas las personas, el hábito de acudir al médico como hacen los
cubanos, entre otras cosas, porque ninguno saldrá de la consulta
endeudado ni arruinado.
La tarea del momento, como sugiere la Organización Mundial de la Salud
es identificar, aislar y curar a los infestados y controlar
rigurosamente a sus contactos. En cuanto a los turistas, personas
presumiblemente sanas, chequeadas en sus países y vueltas a examinar
al llegar a la isla, no hay nada que temer. Como siempre se ha hecho,
quienes arriben sanos serán atendidos y aquellos que lamentablemente
se enfermen, serán curados. Allá nos vemos.