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¿Cómo que estás en Cuba? Le pregunté. ¿No estabas en Ecuador hace tres días? Sí, pero regresé antes de que las cosas se pusieran peor en todas partes. ¿En verdad regresaste? ¿Me hablas desde Cuba? Claro, te hablo desde Cuba, estoy en Cuba, me dijo. Fue a través del celular y colgamos casi enseguida porque acá, en la Isla, el uso del celular es caro.

Y entonces recordé aquellos intercambios donde él me decía que se iba tras el capitalismo porque el capitalismo era ganancia, dividendo, ingreso, utilidad, futuro.

La solidaridad de los cubanos es infinita. Foto: Tomada de Canal Caribe

Tuve miedo, me dijo, miedo a enfermar en un sistema que te ve a través de los claroscuros de un billete. No me apena decirlo. Por eso regresé a la Isla. Nadie me iba a alcanzar un plato de frijoles y la situación se estaba poniendo muy difícil.

Pensé en ese plato de frijoles, y pensé en mi vecina, Lourdes, que dos días atrás hizo tamales y me llamó por la cerca del patio para darme algunos. Pensé en Felito, que cuando supo que yo tenía algunas dificultades con el agua, me tendió una manguera desde su patio.

Esa también es Cuba. No solo es la lista de productos que, por estos días, escasean en la Isla. Cuba es mucho más que esa escasez, y si no, que lo digan quienes llegan desde esos países del primer mundo y quieren “revisarse” la boca en una clínica dental cubana.

Hay que ver las luces de esta Isla, que son muchas. Hay que ver el jarrito de aluminio del vecino cuando se te acabó el azúcar… y hay que escuchar tu nombre en el patio, cuando un vecino te avisa que ya coló el café.

Si enfermo, que sea en Cuba, me dijo mi amigo. Acá, créeme, me siento más seguro. Y entonces pensé en las madres. Es como cuando sentimos fiebre y creemos que solo las manos de mamá —o de papá— son capaces de curar. La Isla es esa mezcla de mamá y papá. Cuba es madre y es también padre. No todos, lo sé, pueden sentir eso. Solo los iluminados. No elegiría yo otro sitio para nacer o morir que no fuera este: cerca de los míos.

Entiendo el motivo por el cual mi amigo, que no me dio muchas más explicaciones, regresó a Cuba. Tronó, tronó fuerte, y hay algunos —como decimos en la Isla— que se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. Sé que no seremos los mismos después de esta enfermedad que ahora asola el mundo. Nadie permanecerá igual. Me daría placer que esos pocos que no se quitan el sombrero antes las grandezas de esta Isla, se lo quiten cuando la enfermedad quede atrás…, porque va a quedar atrás.

“Si enfermo, que sea en Cuba, me dijo mi amigo”. Ilustración: Brady Izquierdo

Es como cuando pasa un ciclón y tienes quien te cruce el río, y quien te tienda la mano… y quien te acompañe desde una luz que llega en apenas cinco días. Creo que por eso se regresa a Cuba: buscamos luz y compañía, algo que no siempre encontramos en muchos lugares del mundo. Quizá por aquello que decía el poeta: la patria es la infancia.

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