La pandemia ocasionada por el covid19, ese inesperado visitante que irrumpió recientemente en el globo terráqueo, ha mostrado una vez más, cuán débil resultamos frente a los imponderables. Especialmente en los países que, desaprovechando el conocimiento científico y la experiencia política, no se han organizado en función del ser humano.

La actual epidemia quizás no resulte tan fulminante como la de 1918 porque hemos aprendido a defendernos mejor, aunque su furia ha mostrado la importancia de convivir en un orden donde cada uno de nosotros sea un protagonista del medio.

El tema más sobresaliente y que la prensa menos comenta, es la importancia del concepto de Estado, como instrumento socio político imprescindible y esencial, garante del equilibrio y el bienestar social.

No existe un solo sector de la vida en comunidad que pueda prescindir de su presencia. Su función hace posible que la economía mantenga su ritmo proveedor y evita que los desajustes ocasionados por la avaricia de unos pocos, afecten a las mayorías que hacen posible su funcionamiento.

En momentos de crisis como la actual, salta a la vista cuán necesario resulta para la actividad farmacéutica, hospitalaria, la pérdida de empleos o las industrias que se paralizan por el colapso de la circulación monetaria. Ante los desastres naturales o humanos, sólo el Estado resuelve, conteniéndola, suavizando el desplome y haciendo eventualmente posible su despegue.

Sin embargo, a pesar de ese reconocimiento unánime de su papel clave en la sociedad, el mismo NO es conocido por todos los ciudadanos, porque el tema se oculta o es distorsionado por los defensores a ultranza del liberalismo, para quienes el Estado es bueno sólo cuando se trata de ayudar a los grandes negociantes. Para ellos el Estado Grande es el que se ocupa de la distribución equitativa de las riquezas y el Pequeño, el Reducido, el que se ocupa de los grandes empresarios. De aquí que los medios, al servicio generalmente de las fuerzas políticas rectoras, eviten mostrar su importancia o de hacerlo, lo identifican intencionalmente con la función de gobierno.

En el mundo que vivimos, desde hace poco más de una década, las posiciones políticas están perfectamente divididas entre las propuestas clásicas y neoclásicas del liberalismo y la teoría socialista con sus diversas vertientes, en especial las que abogan por un socialismo democrático.

Quizás el Hemisferio donde este escenario político está más definidamente dividido sea Occidente. En esta región las corrientes socialistas se enfrentan con meridiana claridad y apoyo mayoritario, al conservadurismo neoliberal y al marcado resurgimiento de un fascismo de última generación. No se trata de protestas obreras como otrora, movimientos sindicales, asonadas civiles y revueltas al estilo de los procesos revolucionarios conocidos que, con picas y piedras o con escopetas de cartucho, derrotaron o tomaron al Estado por asalto. En ese entonces, en mayor o menor escala, unos y otros contaban con equiparables instrumentos de fuerza. Apoderarse en la actualidad del Estado moderno por similares procedimientos, pertenece más a las novelas de ficción que a la realidad. Ese tipo de gesta ha quedado para la historiografía escolar.

En el presente, dicho enfrentamiento ha tomado una nueva modalidad. En vez de protestantes y conspiradores que son fácilmente barridos por el aplastante poder de la tecnología militar y represiva estatal, presenciamos el enfrentamiento de facciones socio-políticas representadas precisamente por los propios Partidos Políticos, instrumentos que fueron creados con la finalidad de perpetuar a sus mandantes y administradores.

Aunque el Estado nunca ha dejado de ser tema de importancia en las gestas políticas, unos minimizándolo y otros resaltando su importancia social, la non grata presencia del virus, contribuye a reforzar una lucha que, tras el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ha obligado a revalorar conceptos y reorganizar métodos de lucha. El virus no contribuirá a la creación de un nuevo orden, pero ha puesto al descubierto su necesidad.

El virus no ha ocasionado en Estados Unidos un problema en los sistemas de salud, industria y la economía. Por el contrario, ha mostrado sus fallas.