Las luchas sociales son imprescindibles en el ámbito político para alcanzar el triunfo de las mayorías que componen el caudal sanguíneo de la sociedad. Hasta hace apenas dos décadas, se pensaba que esas luchas sólo podrían alcanzar el poder a través de luchas fratricidas y sangrientas confrontaciones. Pero el concepto de clases en el sentido marxista soviético del término (Marx nunca llegó a definirlo a plenitud), se ha ido esclareciendo y cobrando nuevas definiciones. Ya no es la desigualdad económica entre un grupo minoritario pero numeroso (la burguesía) y otro mayoritario y más numeroso aún, los trabajadores.

La composición de las sociedades actuales ha cambiado radicalmente y la confrontación actual es entre el 1% de la población y el 99%. Una descomunal diferencia en la distribución de la riqueza. Obviamente, esto significa que no es lo mismo el Estado liberal, dominado en su comienzo por una multitud de grandes intereses, y el Estado neo liberal actual, controlado por una multitud grande de riquezas en manos de unos pocos intereses. Es un poder aislado. Se va quedando solo y eso representa un talón de Aquiles para los administradores neo liberales de la actualidad.

Las diferencias existentes dentro del 99% no los enfrenta, puesto que cada día se cobra más conciencia que, la desigual distribución originada por factores fortuitos ligados principalmente a falta de regulaciones estatales, sólo se resuelve transformando los elementos que contribuyen a esa distorsión distributiva y traspasando esas grandes acumulaciones al porcentaje más debilitado del 99%. Parte de esa distribución debe provenir de las grandes fortunas. En Estados Unidos el tema se ha convertido en parte de la agenda del Partido Demócrata, así como el énfasis en la trasformación del sistema de salud, educación, salarial, cultural y otros, engarzados a la estructura estatal.

Estas reevaluaciones cambian en esencia el enfrentamiento de las fuerzas sociales, en una época donde el Poder del Estado es avasallador e indestructible, salvo cuando se produce una explosión generada desde su propia administración, o sea, por el gobierno de turno que lo administra.

Está ocurriendo también una transformación en la esencia de los partidos que se alternan el Poder. Ya no son un grupo monolítico burgués, salpicado de algunos trabajadores más comprometidos con los primeros que con sus representados. Ahora sus estructuras están en manos de personas cada vez más informadas y conscientes de sus problemas. Esta mezcla hace que se produzcan debates internos y se perfilen soluciones y propuestas de carácter social. Son escenarios en el cual las diferencias económicas existentes no ocasionan fricciones, porque no se trata de un contraste entre la miseria y la opulencia, sino diferencias fundadas en aspectos meritorios.

Lo más significativo de esta realidad de los partidos políticos es que, por primera vez, dicha modalidad también ha hecho su aparición en el contexto político estadounidense, uno de los pocos grandes países capitalistas, donde las rebeldías contra el sistema han sido aisladas y sólo tuvieron como objetivo reformar el sistema para suavizar la intensidad de los excesos. Desde las huelgas mineras de fines del XIX hasta la batalla por los Derechos Civiles, tomar las calles, nunca procuró una nueva concepción de poder.

Desde hace cerca de una década, las cosas en ese sentido han cambiado. Ya no se trata sólo de un conservadurismo liberal progresista, representado clásicamente por el Partido Demócrata, frente a un conservadurismo apegado con dientes y garras al liberalismo primitivo que dio a luz al capitalismo salvaje en el siglo XIX. Por vez primera, desde aquellas algaradas socialistas surgidas durante la primera mitad del siglo XX, fortalecidas con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial y reprimidas con violencia por el Macartismo, jamás mayorías de juventudes habían abogado con tanto énfasis por desarrollar un movimiento de carácter nacional, a favor de un socialismo democrático en Estados Unidos de Norteamérica (una parte de Norteamérica).

Estos dos factores político-partidista, el europeo y el estadounidense, representan un cambio sustancial en la correlación de fuerzas sociales del mundo occidental y por ende a nivel global si consideramos la importancia planetaria de estos dos continentes.

Los criterios emanados de la tragedia actual, ocasionada por el coronavirus, ha obligado al movimiento conservador, a repensar el modo de no perder su hegemonía. No se trata de conservarla, sino de no perderla. Sin embargo, la contraparte es poderosa.

La fuerza alcanzada por el movimiento socialista democrático, ante las dramáticas fallas puestas en evidencia por la epidemia, tiene la mayor probabilidad de inclinar la balanza a su favor. En una decena de meses, cuando el virus sea controlado y regresemos a la nueva normalidad, se desbrozarán montes y surgirán veredas y caminos de nuevo tipo.