La doctora Dina Abdel-Salam observó horrorizada el mes pasado cómo docenas de extraños se congregaban bajo el balcón del departamento de su tía en al ciudad egipcia de Ismailia, a donde se mudó temporalmente tras dejar a sus padres mayores en casa para protegerlos de su exposición al coronavirus.

La multitud gritó su nombre y profirió amenazas hasta que llamó a la policía para pedir ayuda.

“Se ha mudado aquí para enfermarnos”, gritó alguien.

El caso de Abdel-Salam es uno de muchos en una oleada de agresiones a doctores que ilustra cómo el miedo y la ira de la población pueden volverse contra las mismas personas que arriesgan su vida para salvar a los pacientes en la pandemia.

Mientras muchas ciudades del mundo estallan en aplausos cada tarde para dar las gracias a quienes trabajan en primera línea con los enfermos de COVID-19, la dolencia causada por el coronavirus, en Egipto, India, Filipinas, México y otros lugares, algunos médicos y enfermeras son agredidos, intimidados y tratados como parias por su labor.

Por sí sola, la pandemia ya plantea dificultades a los doctores, especialmente en lugares con una infraestructura sanitaria insuficiente. Pero los trabajadores médicos, vistos como posibles focos de contagio, enfrentan otro importante desafío en esas naciones: el estigma asociado con la enfermedad.

“Ahora más que nunca, tenemos que reconocer la importancia de invertir en nuestra fuerza laboral sanitaria y emprender acciones concretas que garanticen su bienestar y seguridad”, dijo Ahmed al-Mandhari, director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el Mediterráneo Oriental, en una conferencia de prensa virtual a principios de semana.

Pero en algunos lugares, esta es una tarea complicada ya que la desconfianza, el miedo y la desinformación pueden tener efectos devastadores. Décadas de educación deficiente y escasos servicios gubernamentales crearon profundos recelos sobre la profesión médica en muchos sitios.

En el centro de India, un grupo de cinco trabajadores de la salud, vestidos de pies a cabeza con trajes de protección, ingresó a un vecindario para poner bajo cuarentena a los contactos de un paciente que dio positivo al virus cuando se toparon con una turba que los insultó y les arrojó piedras.

“Alguna gente piensa que los médicos y enfermeras vendrán y les sacarán la sangre”, dijo Laxmi Narayan Sharma, presidente del sindicato sanitario en Madhya Pradesh, en el centro de India.

En la ciudad sureña de Chennai, otra multitud armada con piedras irrumpió en el funeral de Simon Hercules, un neurólogo que murió por COVID-19, apedreando la ambulancia que trasladaba sus restos mortales y obligando a su familia y amigos a correr para ponerse a salvo.

En Afganistán, las teorías conspirativas socavan la credibilidad de los profesionales. Casi 19 años después de la coalición liderada por Washington derrocó a los talibanes, muchos culpan a las naciones occidentales del deterioro del país. Una de las teorías más difundidas es que el virus habría sido fabricado por Estados Unidos y China para reducir la población mundial, apuntó Sayed Massi Noori, médico en uno de los dos hospitales de Kabul que realizan pruebas de coronavirus.

La semana pasada, varios médicos de una unidad de emergencias del hospital afgano-japonés, donde trabaja Noori, fueron asaltados por 15 parientes de una persona que murió a causa del virus. Los doctores acabaron con la nariz ensangrentada.

“Los familiares creen que son los médicos los que mataron a sus familiares”, añadió Noori.

La línea directa de atención para el coronavirus en Uagadugú, la capital de Burkina Faso, una nación africana devastada por la guerra, atiende llamados que reportan toses persistentes y dolores de cabeza. Pero también ha recibido amenazas de muerte.

“Llaman y dicen que cuando acaben de matar a los soldados en el norte, vendrán y matarán a todo el mundo aquí”, contó Emmanual Drabo, voluntario de la Cruz Roja.

En Filipinas, los trabajadores sanitarios fueron atacados más de 100 veces desde mediados de marzo, lo que resultó en 39 detenciones, dijo el teniente general de la policía, Guillermo Eleazar, a The Associated Press. En una de esas agresiones, cinco hombres detuvieron a una enfermera que se dirigía a su puesto en la provincia de Sultan Kudarat a finales de marzo, le arrojaron lejía al rostro y le quemaron los ojos.

En Guadalajara, la segunda ciudad de México, médicos y enfermeras dicen que salir a la calle con uniforme es una invitación al peligro. Un hospital pidió a sus trabajadores que se quiten la ropa de trabajo al terminar su turno y el gobierno asignó soldados de la Guardia Nacional a los centros públicos.

Temores similares provocaron detenciones en Sudán. En Omdurman, a orillas del Río Nilo y frente a la capital, Jartum, en un hospital se registraron disturbios cuando se propagó el rumor de que admitiría a pacientes con COVID-19. La policía arrestó a varias personas que trataron de atacar el edificio, dijo el director del hospital, Babaker Youssef.

En Egipto, hasta los administradores de los hospitales sufren la ira de la población.

Ahmed Abbas, subdirector de un centro gubernamental en Zagazig, una ciudad del Delta del Nilo, vestía un uniforme sanitario cuando fue empujado y maldecido mientras esperaba en la fila en un cajero automático. El presidente del sindicato de médicos del país, Ihab el-Taher, apuntó que, aunque “limitados”, estos incidentes son desoladores.

Además de la escasez mundial de respiradores, pruebas de detección del coronavirus y equipos de protección, la creciente hostilidad pública ha privado a muchos profesionales de la salud de necesidades básicas como alojamiento y transporte.

En la capital de India, Nueva Delhi, doctores y equipos de emergencias denunciaron que fueron desalojados por sus caseros. Una enfermera en Etiopía contó que los taxis se niegan a trasladar a quienes trabajan en el principal hospital del país dedicado a pacientes de COVID-19.

Mientras que la oleada de agresiones incentiva los esfuerzos de los gobiernos para respaldar a los sanitarios y disipar los rumores, muchos doctores extraen lecturas positivas de la creciente concienciación pública.

Después de que la policía dispersó a la multitud que se agolpaba bajo su balcón en Ismailia, algunos regresaron para disculparse, dijo Abdel-Salam. En India, dos de los doctores apedreados en Madhya Pradesh fueron recibidos con vítores cuando regresaron con plantas de regalo un día después, luego de las autoridades sanitarias explicasen el propósito de su visita.

Pero los recuerdos dolorosos persisten.

Tras el frustrado entierro del doctor Hercules en el sur de India, uno de sus compañeros tuvo que extraer fragmentos de vidrio de su cadaver. Otro, Pradeep Kumar, reunió a dos trabajadores del hospital y regresó al amparo de la noche para cubrir la tumba abierta con tierra.

“Literalmente tuvimos que usar nuestras manos”, relató Kumar. “Este hombre se merecía algo mejor que eso”.