Leí hace poco un magnífico trabajo del periodista y antiguo Editor de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet.

Dice Ramonet que, ante la debacle ocasionada por el virus, ciertos “políticos están prometiendo a sus ciudadanos que, una vez vencida la pandemia, todo se va a enmendar para construir una suerte de ‘sociedad justa’. Proponen un nuevo modelo definitivamente más justo, más ecológico, más feminista, más democrático, más social, menos desigual…  Seguramente, acuciados por la situación, lo piensan sinceramente “. A continuación de esta observación agrega “Es muy poco probable que, una vez vencido el azote, mantengan semejantes propósitos. Sería una auténtica revolución… Y un virus, por perturbador que sea, no sustituye a una revolución…”.

Luego dice que las luchas sociales seguirán siendo indispensables y cita al historiador Neal Ascherson, “el nuevo mundo no surgirá por arte de magia. Habrá que pelear por él”.

Ahora bien, si bien es cierto que ninguna pandemia causa una revolución, no es menos cierto que los cambios en la correlación de las fuerzas partidistas, nódulo central para la continuidad del poder en el sistema capitalista, han desatado una revolución, comenzada desde hace apenas dos décadas en Europa y sólo seis o siete años en Estados Unidos.

Aunque es cierto que la pandemia no va a generar los cambios necesarios, ha puesto al descubierto las enormes fallas del sistema de Estado vigente, está siendo denunciado por las fuerzas progresistas desde hace años. Ese dinamismo está inclinando al votante, especialmente a las nuevas generaciones, hacia los partidos que planten la necesidad de transformar el sistema político y regular la economía.

Las fallas de las estructuras políticas, puestas al descubierto por la pandemia, sumado a las denuncias de que son objeto desde hace casi una década en Estados Unidos de Norteamérica, no sólo hará más conscientes a millones de ciudadanos que claman delirantemente por soluciones que favorezcan a las mayorías, sino que los aglutinará de modo militante en esos partidos de nuevo tipo o servirán para contribuir a su renovación, como está sucediendo con el Partido Demócrata.

Las fuerzas conservadoras intentarán aglutinarse y cambiarán la letra de su discurso con promesas de índole nacional, pero todo el esfuerzo estará orientado para que prevalezcan los mismos procedimientos que caracterizaron al capitalismo salvaje que ha concentrado un 70% de la riqueza del país en manos del uno por ciento, de acuerdo al Boston Consulting Group. O sea, ha escalado del 38.5% en el 2016 a la mencionada aterradora cifra del 70%, en poco más de cuatro años.

Ante estas circunstancias, los abanderados del socialismo democrático, al menos en Estados Unidos, sus pensadores, intelectuales y luchadores sociales, nutrirán sus filas, crecerán y recrudecerán la batalla por la toma del Poder, en pos de transformar el Estado Capitalista en uno democráticamente Socialista, donde la democracia sea cada vez menos tendiente al partidismo, menos electoralistas y más colaborativa.

Es importante ser realistas en estas cuestiones. Las batallas por un cambio real, objetivamente hablando, está teniendo lugar dentro de los partidos políticos, transformados en nuevos instrumentos de batalla por el Poder. Al decir esto no pretendo desconocer el reclamo de los trabajadores de los diferentes sectores, sino puntualizar que esa lucha, en los países altamente desarrollados, no se desarrolla como otrora entre organizaciones de naturaleza proletaria y las representadas por los poderes corporativos y del capital. Esa fase está superada.

Las luchas ahora son fundamentalmente políticas. El Estado moderno no puede ser derrotado, pero la evolución política de la sociedad lo hace conquistable.

En la actualidad, la batalla social hay que desarrollarla dentro de los partidos, o sea, con el propio sistema partidista que hace unos doscientos cincuenta años, fundaran los granjeros y los incipientes comerciantes e industriales en la gesta que independizó una porción del Norte de América del dominio británico, extendiéndose luego al resto del mundo.

El mismo instrumento que ha garantizado, de manera absoluta, la Administración del Estado a favor de los intereses del capital, la industria y la bolsa de valores, en estos instantes es el único modo de traspasar esa Administración a manos de la sociedad. Ese traspaso de poder sólo es posible, desafiando a las fuerzas tradicionales a través de enfrentamientos políticos y sociales. 

Sin afinar convenientemente los triunfos que se han venido obteniendo por estos medios y sin olvidar que una victoria electoral no es una batalla ganada, la transición a un sistema político más humano, mayoritariamente inclusive, sin ínfulas triunfales, ni borrones y cuentas nuevas, sólo puede alcanzarse fundando un Estado socio político, capaz de posibilitar que las puertas de la evolución queden abiertas al futuro.

Sólo un puñado de incrédulos no entienden aún que, en un cuarto de siglo, el funcionamiento de la economía y el sistema político, al ritmo que llevan la tecnología y los descubrimientos científicos, no tendrá parecido alguno con la actualidad y el mercado que hoy conocemos habrá entrado en una fase de transformación, cambiando radicalmente los sistemas de intercambio y el carácter de la inversión.

Pero la sociedad debe estar preparada para estos cambios para que los mismos no entronicen una tecnocracia, en lugar de un sistema político orientado al servicio de todos los sectores sociales existentes en ese entonces. De ahí la necesidad que las nuevas corrientes de pensamiento alcancen la Administración del Estado. Siempre lo digo: la lucha presente es un debate entre la tecnocracia y la democracia social.