En la vida descubrimos compañías que cabalgan junto a uno toda la vida; otras se funden en un luminoso haz de luz y desde ese instante enrumbamos hacia nuestro destino en un mismo corcel.

Es el caso de Miriam Lesnik Álvarez y Max Lesnik. Uno y otro parecían hechos de una sola pieza porque las circunstancias de la vida hubo de cincelarlos sobre un mismo mármol.

Llegada la media noche que dio fin al 16 de junio y comienzo del 17, Miriam dejó de existir. Ninguno de nosotros, los humanos, estamos de acuerdo con la muerte. La aceptamos, pero no la queremos como destino. En la actualidad, con el desarrollo de la ciencia, cada día nos orientamos más para la vida, a pesar que las diversas religiones han insistido en prepararnos para la muerte. No se trata de vivir eternamente, sino tanto como queramos.

En esto Miriam fue ejemplo. Las ineficiencias corporales, muchas de ellas surgidas con el devenir de los años, fueron solucionadas por la medicina y las atenciones médicas elementales. Décadas atrás hubiese sucumbido hace mucho tiempo, dejando de existir cuando no lo quería.

Con un sentido de la realidad pasmoso, su pensamiento se preparó para el final. “Hay que morirse. Es parte de la realidad y nada tiene de malo”, le escuché decir en más de una oportunidad, cuando sus condiciones le indicaban que no tenía más que hacer y había vivido tanto como quería.

Con tranquilidad, sin perder nunca su carácter, ni el hilo de pensamiento, superando los baches ocasionales que, en los últimos días a veces trocaban brevemente en su mente los sucesos del diario vivir, continuó con su sonrisa, sus incisivas preguntas y sus atinados comentarios.

Sabía ser un pedazo enorme de la existencia de Max, su otro Yo en el bregar de una vida llena de luchas en pos de su país. Su brújula, la de ambos, apuntaban a la estrella polar que flota como apacible caimán, en las aguas a la entrada del Golfo de México: Cuba.

Sin aferrarse a ideología alguna, solo con el sentido práctico que demanda el diario quehacer, tenía sensibilidad hacia el desvalido y supo siempre que el conflicto que aqueja a Cuba hace más de sesenta años, era la obra de circunstancias agravadas por las políticas injerencistas de Estados Unidos de América, mezclada a la improvisación obligada de su liderazgo por conservar un poder que aspira a la equidad social de su población.

Toda la existencia fue dedicada a cabalgar en ese corcel conducido por la dualidad misteriosa de un solo jinete en dos personas. Por consiguiente, cuando el corazón dejó de latir, no hubo despedidas. La andadura continuaba en Max, de quien nunca se desprendió porque sabía que ambos eran el mutuo pilar frente a un destino común, el soporte eterno de un único ser.

Esperó para marchar el tiempo necesario, como si hubiera querido que todos nos acostumbrásemos a su partida, a no verla presente en las reuniones y tertulias, ni escuchar sus comentarios puntuales, despojados de encubridores adornos.

En los últimos días, entretuvo su alma con el cariño familiar, cantando en ocasiones con una amistad que los acompañó en casa por casualidades del destino, recordó cosas pasadas, sonrió y asida de la rienda que conduce el brioso corcel del destino que ambos se forjaron, quedó prendida en el alma de Max, sus hijas y nietos y de los tantos que llegamos a deleitarnos con sus apropiadas conversaciones, engarzadas siempre a las realidades circunstanciales de la vida.

Miriam Lesnik Álvarez, se fue sin dejar dolor, solamente un sentimiento de ausencia, un recuerdo apacible. No se siente como esos golpes “en la vida tan fuertes”, que confiesa César Vallejo en sus versos, sino como la sosegada tranquilidad de quien partió, tras el “deber cumplido” que nos hablara Martí.