Mirian, en su sofá preferido de La Alianza Martiana

 

 

Soy el que más recientemente la había conocido. A Mirian Lesnik Álvarez. Hará ocho o nueve años. No más. En las mañanas, cuando ella abría la puerta para entrar a la Alianza Martiana, yo, si no estaba en el cuartico de grabación, desde donde no podía verla, alegre, bien alto, le gritaba:

¡¡¡Míiirian!!! –era mi sincero y juguetón saludo, pues aprecio le había tomado.

Era la esposa –tristemente tengo que usar el verbo ser en pasado—del director de Radio Miami. Según fotos que he visto había sido una mujer preciosa. Provenía familia acomodada del barrio de El Vedad y había sido profesora de ballet y su pensamiento era muy progresista. Entraba a la Alianza y se sentaba en el extremo derecho de su sofá preferido –ese era el puesto de Mirian, sagrado– junto a una diminuta mesita donde dejaba su botellita de agua. Últimamente Max le ponía al frente una silla para que levantara los pies, pues las piernas se le hinchaban. Pero ella siempre decía que estaba bien.  Y recuerdo, no hace mucho,  que ante un comentario de alguien, ella dijo:

—A mí sí que no me vengan con cuentos de La Habana de antes. No me vengan con esos cuentos que a mi casa llegaban infelices con una lata en la  mano para que le echáramos sobras de las comidas. Y eso era casi a diario.

Era dulce, muy tratable, excelente conversadora y, sin dudas, mujer también de carácter, de criterios, peleona si era necesario. Imagino que mucho debió influir en su esposo. A veces Max y yo divergíamos sobre cualquier asunto histórico o teórico y yo notaba que ella, desde su sofá muchas veces, sin intervenir, me daba la razón asintiendo con un movimiento de cabeza cuando me miraba, y después, cuando Max salía rumbo al cuartico de grabación, me decía: “Este Max tiene cada cosa.”

Entre los asistentes habituales al local de la Alianza Martiana decir Mirian era más que decir un nombre de mujer, era como referirse a un título nobiliario. Muchos fueron los personajes que conoció y risueña le encantaba relatar conversaciones con Fidel, las que con sumo agrado gustaba repetir. De intermediaria, lidiaba con problemas financieros de la Alianza pues a Max, decía, los papeles se le perdían.

Le tomé, como dije, gran aprecio, y con ella conversaba sobre cualquier asunto y cuando a almorzar me disponía a abandonar el local, hubiese o no hubiese allí algún tipo de tranquila discusión, ya en la puerta –su sofá estaba junto a la entrada— jugando siempre le decía: “Mirian, mire cómo está hoy de alterada la muchachada (el más jovencito tendría sesenta y pico de años), contrólelos que yo tengo que irme. Y ella gozosa sonreía.

Pero es inevitable, para todos un día el corazón empieza a renunciar, el cerebro quizás no se apaga en un principio, pero los pulmones enmudecen y dejan de aspirar vida.

Soy torpe dando pésames. Y a Max, en nombre de toda su familia, solo puedo articularle, pero de corazón: “Se nos fue Mirian, Max.”

Le habló al director de Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.