Tumbar estatuas en Estados Unidos o Europa, en cualquier parte es una  manifestación de canibalismo cultural

 

La cultura es la huella de la humanidad en su andar por la tierra. De
la mayor parte de ella no existe testimonio escrito, lo cual forma un
vacío de millones de años. La carencia fue resuelta con la invención
de la escritura que posibilitó la historia escrita, la literatura y el
arte que, entre sus expresiones incluyó la escultura, realizada en
piedra y metal; su expresión más cabal son las estatuas.

El origen de la escultura se pierde en la noche de los tiempos y
aunque, originalmente formó parte de ritos mágicos y religiosos, así
como arreglos funerarios, luego se le utilizó como medio para
reverenciar, homenajear y promover valores. Entre estas últimas no
puedo dejar de mencionar la Piedad de Miguel Ángel y la Estatua de la
Libertad. Entre los hombres inmortalizados en mármol o bronce
prevalecen militares, santos, políticos, monarcas y algunos sabios y
como estilo el realismo.

Como ocurre con todas las expresiones de la cultura, el dinero y el
poder introdujeron dosis de envilecimiento de la escultura, lo cual
explica la sobrerrepresentación de emperadores, monarcas, faraones,
papas, conquistadores, gobernantes y líderes religiosos, llegándose al
punto de convertir a figuras históricas como Jesucristo, Mahoma y Buda
en deidades.

Fuera de ellos, probablemente el humano más esculpido sea Lenin con un
estimado de 10.000 estatuas y un incalculable número de bustos y
retratos en piedra y metal que formaron parte de un colosal esfuerzo
propagandístico. Debido al colapso soviético, por el líder bolchevique
comenzó una orgia contra las estatuas que ahora trasciende cualquier
motivación ideológica o política, asumiendo expresiones de rudo
vandalismo.

Lo que ocurre con los actos vandálicos contra las estatuas en los
Estados Unidos y en Europa, no es una aplicación extemporánea de la
justicia, ni siquiera un ajuste de cuentas diferido, sino una
manifestación de canibalismo cultural que camuflada con argumentos
ideológicos da rienda suelta a sentimientos primitivos y extremismos.

En cualquier caso, es preciso contextualizar los hechos. No parece
anómalo que existan estatuas de Hernán Cortés en Medellín, donde nació
o en cualquier parte de España, lo extraño sería que se levantaran en
México, Cuba o Santo Domingo. No tendría reparos respecto a que las
del rey Leopoldo II de Bélgica, adornen a Bruselas, aunque sería
ofensivo que se erigieran en el Congo.

Cada país o comunidad tiene derecho a evaluar su herencia cultural y
disponer al respecto sobre la base de prácticas institucionales y
leyes decididas de acuerdo a las reglas del estado de derecho. Lo que
carece de sentido es cohonestar la acción de turbas que, con
irracionalidad incivil, al arbitrio de su ira cargan contra el
patrimonio cultural.

Tomarse la justicia por su mano, nunca ha sido una buena idea, menos
aun cuando se trata de procesos históricos y de avales culturales.
Allá nos vemos.