El auge de los conocimientos y las facilidades creadas por las nuevas
tecnologías de la información, han posibilitado que alrededor de la
COVID-19 se elaboren una enorme variedad de tesis. Entre tantas, me
parece errada la que sostiene la pandemia posee potencial para
descartar la globalización y hacer que la humanidad regrese a las
“soluciones nacionales”.

El error consiste en asumir la globalización como un hecho corriente
cuando se trata de un peldaño en los procesos civilizatorios, como un
día lo fueron la creación del mercado mundial de bienes, fuerza de
trabajo, tecnologías y dinero, generado por la imbricación de las
economías de Europa, el Nuevo Mundo y África, la Revolución Industrial
y el advenimiento del capitalismo y la democracia.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta el mundo global es una
arquitectura en desarrollo que si bien no estará completa hasta tanto
haya una cierta nivelación entre países y regiones, puede convivir con
grandes asimetrías. Para que sus ciudadanos sean razonablemente
felices, Nigeria no necesita alcanzar el nivel de Gran Bretaña.

Se trata de procesos que han soportado las deformaciones entronizadas
por el neoliberalismo y cuyo avance ha sido favorecido o frenado por
hechos puntuales, y por el desempeño de líderes que ocupan roles
decisivos. La sensatez de Deng Xiaoping quien arrojó el lastre
remanente de la era soviética impulsando el progreso de China que es
una de las fuerzas impulsoras de la globalización.

En sentido contrario, la revisión del papel de los Estados Unidos
realizada por el presidente Donald Trump, son evidencias de que el más
importante cometido histórico de la actualidad, todavía corre
peligros.

La base de la globalización y sus resultados tangibles, no son
quimeras ni acciones imperiales, sino procesos económicos,
tecnológicos y culturales que, irradiando desde los grandes centros de
poder y de desarrollo, han creado interrelaciones y encadenamientos de
todo tipo cuya racionalidad intrínseca favorece las transferencias
tecnológicas y los intercambios que coadyuvan a la unidad del mundo y
también a su interdependencia.

La globalización beneficia tanto a las economías subdesarrolladas, a
los países emergentes y a los centros de poder, lo cual conduce
espontáneamente a un consenso mundial. De alguna manera se perciben
mutaciones que modifican las actitudes imperiales que en el pasado
caracterizaron la relación de los grandes centros de poder con el
resto del mundo. Son notorias, tanto la influencia positiva de China
como la retranca de los Estados Unidos, gobernados por Trump.

Sin provocar mayores tensiones políticas, de modo indoloro, China cuya
relación con América Latina es cada vez más intensa, está participando
en la refundación de Africa, estimulando demás el progreso de,
prácticamente todas las economías emergentes.

No caben dudas que eventos negativos de la trascendencia de la
COVID-19 y el revisionismo de Trump, si bien pueden retrasar algunos
procesos, carecen de potencial para detener la globalización en su
conjunto. Creer que ello ocurrirá es tan errado como hubiera sido
frenar la Revolución Industrial o pretender “desinstalar” el
capitalismo cosa que hizo a la Unión Soviética y a los países del
socialismo real perder la mejor oportunidad que tuvo el socialismo de
avanzar a escala global. Allá nos vemos.