Eduardo Chibás proclamó la necesidad de sanear el país y esgrimió como arma simbólica la escoba, que habría de barrer a los ladrones del gobierno. foto: archivo de granma
Eduardo Chibás proclamó la necesidad de sanear el país y esgrimió como arma simbólica la escoba, que habría de barrer a los ladrones del gobierno. Foto: Archivo de Granma

Recordamos a Eduardo R. Chibás (Santiago de Cuba, 26 de agosto de 1907 – La Habana, 16 de agosto de 1951) como un fiel exponente de las reservas morales de nuestro país, que en todos los tiempos produjo líderes capaces de encabezar cada una de las etapas de la lucha.

Precisamente en este mes rendimos homenaje al dirigente político que asumió con dignidad su papel en la lucha contra el tirano Gerardo Machado y la denuncia de la corrupción en la Cuba prerrevolucionaria.

Su elocuente oratoria denunció certeramente la explotación de nuestras riquezas por los monopolios imperialistas, y acusó desde los primeros momentos a Fulgencio Batista como agente del imperialismo norteamericano.

Chibás y la ortodoxia fueron un refugio de dignidad y patriotismo, en una etapa caracterizada por el desaliento y la confusión de nuestro pueblo. Él levantó un asidero de la esperanza cuando a las frustraciones anteriores se sumaban las desvergüenzas de los llamados gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, que sumieron al país en una orgía de robo, gangsterismo y corrupción sin límites.

Eduardo Chibás comenzó su batallar político en las aulas universitarias. En 1927 participó, en unión de otros dirigentes estudiantiles, en la organización del Directorio Estudiantil, el cual se opuso a la prórroga impuesta por el tirano Machado. Sufrió prisión en 1929 y 1931. En los años que siguieron a la caída del régimen Grau-Guiteras, combatió activamente al gobierno reaccionario instalado bajo el mayorazgo de Batista.

Fue delegado a la Asamblea Constituyente en 1940. Después de militar algunos años en las filas del autenticismo, Chibás rompió violentamente, en 1947, con el régimen entreguista y corrompido de Grau y anuncio la formación de un nuevo partido: el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), desde el cual libró una campaña de denuncia y desenmascaramiento de los turbios manejos realizados por los politiqueros del gobierno de turno y los monopolios yanquis.

Chibás fustigó las inmoralidades administrativas, el robo permanente del tesoro público y la extorsión descarada de los monopolios norteamericanos como el eléctrico y el telefónico. Proclamó la necesidad de sanear el país y esgrimió como arma simbólica la escoba, que habría de barrer a los ladrones del gobierno. Su lema «vergüenza contra dinero» halló eco entre las grandes masas populares. También libró una ferviente campaña a favor de la soberanía de Puerto Rico.

Puso en la picota, desde la tribuna y por su escuchada trinchera radial de todos los domingos, a los grandes depredadores del poder, que hundían a la Isla en la miseria, el hambre y las enfermedades.

Finalmente, el domingo 5 de agosto de 1951, ante los micrófonos de la emisora radial cmq, mientras dirigía una alocución contra la política deshonesta del presidente Prío, Eduardo Chibás, expresó: ¡Pueblo de Cuba, levántate y anda! ¡Pueblo cubano, despierta! ¡Este es mi último aldabonazo! Y acto seguido se disparó un tiro, de cuya herida murió el 16 de agosto. Su entierro fue la mayor manifestación de duelo popular registrada hasta entonces en el país. El pueblo lloró su muerte, de un extremo a otro de Cuba, y dio rienda suelta a su amargura y a su desesperanza.

Desaparecido Chibás, las disputas y pugnas intestinas provocadas por las ambiciones de politiqueros y oportunistas, que integraban parte de su dirigencia, condujeron a este movimiento de los Ortodoxos a una crisis insalvable.

Sus seguidores quedaron como un ejército sin jefe, precisamente cuando se cernía sobre Cuba la sangrienta etapa de la tiranía batistiana, iniciada el 10 de marzo de 1952.

Sin embargo, la prédica de Chibás no fue en vano. De las masas juveniles, que formaron el semillero de aquel gran movimiento cívico, de lo más puro de sus filas, salieron muchos de los combatientes que en el Moncada, en el Granma, en la Sierra y en la clandestinidad, bajo la guía revolucionaria de Fidel, abrieron con su sangre y con su esfuerzo el camino de una revolución verdadera y la definitiva independencia de la Patria.