El slogan de Donald Trump: “hacer América grande de Nuevo”, se ha convertido en todo lo contrario. En realidad, el Producto Interno Bruto de Estados Unidos, el indicador que mide la producción de bienes y servicios y ofrece una visión real del comportamiento económico, se ha reducido 34.3 % en el segundo trimestre del año. Las altas que observamos a partir de marzo, no pueden tomarse como referencia de recuperación porque la cifra comparativa refleja una anomalía que comenzó a partir de la pandemia. Mientras el Producto Interno Bruto no supere esa cifra, el significado real es que la economía está en crisis. Es natural que, en ocasiones, fluctúen algunos puntos por encima, pero mientras la tendencia al alta no sea estable, no podemos considerar que hemos entrado en un proceso de recuperación.

Para paliar la crisis agravada por la COVID-19, la Reserva Federal compró activos en forma de “valores financieros” por un monto de 500 mil millones de dólares y 200 mil millones en hipotecas garantizadas por el gobierno. Esas enormes sumas, más los tres millones de millones invertidos en ayudas domésticas, a los grandes negocios (que se llevaron la mascada mayor) y a las pequeñas empresas, han sido dirigidas a contener el pánico ante la parálisis forzada con la aparición del virus.

No obstante, las políticas de aislamiento requeridas, no han estado a la altura de la situación, con el objetivo de cumplir hipócritamente con los imaginarios “valores de libertad, democracia” y categorías similares, todos ellos invenciones de la fantasía humana para asegurar los poderes públicos. Estos criterios han sido asumidos como verdades absolutas por una población que durante toda su existencia ha estado físicamente alejada de los conflictos internacionales y no ha experimentado los agudos golpes sufridos por el resto de las poblaciones del mundo, entre ellas la Europa occidental, lo cual le ha permitido disfrutar de ciertas permisividades, causantes en gran medida de las desigualdades rampantes que hoy vivimos.

Estos desembolsos no se han hecho por razones de caridad ni por un criterio social, sino porque la economía se ha debilitado. Si el país tuviese una economía sólida la población no habría recibido ayuda de ningún tipo, y en el 2008 el Estado no hubiera realizado las millonarias compras en inversión de activos que caracterizaron ese año. De más está señalar que, tampoco se preocuparía en la actualidad por aprobar legislaciones que protejan del desalojo a los inquilinos desamparados, ni asegurar que todo ciudadano reciba, al menos por unos meses un mínimo de recursos monetarios para afrontar sus necesidades.

Los grandes negocios “aborrecen” al Estado, pero recurren a él, cuando sus bolsillos son amenazados. El Estado es malo cuando procura el bienestar social y aumenta los impuestos de sus ganancias millonarias para cubrir esos costos. Sin embargo, es idóneo cuando se pone a su servicio para salvar sus riquezas.

Obviamente las medidas actuales no son ni remotamente comparables a las tomadas por el Estado durante la Gran Recesión, iniciada en los últimos meses del año 2007, durante la cual el estado realizó inversiones en activos billonarios (en la acepción española del término), comprando, entre otros, el 60% de las acciones de la General Motors para evitar el desplome de la industria automotor. Entonces también, la Administración “repartió” dinero entre la población para mantener niveles mínimos de circulante que permitiese a las industrias básicas la presencia de un mercado donde realizar sus ofertas.

Ahora bien, la bolsa es una ruleta que se mueve entre la codicia y el miedo. No es un indicador que permita apreciar con objetividad la marcha de la economía. En este caso, como en otros, los jugadores se volcaron a comprar acciones de ciertas compañías tecnológicas que auguran un buen desenvolvimiento futuro, ante la caída vertiginosa de los bonos de Estado y otros valores que perdieron interés ante el futuro desconocido que nos depara. Los bonos son generalmente las compras más seguras, excepto que disminuyan en precio y reduzcan sus intereses, como ha ocurrido en este caso. Los factores de apuestas han determinado esa aparente “recuperación” de Wall Street, facilitando que un pequeño número de empresas se han transformado de millonarias de miles de millones en billonarias de billones. En tanto eso sucede los salarios se pierden o se reducen drásticamente.

Previo a la existencia de la Bolsa de Valores, se crearon una serie de sociedades colectivas con la participación de capitales en empresas internacionales, con motivo del descubrimiento de América y de las aventuras europeas por las regiones del Asia, las cuales requerían mucho dinero para llevarse a cabo. Poco tiempo después de iniciado estos procedimientos, en el año 1602 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, emitió por primera vez un documento de propiedad para aquellos inversionistas que les posibilitó intercambiarlos con dueños de otras empresas o vender el porcentaje de su participación en cualquiera de ellas. Después de aquello lo demás es historia.

No pasó mucho tiempo sin que surgieran los seguros, los cuales se dividieron en diversos tipos. Luego aparecieron otros géneros de acciones que aseguraban el precio de acciones intangibles. Se trataba en este caso de “instrumentos financieros” no productivos, cuyo rendimiento futuro recibe apuestas, en ocasiones desaforadamente, como ocurrió en los meses previos a la Gran Recesión (2007-2008). Así como inventamos códigos de conducta y derechos naturales que la evolución niega, la codicia inauguró la era de los derivados, fondos marginales y otros.

La relación que existe entre el volumen de venta de las acciones financieras con la economía real, en la realidad no ha pasado de ser un débil enlace, algo inexistente o simplemente una coincidencia arbitraria.

Ante el enlentecimiento de la economía como consecuencia del encierro ocasionado por la pandemia, los vaivenes de la Bolsa, específicamente cuando está en alza, sólo sirven para que las administraciones del gobierno la nombren como símbolo de su buena gestión. Al propio tiempo sirve a los grandes capitales, cuyos impuestos han sido rebajados prácticamente a cero, y a algunos más pequeños que viven de ilusiones. Es precisamente dentro de este sector donde se concentra el baluarte de alabarderos, que defienden la gestión de un caudillo como Donald Trump quien, en menos de cuatro años, ha logrado desequilibrar alianzas que, a lo largo de más de cien, ayudaron a elevar el país a la categoría de nuevo imperio. Su errática gestión lo ha convertido a Estados Unidos de América, para bien o para mal, en el irrespeto y hazmerreír de las grandes cancillerías del planeta.