No se necesita ser una autoridad en el estudio de los comportamientos
humanos en situaciones extremas para percibir que una criatura
inflexible, vanidosa y egocéntrica como Donald Trump, puede ser
también decididamente hipocondriaco y temeroso ante fenómenos que lo
dañan, escapan a su control y frente a los cuales el dinero y el poder
son impotentes.

A ello se añade que la enfermedad no es su único problema. Puede
perder la reelección en cuyo caso, como ciudadano, tendría que
enfrentar situaciones judiciales inéditas.

Según trascendidos, más o menos especulativos y con base a
declaraciones de altos cargos, debido al cúmulo de denuncias y
presunciones, en caso de perder la elección presidencial, Donald Trump
pudiera ser llevado ante los tribunales, entre otras cosas, por
evasión de impuestos o fraude fiscal y, en caso de ser hallado
culpable, ser condenado como manda la ley. Los fantasmas de la trama
rusa, no dejan de rondar.

Aunque respecto a la justicia ordinaria y los delitos comunes, la
inmunidad del presidente de los Estados Unidos es total, no ocurre lo
mismo con los ex presidentes. Si bien, mientras desempeñe el cargo, el
mandatario no puede ser arrestado, juzgado, condenado ni siquiera
citado para comparecer ante un tribunal o Gran Jurado, ese blindaje
desaparece al poner un pie fuera de la Casa Blanca.

Entre las especulaciones del momento figura la posibilidad de que el
presidente renuncie a ser candidato y de oportunidad al Comité
Nacional Republicano, cabeza del partido, para designar a un nuevo
aspirante que pudiera ser el vicepresidente Mike Pence. Otro escenario
es que dimita como presidente, ante lo cual Mike Pence asumiría el
mando y, según se cree, pudiera hacer como Gerald Ford que, en 1974
exoneró al dimitente Richard Nixon de toda responsabilidad por el
escándalo Watergate, una controvertida decisión que lo persiguió toda
la vida.

Algunos especialistas consideran que tal cosa no sería posible porque
el presidente Donald Trump no está formalmente imputado de cargo
alguno ni forma parte de una trama política como la de Watergate, por
lo cual la exoneración no procede, aunque tal vez podría encontrarse
algún tecnicismo que la haga posible.

En cualquier caso, los malestares y los riesgos de la agresiva
enfermedad que padece se multiplican por tensiones y preocupaciones de
carácter político y jurídico que no favorecen la recuperación que, en
el mejor de los casos, tomará semanas y requerirá cuidados
difícilmente compatibles con los rigores de una intensa campaña
electoral que es simultánea con el ejercicio de sus deberes
presidenciales.

La enfermedad del presidente es un hecho corroborado por él mismo, que
ha requerido hospitalización, aislamiento y medicación y que avanza
dejando atrás una impresionante zaga de 35 millones de infectados y
más de un millón de muertos, doscientos mil de los cuales son
estadounidenses como Trump, quien deberá asumir la adversidad, deponer
orgullo y aplazar metas para tratar de recuperarse. La edad, los
antecedentes médicos y las enormes tensiones bajo las cuales vive no
le favorecen. Suerte. Allá nos vemos.