El apartheid no nació en Sudáfrica, sino en el sur de los Estados Unidos donde se acuñó la doctrina “Iguales, aunque separados” que en días aciagos fue endosada por la Corte Suprema.

Aunque la esclavitud existía desde 1619, el texto original de la Constitución de los Estados Unidos adoptada 171 años después, cuando el país contaba con 3.929.214 habitantes, de los cuales, 694.228 eran esclavos, la omitió.

Mientras a partir de 1820 con el Compromiso de Missouri y en 1854 con la Ley Kansas-Nebraska el Congreso registró avances en la lucha contra la esclavitud y, concluida la Guerra Civil, se introdujeron las enmiendas 13º que abolió la esclavitud, la 14º estableciendo la protección igualitaria y la ciudadanía por nacimiento y la 15º que concedió el voto a los negros. Marchando en otra dirección el Tribunal Supremo acumuló un récord racista.

Terminada la Guerra Civil, aunque la esclavitud había sido abolida, las legislaturas de los estados sureños adoptaron las leyes racistas que ampararon la segregación racial mediante el criterio de “iguales, aunque separados”, lo cual (en teoría) significaba que blancos y negros tenían los mismos derechos, aunque los ejercían por separado.

En 1857, mediante la sentencia Dred Scott contra Sandford, la Corte Suprema consagró el oprobio al establecer que: “Cualquier persona descendiente de africanos, ya sea esclava o libre, no es ciudadana de los Estados Unidos…”. Esa concepción fue reafirmada una y otra vez durante casi un siglo.

En 1890 en Plessy contra Ferguson, se juzgó al afroamericano libre Homer Plessy quien abordó un vagón destinado a blancos. Al negarse a cumplir la orden de trasladarse al coche de la “gente de color”, fue arrestado y encarcelado. El Supremo decidió mantener la separación de las razas como política pública. De ese modo, la segregación racial fue protegida por la ley federal.

Ese estado de cosas estuvo vigente durante casi 100 años hasta que, en 1954, de modo unánime, la Corte Suprema dictó la sentencia Brown contra la Junta de Educación, la cual determinó que las leyes estatales (léase sureñas) que amparaban escuelas separadas para estudiantes blancos y negros negaban la igualdad de oportunidades educativas.

Según contó Linda Brown: “Todo comenzó en un agradable día de 1950, en Kansas, cuando de la mano de su padre caminó hasta la escuela de blancos donde se negaron a inscribirme…” Así se inició una demanda colectiva peleada por el abogado negro Thurgood Marshall, quien en 1967 se convirtió en el primer magistrado de color el Tribunal Supremo.

De ese modo, no solo la segregación racial escolar se convirtió en ilegal, sino que la doctrina de «segregados pero iguales» fue dinamitada. No obstante, la segregación persistió hasta que mediante la lucha por los derechos civiles encabezada por Martin Luther King y asumida por la gestión de los presidentes Kennedy y Johnson, en los años sesenta, fue abolida.

Luego les contaré de cuando, promovido por Franklin D. Roosevelt, un integrante del Ku Klux Klan se convirtió en juez del Tribunal Supremo. Allá nos vemos.