Aunque con casi un siglo de diferencia, existen muchas similitudes entre el mafioso Al Capone y el presidente de Estados Unidos Donald Trump. 

Al Capone fue uno de los mayores gangster de la historia reciente de Estados Unidos quien además no se recataba en alardear de su fastuoso tren de vida: era dueño de un palacio en Florida y derrochaba miles de dólares semanales reuniendo a sus aduladores en banquetes; se paseaba en limusinas de dieciséis cilindros; dormía con pijamas de seda super caros para la época, y encargaba de golpe a su sastre quince trajes a cuadros, a casi ciento cincuenta dólares cada uno, en cuyos pantalones lucía cinturones con hebillas de diamantes. 

A Trump, su sobrina, Mary Trump en su reciente libro, “Demasiado y nunca suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo”, lo describe envuelto en una serie de traiciones, avaricias, intrigas y acciones deshonestas, lo que lo ayudó a conformar las “conductas retorcidas y perversas”. Le gusta sobresalir por encima de cualquiera; hace ostentación de su riqueza y no admite que nadie se le interponga. 

Al Capone se sentía el “todopoderoso”, fue el creador, dueño y señor del “Sindicato del Crimen”, mientras Trump se cree el amo de todo el mundo a quien le puede imponer y dictar sus mandamientos. Mediante presión y miedo, al igual que Capone, trata de controlar a quienes se les interpongan en el camino.  

Si sobre la cabeza del mafioso de principios del siglo XX pesaban indirectamente más de 300 asesinatos, sobre el actual presidente de la Casa Blanca suman más de 210 000 fallecidos, en su mayoría latinos y afrodescendientes, por la desidia de no actuar contra la propagación del nuevo coronavirus de la Covid 19 en el país.  

Al Capone se adueñó prácticamente del control de toda la ciudad de Chicago, mientras que Trump se quiere adueñar de todo el planeta.

Las autoridades de la época, al no poder comprobarle a Capone los asesinatos y fechorías gansteriles, optaron por buscar otros caminos y lo encontraron en sus evasiones en los pagos del impuesto.    

A un agente especial le asignaron la tarea de indagar sobre el asunto, quien tras varios años de investigación encontró datos acusadores contra el delincuente, en libros incautados en un registro tras el asesinato del procurador auxiliar del Estado, William McSwiggin, en 1926. 

Eran anotaciones de un gran negocio con entradas de ingresos de hasta 30 000 dólares diarios; los beneficios netos en sólo dieciocho meses excedían medio millón de dólares. 

Se calcula que en esa época su fortuna ascendía a 100 millones de dólares. Detenido por evasión de impuestos, fue condenado en 1931 a once años de prisión y enviado a la cárcel de Atlanta y en 1934 a la de Alcartraz.

Por problemas de enfermedad fue liberado en 1939 y se refugió en su mansión de Miami Beach, Florida, donde murió en 1947. 

En cuanto a Trump, el diario The New York Times tras una pormenorizada investigación, descubrió que el magnate no pagó impuestos fiscales en los años del 2010 al 2 014, a pesar que en 2015 recorría el país en campaña presidencial aduciendo que sería el mejor candidato porque era “realmente rico” y había “construido una gran empresa”.

Se conoció que los ingresos netos de Trump por su fama (50 % El aprendiz, junto con las riquezas que le entregan quienes pagan por usar su nombre) dieron un total de 427,4 millones en 2018. Además percibió otros 176,5 millones en ganancias por sus inversiones en dos edificios de oficinas muy exitosos.

En 2016 y 2017 solo pagó 750 dólares al fisco, cifra increíblemente ridícula cuando profesionales y hasta obreros calificados pagan mucho más cada año. 

Mediante una serie de artimañas, Trump ha logrado que su abundante fortuna, calculada por la Revista Forbes en más de 2 500 millones de dólares, se haya escapado de casi todos los impuestos. Incluso la tasa de impuestos efectiva que paga el uno por ciento más adinerado de los estadounidenses le habría costado más de 100 millones.

Los analistas indican que esto se le ha facilitado por su “inteligencia” para mentir y para cometer fraude: negocios que posee y opera él mismo. Las pérdidas colectivas y persistentes que reporta de ellos en gran parte lo absolvió de pagar los ingresos federales sobre la renta de los 600 millones ganados con El aprendiz, las inversiones y los acuerdos de licencia.

Además usa las ganancias de su celebridad para comprar y establecer negocios arriesgados y después apalancar sus “pérdidas” para evadir impuestos.

Son excesivos los delitos cometidos por el magnate para evadir los impuestos fiscales y aumentar desmesuradamente su fortuna.

En todos los aspectos, Al Capone resulta un niño en pañales, al lado de lo que ha hecho el presidente estadounidense. ¿Habrá entonces quien lo condene en esa descolorida “democracia”.