La separación de poderes debería incluir al cuerpo médico.

Donald Trump no es el primer presidente de Estados Unidos en
enfermarse. En su segundo año de gobierno, George Washington presentó
un tumor inguinal grande y doloroso que requirió cirugía. Después
padeció influenza y neumonía, lo cual dañó sus sentidos de la vista y
el oído. Tampoco es el único que ha escamoteado la información acerca
de su salud, antes lo hicieron, entre otros, Woodrow Wilson y Dwight
Eisenhower.

De lo presidentes de Estados Unidos que se enfermaron durante el
ejercicio de sus cargos, cuatro de ellos murieron: William Harrison
(1841) por neumonía, Zachary Taylor (1850), debido a gastroenteritis,
Warren Harding (1923) infarto cardiaco, Franklin D. Roosevelt (1945)
hemorragia cerebral. Los casos más dramáticos y prolongados fueron los
de Woodrow Wilson y los 80 días de agonía de James Garfield.

Cuatro mandatarios fueron asesinados, Lincoln en 1865 quien recibió un
disparo en el teatro Ford de Washington. Fue atendido en el mismo
palco por Charles A. Leale, un joven médico de 23 años, graduado seis
semanas antes. El herido fue trasladado a una vivienda aledaña donde
murió al amanecer sin haber recuperado el conocimiento.

En 1881 cuatro meses después de tomar posesión, acompañado por su
familia y sin escolta, el presidente James Garfield ingresó a la
estación de trenes de Washington donde fue baleado por Charles Guiteau
quien le realizó dos disparos, ninguno mortal pero que plantearon
problemas que la medicina de entonces no pudo resolver.

Uno de los proyectiles se alojó en la espalda, sin que los médicos
pudieran ubicarlo ni extraerlo. Tras cruentos procederes, fue llamado
Alexander Graham Bell inventor del teléfono, que no era médico sino
ingeniero quien utilizando un artefacto detector de metales intentó,
también infructuosamente encontrar la bala. Tratado con compuestos a
base de quinina, mercurio, y sorbos de brandy, tras 80 días de intensa
agonía, Harding falleció a causa de septicemia.

El 6 de septiembre de 1901 William McKinley, fue tiroteado en la
Exposición Panamericana de Búfalo. El agresor realizó dos disparos,
uno lo rozó levemente y el otro penetró en su abdomen y nunca fue
encontrado. Murió una semana después de gangrena.

Por su parte, John F. Kennedy, falleció instantáneamente al recibir
los disparos. Su muerte tuvo mayores repercusiones debido al
desarrollo de la televisión que permitió al pueblo ser testigos del
crimen.

En 1919, en París, a donde asistió para la firma del tratado de
Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson
contrajo la Gripe Española. La opinión pública fue engañada al
informarle que se trataba de un resfriado. Meses después sufrió un
evento cerebrovascular que lo dejó parcialmente incapacitado hasta el
final de su mandato en 1921.

Con dos años en la presidencia, en 1955, Dwight Eisenhower sufrió un
grave ataque al corazón. La Casa Blanca informó que había presentado
“…Un problema digestivo durante la noche”. En 1956, le fue
diagnosticada la enfermedad de Crohn de la cual fue operado. En
noviembre de 1957, sufrió un derrame cerebral que lo dejó
temporalmente incapacitado para hablar o para mover su mano izquierda
durante un año. Contra todos los consejos se postuló para un segundo
mandato y gobernó hasta 1961.

La salud de Ronald Reagan se resintió considerablemente después que
en 1981 fue baleado en un intento de asesinato que le perforó un
pulmón.  En 1985 fue operado por varios pólipos cancerosos en el
intestino y en 1987, se le extrajo tejido maligno de la nariz.

Con razón la salud del presidente de los Estados Unidos es considerada
un asunto de seguridad nacional. Donald Trump parece haber faltado a
la clase donde fue explicado. Alguien debía advertirle que mentir
sobre impuestos es menos peligroso que hacerlo sobre el Nuevo
Coronavirus. Allá nos vemos.