Una de dos: El presidente Donald Trump nunca tuvo coronavirus o no
está restablecido. Ambas situaciones no pueden ser verdad. Al
descartar que el mandatario haya mentido sobre su enfermedad, lo cual
implicaría a autoridades médicas que difícilmente se prestarían a la
farsa, es preciso asumir que estamos en presencia de un ejercicio de
manipulación política.

Al respecto sobresalen varias evidencias: el coronavirus es altamente
contagioso y letal, lo cual se corrobora con casi un millón de
muertes, nadie sana en tres días y los afectados necesitan
restablecerse para recuperar su capacidad de trabajo, suelen padecer
secuelas prolongadas y en muchos casos, graves. En el hospital Walter
Reed, hay médicos, no magos y Donald Trump no es un super humano.

El hecho de que la enfermedad se incube durante varios días y que los
infestados puedan ser asintomáticos, aumenta la peligrosidad porque,
aunque no la padezca, las personas transmiten el virus. De hecho, los
actores más peligrosos de este drama son precisamente los
asintomáticos.

En todos los casos, excepto en el de Donald Trump, los enfermos se
recluyen y sus contactos previos, y los contactos de los contactos, se
aíslan e investigan. En algunos protocolos, cuando los pacientes
cuentan con condiciones para aislarse en su hogar y recibir asistencia
médica, se permite el regreso al domicilio, lo cual no significa que
estén de “alta”.

Esto es lo que parece haber ocurrido con Trump, con la particularidad
de que el caballero, vive y trabaja en el 1600 de la Avenida
Pensilvania, es decir en la Casa Blanca de Washington, donde comparte
labores con otras 400 personas.

Según la narrativa oficial, Hope Hicks, asesora presidencial, pudo
haber sido la “paciente cero” de la Casa Blanca que adquirió el virus
de la COVID-19, infectó a Trump que, a su vez, puede haberlo propagado
entre los asistentes a un acto en los jardines de la Casa Blanca el 26
de septiembre, en el cual no se observaron las normas de
distanciamiento social y uso de mascarillas.

Más tarde el martes 29, el Presidente, varios miembros de su familia y
alrededor de veinte altos funcionarios de su administración, algunos
de los cuales estuvieron en el evento del jardín, viajaron a Cleveland
en el Air Force One, sin apenas adoptar precauciones. Debido a la
notoriedad de las personas involucradas en ambos eventos, todas
extensamente relacionadas, en alrededor de una semana, calculando diez
contactos por cada uno, además de sus familias, la cadena de contagios
puede haberse acercado al millar de personas.

La potencialidad de los contagiados para contaminar y transmitir la
enfermedad alude al aire que respiran, los objetos que utilizan y las
superficies que tocan, los autos y teléfonos móviles que utilizan, los
bolígrafos con que escriben y los objetos que tocan, los cuales se
convierten en fuente de contagio. Esto ocurre, incluso después de
haber recibido altas médicas.

De existir rigor epidemiológico no solo el presidente Donald Trump,
todos los contactos y los contactos de los contactos, por su propia
seguridad y la seguridad de los Estados Unidos, debieron haber sido
aislados y la Casa Blanca fumigada. Están a tiempo. Allá nos vemos.