Imagen: José Martí, Libertador de Cuba y poeta. 

La fecha bautismal de la nación cubana fue —y continúa marcando su camino— el 10 de octubre de 1868. Ese día Carlos Manuel de Céspedes, cuya imagen se perpetuaría como Padre de la Patria, encabezó el inicio de su primera guerra de independencia, y el gesto no se limitó a esa acción.

José Martí, su gran continuador, y cuyo pensamiento es guía permanente del pueblo cubano, al valorar (en “Céspedes y Agramonte”, semblanza publicada el 10 de octubre de 1888) el pronunciamiento independentista del iniciador, diría que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”. De esa manera sintetizó Martí la contribución del fundador a la fusión incesante con que hechos y pensamiento permanecerían unidos en los afanes cubanos de soberanía política y justicia social.

Con el ímpetu del alzamiento del 10 de octubre, entre el 18 y el 20 siguiente la ciudad de Bayamo fue tomada por las tropas rebeldes, y el 20 se escuchó allí por primera vez, ya con letra, el himno cuya música, homenaje a La marsellesa, había sido interpretada antes de la contienda en una celebración religiosa en la iglesia de la ciudad. El estallido de la gesta emancipadora le dio plenamente a La bayamesa el profundo carácter patriótico y beligerante con que se había concebido.

Obra de Perucho Figueredo —seguidor de Céspedes, y uno de los más destacados miembros del naciente Ejército Libertador—, se arraigó en la conciencia cubana hasta convertirse en el Himno Nacional. Junto con la bandera y el escudo de la nación, sería uno de los símbolos mayores de la patria a lo largo de sus luchas. Así continúan vivos los tres.

El 22 de agosto de 1980 el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros de la República de Cuba rindió especial tributo de evocación al estreno, en combate, de la letra del Himno con su música: se escogió el 20 de octubre para celebrar el Día de la Cultura Cubana, con una jornada conmemorativa que se inicia el 10 de ese mes, en homenaje al auroral levantamiento de 1868 y a la historia que este desencadenó.

Se reconoce así el papel que las luchas emancipadoras han tenido en la historia de Cuba y en la formación de su cultura, entendida no solo en lo que gremialmente suele denominarse con ese término. Sin menoscabo del valor que tiene y el respeto que merece el tesoro artístico y literario de la nación, el reconocimiento de la amplitud de su acervo abarca el conjunto de sus valores, conocimientos, tradiciones y principios emancipadores, base de la riqueza espiritual del pueblo.

Al celebrarse cada año el Día de la Cultura Cubana, se honra esa amplitud, indispensable para entender a fondo el ideal martiano de que “Ser culto es el único modo de ser libre”, estampado en su artículo “Maestros ambulantes”, de 1884. Realizar ese ideal, asumirlo con lealtad y resolución plenas, ha sido brújula para la etapa revolucionaria que alcanzó la victoria en Cuba al rayar 1959.

Desde entonces esa brega se propuso asegurar la preparación integral del pueblo, y viene acometiendo una labor educativa cuya más visible arrancada fue la Campaña Nacional de Alfabetización, librada en 1961. Ese fue también el año en que Fidel Castro pronunció ante escritores y artistas el discurso conocido como Palabras a los intelectuales, primer programa de lo que sería la política cultural de la Revolución.

A finales de 1961, pese a los escollos que fue necesario vencer, Cuba se proclamó libre de analfabetismo. Como parte de la hostilidad de los gobernantes de los Estados Unidos —de su sistema— contra el país antillano y su Revolución, entre esos escollos sobresalieron bandas de alzados asesinos en distintos sitios y la invasión mercenaria que en abril del mismo 1961 la potencia del Norte financió para establecer en las inmediaciones de Playa Girón una base de operaciones por donde encaminar su criminal política anticubana, que incluye un bloqueo de sesgo genocida.

La invasión fue aplastada en sesenta y cuatro horas por el pueblo cubano armado. Este, en la víspera de la invasión terrorista —precisamente en el sepelio de las víctimas del bombardeo con que el gobierno estadounidense intentó destruir la defensa aérea cubana— había abrazado el carácter socialista de la Revolución, proclamado ese día.

Fidel Castro Ruz, líder de la lucha armada que le dio el triunfo a la Revolución, y del proceso de transformaciones al cual ese triunfo dio paso, también en lo más profundamente cultural tuvo razón al sostener que, después de la victoria en Girón sobre el imperialismo, todos los pueblos de América fueron un poco más libres.

Símbolo si los hay, además de ser la fértil realidad que fue, ya en 1961 se consolidaba un verdadero movimiento editorial en el país, con la publicación en 1960, por la Imprenta Nacional, fundada en 1959 y dirigida por Alejo Carpentier, de una tirada masiva, popular, del Quijote. En 1962 la Imprenta se convirtió en la Editora Nacional, que en 1963 empezó a poner en circulación sus Obras completas de José Martí. Sobre esas bases se constituyó en 1967 el Instituto Cubano del Libro, estructurador de todo un sistema editorial.

Desde el triunfo de la Revolución se crearon otras instituciones insignias del desarrollo cultural cubano, como el Ballet Nacional de Cuba, el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), la Casa de las Américas, la Orquesta Sinfónica Nacional y el Teatro Nacional, entre otras que se han mencionado o merecerían mencionarse en estos apuntes, escritos sin ánimo exhaustivo.

Se fortaleció la Biblioteca Nacional, que patrocina toda una red de bibliotecas. Se fomentaron las bases para un avance científico que hace grandes aportes a la vida del país —señaladamente en el área de la salud, pero no solo en ella—, y el movimiento deportivo empezó pronto a tener logros que antes eran impensables. Todos esos frentes tendrían garantizada su fertilidad gracias a eficaces y masivos planes generales y especializados de educación.

Con esa perspectiva de raigalidad y largo alcance asumió su vida la Revolución. Así, en 1988, cuando se veía venir el desmontaje del campo socialista —con hechos que llegaron a la disolución de la Unión Soviética, y con todas las consecuencias de esa hecatombe—, Fidel Castro advirtió: “la cultura es lo primero que hay que salvar”, y la definió como “escudo y espada de la nación”. Lo dijo en el Sexto Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que había sido fundada en 1961 con la guía de Nicolás Guillén, el Poeta Nacional.

La contienda independentista desatada el 10 de octubre de 1868 fue, en expresión del propio Fidel Castro, el inicio de la única Revolución hecha en Cuba, la que llega a la actualidad, y continúa su marcha sin claudicaciones. Aquella gesta fue contra el colonialismo español, y el organizador y líder de la etapa de lucha armada que comenzó el 24 de febrero de 1895, José Martí, vio que ya el enemigo principal de Cuba y de nuestra América toda se hallaba en los Estados Unidos, que con sus pretensiones imperialistas buscaban apoderarse de la región como un paso hacia la hegemonía mundial.

Esa potencia, que en 1898 frustró la independencia que Cuba había probado merecer y era capaz de alcanzar contra la corona española, seguiría siendo el mayor enemigo de la nación cubana. En lo inmediato, las acciones revolucionarias del 26 de julio de 1953, acometidas con Martí presente como autor intelectual, se hicieron para derrocar una tiranía que era servil aliada de los Estados Unidos. Y desde el triunfo alcanzado por la Revolución en 1959 esa potencia no ha cesado en su afán, que refuerza cada vez más, de aplastarla, con el propósito de apoderarse nuevamente de Cuba.

Para encarar los desafíos que se interpongan en su camino, el pueblo cubano tiene y tendrá su mayor fuerza en la cultura revolucionaria, con la cual la nación es fiel al Himno que desde 1868 proclama la certidumbre de que “morir por la patria es vivir”. La refrendó la población bayamesa, que, luego de haber tomado en acto de guerra su ciudad, prefirió quemarla antes que verla otra vez en poder de los colonialistas. Allí quedó, proclamada por Céspedes —y perpetua—, la primera Plaza de la Revolución cubana.

La convicción emancipadora de la nación alcanza sus mayores dimensiones abonada por la claridad con que, meses antes de morir en combate (“En casa”, Patria, 26 de enero de 1895), José Martí definió la raíz del internacionalismo sembrado en el alma de Cuba: “Patria es humanidad”.

(* Toledo Sande. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Fue director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. Recibió entre otras, la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales por su libro Cesto de llamas Biografía de José Martí).