Hace varios años mi reloj orgánico comenzó su conteo regresivo, para otros, como acaba de ser el caso de Vicente Dopico Lerner, ese conteo llegó a cero.

Nos conocimos a principios de la década del sesenta. El año exacto y el día es irrelevante, porque la historia no es un conjunto de fechas sino una amalgama de sucesos acaecidos durante diversos períodos, incapaces de ser encasillados puntualmente, dentro de ese invento humano llamado calendario. Para el entendimiento final de los acontecimientos, vale más la época que la fecha.

Las circunstancias en que nos conocimos no eran las mejores. Vivíamos la experiencia de haber cometido graves errores políticos, los cuales son más fáciles de incurrir cuando se padece de incredulidad ante esas invenciones humanas llamadas preceptos, leyes, ideologías, normativas y cosas por el estilo. Categorías inventadas, puras extrapolaciones sacadas de la tendencia humana a ejercer autoridad sobe los demás humanos y sobre el medio circundante.

Vicente Dopico Lerner, un pintor de extraordinaria fuerza misteriosa, plasmada en el trazo huracanado de sus pinceladas y en las interrogantes mezclas de rojos, negros, demonios y rostros extraídos de remotas entrañas, murió ayer, 15 de octubre. Pero qué importa la fecha si el guarismo gregoriano se perderá en la memoria y solo nos quedará la imagen recia y puntual de su conducta, junto a la inmensa obra de varios cientos de pinturas ante las cuales, el más lego entre los legos de la expresión artística, se ve obligado a hurgar en la tela, intentando descubrir esa energía sideral que siente vibrar en su interior, ante la presencia de aquel cuadro inerte que, contradictoriamente se mueve.

Dopico salió del presidio contrarrevolucionario por gestiones de su madre chilena en la época que cobraba fuerza la izquierda de ese país andino, tanto por las corrientes cristianas, como las socialistas y comunistas, las cuales establecieron por ese entonces un nexo político con el faro de luz que significó en aquellos tiempos la Revolución Cubana, para una Latinoamérica plagada de dictaduras y gobiernos autoritarios que despreciaban a los pobres y desvalidos del continente.

De un modo u otro Dopico, quien estuvo obligado a convivir entre rejas con los testaferros de Batista, escuchó en varias oportunidades cómo algunos se ufanaban de las uñas que extrajeron en salvajes interrogatorios y conoció de cerca a los viejos políticos que deshonraron al país en el ejercicio del poder. Cargado de aquellas desagradables experiencias, al poco tiempo de llegar a Estados Unidos, se juntó con varios jóvenes que soñaban con una Cuba respetada desde afuera y orientada desde dentro a impartir justicia y equidad entre sus ciudadanos.

Vicente Dopico era una persona de fuerte temperamento. Jovial, amigo y solidario pero iracundo ante la opresión, las agresiones, los actos de fuerza encaminados a silenciar las voces que clamaban justicia. En eso era tan implacable como con la presencia de quienes predicaban en público el odio hacia Cuba, aunque este odio fuese contra el gobierno cuya legitimidad reconocía, aunque pasó mucho tiempo y muchos cambios, para que compartiera algunas de sus ideas y proyectos.

Nos identificaban muchas cosas. Me llamaba a menudo, en mi época más activa en la radio y la prensa alternativa escrita, dentro de la cual me desenvolví, a costa de pérdidas económicas, simplemente porque he creído en el bien de mi país y rechazado las intervenciones estadounidenses en sus asuntos internos y en los del resto de los países del orbe.

Su confianza en sí mismo y en sus propósitos, eran tan firmes, que no dudó en participar en los Diálogos de 1978 (oficialmente le llaman Diálogo del 78). Habían transcurrido unos catorce años aproximadamente desde que salió de la prisión cubana hacia un país Latinoamericano primero y a Estados Unidos de América después.

Al comienzo de su llegada se integra nuevamente a la organización contrarrevolucionaria Directorio Revolucionario Estudiantil de la cual provenía, la cual en prisión asumió una posición progresista bajo el liderazgo de Alberto Müller. Poco tiempo después, durante sus estudios en la Universidad de Gainsville, se inclina definitivamente a favor de defender la soberanía de Cuba y la no injerencia de Washington en sus asuntos internos.

Durante más de cincuenta años de su estancia en Estados Unidos de América, se dedicó por entero a defender la integridad de su país, reconocer la legitimidad de su gobierno al margen de sus diferencias ideológicas, dentro de las cuales eran más las coincidencias que las discrepancias.

Fue reconocido como pintor en su Cuba natal. Siempre recuerdo un hermoso cuadro que Eusebio Leal, quien dirigió hasta su fallecimiento la Oficina del Historiador de La Habana, colgaba en el bello edificio donde estaba su despacho y acostumbraba mostrarlo con orgullo y satisfacción. Me decía Eusebio: “cuando me lo dio me aclaró que no era un regalo sino un préstamo”.

Era un gran hombre, noble y gentil pero apasionado y atormentado. Quienes lo conocimos a fondo e intentábamos entenderlo, sentíamos de pronto que vivíamos dentro de uno de sus maravillosos cuadros llenos de dinamismo, rayos, truenos y vibraciones telúricas.

Como siempre digo cuando parte un amigo: Por favor Dopico, no descanses en paz, sigue tu incansable obra con la misma destreza que mostraron tus pinceles, derrotando a los fantasmas y los “Heraldos negros que nos manda la Muerte”, los mismo que venciste con furia y delicadeza, en tus Cuadros eternos