TRUMP SE VA. EL TRUMPISMO TAMBIÉN

                                         Jorge Gómez Barata

Quienes acuñaron la expresión se apresuraron. El trumpismo” no existe; quien existe es Donald Trump, un “parto de los montes” que capitalizó las peores tendencias de la sociedad estadounidense, envalentonándolas con un discurso demagógico y un respaldo oficial del que siempre carecieron.

El trumpismo, no es una ideología, como no lo es el racismo ni el supremacismo blanco, comportamientos sociales degenerados que en Estados Unidos prosperaron en la zaga de la esclavitud, cuando los esclavistas derrotados, mediante maniobras electorales, recuperaron el poder y dictaron las leyes llamadas Jim Crow, mediante las cuales establecieron la segregación racial, que dio lugar al apartheid.

Prolongada durante un siglo la segregación racial extendida a todas las esferas de la sociedad, incluidos el gobierno, la administración de justicia y el sistema escolar, aplicada con inaudita brutalidad, incorporó a la cultura de las poblaciones sureñas un racismo estructural que terminó contaminando a todo el país y haciéndose extensivo a todas las personas “no blancas”, (hispanos asiáticos y otros).

Aunque no son consistentes y proveen un conocimiento falso de la realidad, las ideologías son más que la retórica trumpista, entre otras cosas porque procuran algún sostén teórico, tratan de legitimarse mediante pseudo ciencias y, asociadas a la retórica política, procuran dotarse de capacidad de convocatoria.

Cuando se asocian al poder, las ideologías y sus caudillos parecen inmensos e imbatibles, más cuando son desplazadas se remiten, rápidamente, pierden vigencia y capacidad de convocatoria. “En Alemania e Italia ―me comentó― un lugareño, hay más diabéticos que fascistas. Esas narrativas tuvieron sus oportunidades y no pudieron probar su eficacia…”

Aunque son más de 2.600 en todo el país, alardean de su fuerza basada en el exhibicionismo de armamento letal al amparo de la Segunda Enmienda, generando miedo. Las organizaciones y grupos racistas y supremacistas en los Estados Unidos no son corrientes de pensamiento ni estratos sociales, sino entidades marginales alimentadas por atavismos que de ninguna manera representan las ideas predominantes en ese país.

Aunque existen desde hace 150 años, las organizaciones y grupos supremacistas son formaciones locales sin capacidad para influir en las políticas y los destinos nacionales ni fuerza para cambiar la historia. Su impacto emocional actual no se debe a que hayan adquirido mayor relieve, sino a Donald Trump, un vector casual que utilizando los resortes del poder presidencial y el liderazgo del partido republicano, que usurpó a una élite que desprecia, les ha conferido una relevancia que en realidad no tienen.

Parafraseando a Raúl Castro, “Trump carece del fijador político necesario para trascender”. Pasará como en Estados Unidos pasa todo. Allá nos vemos.