Dando hacia atrás a la máquina del tiempo y situándonos en la Cuba prerrevolucionaria de ayer, precisamente en la fecha del diez de marzo del año 1952, en la madrugada en que el entonces Senador de la República Fulgencio Batista entraba en el campamento militar de Columbia para producir su Golpe de Estado contra las instituciones republicanas.

Ya situados en ese momento de nuestra historia republicana, imaginemos por un momento que la asonada golpista batistiana fuera rechazada por los centinelas del enclave militar   culminando así aquella asonada traidora en un rotundo fracaso.

Batista, confuso y patidifuso, con el rabo entre las piernas, regresaría   a su finca Kuquine de las afueras de La Habana con cara de “yo no fui”, negando que su fallido intento de Golpe de Estado no era tal, sino mas bien un paseo madrugador sin ninguna mala intención de toma del poder con nocturnidad y alevosía contra la debilucha democracia criolla.

                Así las cosas, el Senado de la República de Cuba se hubiera reunido en sesión especial y urgente para incoar una causa contra el Senador Batista por “sedición golpista   contra los poderes del Estado”.  Legisladores de todos los Partidos políticos en función de Fiscales acusadores, presentarían las pruebas más que fehacientes- películas inclusive- del flagrante delito de lesa patria cometido por el acusado, un expresidente y Senador de la República.

¿Hubiera absuelto el Senado cubano de entonces a Fulgencio Batista del delito cometido por él en contra las instituciones de la república?  Me atrevo a afirmar que no. ¡Qué mil veces no!  Es más, afirmaría que ni siquiera los legisladores batistianos, por corruptos que fueran, se hubieran atrevido a votar “absolución” donde la culpabilidad del acusado Fulgencio Batista era más que evidente. Bajémonos ya de la máquina del tiempo y regresemos a la actual realidad de los Estados Unidos de hoy, donde Donald Trump ha sido declarado no culpable del delito de sedición a pesar de las pruebas contundentes presentadas en su contra por su intento fracasado de Golpe de Estado, incitando a una turba de sus fanáticos seguidores, a que asaltaran el Capitolio de Washington para impedir por la fuerza la certificación como ganador de la elección presidencial del candidato Demócrata Joe Biden.

Es bochornoso que en Estados Unidos haya un Senado donde los legisladores del Partido Republicano, a pesar   de las pruebas contundentes presentadas contra el ex presidente Trump, se hayan negado

 a condenarlo por traición a la república, más por miedo insuperable y cobarde, que por verdadera convicción.

Hemos asistido a un triste espectáculo en el Capitolio de Washington donde con la excepción de unos pocos, la mayoría de los Senadores Republicanos se han    doblegado genuflexos ante el arrogante y soberbio amo que los humilla y desprecia.!

 ¡Qué vergüenza!