Fotos Karla Geyla
El pasado 7 de marzo del 2021 mi abuelo partió, hace ya una semana, no creo que en aquel aciago día pudiera haber escrito unas notas o alguna breve crónica. Pedro Batista Layana, vivió todo el tiempo que quiso vivir, 111 años. Un tiempo que puede parecer enorme, sin embargo nosotros aspirábamos que la salud de roble le siguiera acompañando.
Papá, como le decíamos muchos de los nietos, nació en la legendaria provincia de las Tunas, en Juan Sáez, muy cerca de Chaparra, limítrofe con Los Alfonsos, del lado de allá del Rio Grande, que pertenece a Holguín. Eran los primeros años de la segunda década del siglo XX.
Pedro Batista, como Brígida Pérez, su compañera de toda la vida que murió tiempos atrás con 101 años son de raices canarias y otras regiones de España. Mi abuelo creció en un campo rodeado de palmas, platanales, potreros y unos cuantos bohíos. Desde pequeño, trabajó muy duro chapeando malas hiervas , arando la tierra, desyerbando, tumbando palmas, construyendo casas y de cortador de caña.
La primera visión que tengo de mi abuelo Pedro fue en 1963 en medio del Ciclón Flora, con una capa de yagua que le protegía del viento y la lluvia en medio de aquella tempestad salvando los animales , las gallinas y apuntalando los horcones de la casa que se tambaleaba por las poderosas ráfagas de viento.
Mi abuelo Pedro no aprendió a leer ni escribir, pero fue un maestro para nosotros, tenia alma de poeta, conversaba fluidamente y le gustaba mirar a los ojos de su interlocutor, gesticulaba, levantaba las manos, le gustaban hacer cuentos, jaranear, recordar en ocasiones el pasado cuando una jornada dura bajo el sol le pagaban kilos o cuando marchaba lejos a otras regiones en busca de trabajo y regresaba muchos días después con algunos «reales» como solía decir para el sustento de sus 4 hijos, Josefa, Mulata, Dora y Varón. Disfrutaba mucho el momento cuando los nietos íbamos a visitarlo, su alegría y ternura eran evidentes a cada instante.
Mi abuelo, hacia de todo en una casa, antes de cumplir los 100,  todavía cocinaba y organizaba el hogar, muy fuerte físicamente, pero mucho más espiritualmente. Con él experimentaba una relación diferente a cualquier otra. Su dedicación y amor por la familia era especial, nunca olvido aquel 31 de diciembre al mediodía que me dijo, «debías estar sembrando frijoles negros en el campo, es el mejor día para hacerlo». Sabía al dedillo que sembrar y cómo, según las épocas del año.
Pedro Batista curtido por el tiempo y las horas de mucho sol mostraba en ocasiones una virtud que era como vestirse de gala-la inocencia-y es que alguien escribió que un abuelo es un hombre viejo por fuera pero que aún es un niño por dentro. Soy de los que creo que no solo un niño necesita de un abuelo, cualquiera, necesita de un abuelo para crecer y vivir un poco más seguro en un mundo poco familiar.
Su paciencia y su alegría pienso que fueron junto a la gratitud lo que posibilitaron que viviera tanto y que fuera tan querido. Mi abuelo pedro siempre me decía que el mayor regalo era la salud, yo sonreía pero por dentro siempre pensé que el mejor regalo era él.
Se fue como como lo que fue, un verdadera titan, un guerrero amoroso por la la vida, con la familia y con la gente.
Se fue domingo, vestido de fiesta hacia el firmamento, y quedarse PARA SIEMPRE en nosotros. Aquel domingo 7 de marzo, mi tío José Luis, se levantó como cada mañana y del lado de allá de la pared donde dormía el abuelo le dijo » viejuco voy hacer café» y el le respondió que rico, gracias, bendiciones» . No dijo más nada, ni una sola palabra y es que al Abuelo, cada uno lo llama de una forma, pero el momento en que parten siempre es igual, tu padre o alguien cercano a ti, te llama, te pide que te sientes y te dice “se murió el abuelo”. En tu mente te dices “nunca morirás, siempre estarás en mi corazón” pero por tu mejilla corre una lágrima que te recuerda “jamás lo volveré a ver”.