DIPLOMACIA DE MEGÁFONO Y MODERACIÓN RUSA

Ucrania, Georgia y Crimea, los separatistas chechenos, los terroristas domésticos y los opositores internos, conocen la ruda firmeza con que el presidente Vladimir Putin conjura cualquier manifestación contraria a los intereses de Rusia o a su liderazgo, a la vez que ejercita una cauta moderación ante las sanciones e invectivas de Estados Unidos. La condena al opositor Alexei Navalny y la tibia respuesta al calificativo de asesino endilgado por Joe Biden, son botones de muestra.

Al parecer, no se trata de “ambigüedad política” sino de la certeza de que la tolerancia interna debilitaría la influencia y la hegemonía que ejerce sobre el país y las instituciones, mientras que grandes tensiones en la arena internacional, especialmente en el diferendo con Estados Unidos, obstaculizarían el proyecto de país que de antaño acarician las élites rusas.

Entre las mayores innovaciones de la historia europea figuran las reformas del zar ruso Pedro I, que en 1682 se involucró en una expedición diplomática por Europa prolongada por casi dos años, mediante la cual, se estudiaron los avances tecnológicos, culturales y militares del Continente, especialmente Prusia, Francia e Inglaterra para trasplantarlos a Rusia.

De regreso, mediante decretos y enérgicas políticas, avanzó espectacularmente en el objetivo de modernizar a Rusia y convertirla en una potencia mundial, para lo cual, construyó carreteras, canales, puertos y puso al ejército y la armada al día con los avances del momento. A la vez, realizó gestiones diplomáticas para aproximarse a Europa, atrajo la emigración de intelectuales, ingenieros y científicos europeos y envió jóvenes rusos a estudiar al extranjero.

El zar fue a la guerra con Turquía y Suecia para salir a los mares de Azov y Báltico. Fundó San Petersburgo convirtiéndola en una “ventana a Europa” y en 1715 instaló en ella la capital de Rusia. Pedro I no aspiraba destruir a Europa, sino emularla y marchar con ella hacia metas comunes, que es exactamente lo que persigue Putin, con la peculiaridad de que ahora, más que de Europa, se trata de los Estados Unidos, quienes actúan en sentido inverso. En lugar de permitir que Rusia se aproxime, la rechazan agresivamente.

Estados Unidos comprende que, debido al colapso soviético, la desaparición de la hostilidad ideológica que oponía a Rusia con Europa y al hecho de que en los territorios ex soviéticos se establecieron unos veinte nuevos estados europeos y asiáticos, en los cuales, además de importantes colonias rusas, existen profundas huellas culturales y una zaga política que pudieran favorecer el empeño ruso de reconstruir una cierta alianza, lo cual choca con los objetivos globales norteamericanos. Europa + Rusia sería una combinación con la cual a la superpotencia americana le resultaría difícil lidiar.

Los objetivos estratégicos de dominio global explican por qué, en lugar de intentar limar las asperezas surgidas durante la administración de Donald Trump, Estados Unidos la profundiza, tratando de llevar las tensiones políticas al límite, procurando empujar a Rusia a la radicalización, cosa que, afortunadamente Putin no hará, no porque le falta poder militar o determinación, sino porque esa no es su estrategia.

Estados Unidos procura apartar a Rusia de occidente y de ellos mismos, Putin quiere lo contrario, se trata de “plan contra plan”. El tiempo dirá. Allá nos vemos.