El expresidente ruso Dmitri Medvedev, actual presidente del Consejo de Seguridad Nacional de Rusia, homologó las actuales tensiones entre Estados Unidos y su país con la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962 que estuvo a punto de generar una confrontación nuclear. “Cualquier paso equivocado, afirmó Medvedev, amenazaría al mundo entero con un conflicto militar”.

De algún modo, el tono de precautoria advertencia de Medvedev se aparta de la moderación característica de los enfoques de Putin que, en lugar de incentivarlas, trata de relajar las tensiones, cosa extraordinariamente conveniente a la situación de Rusia y a su proyección política y militar que la diferencia sustancialmente de las capacidades y de los perfiles que tuvo la Unión Soviética de quien heredó la economía, los misiles y el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero nada más.

A su prestigio internacional, potencial económico y militar, misiles intercontinentales y el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, la Unión Soviética sumó decenas de aliados políticos en Europa Oriental, Asia y el Tercer Mundo, era apoyada por la estructura militar del Tratado de Varsovia, el CAME, y una considerable capacidad de movilización asociada al desempeño nacional de los partidos comunistas y obreros en todo el mundo. Rusia carece de todo eso.

La conciencia de tales hándicaps, explican la “doctrina Putin”, que no solo trata de evitar la deriva hacia un estado de cosas semejante a la Guerra Fría, frenando las escaladas que pueden conllevar a la confrontación militar, sino que procura aproximarse lo más posible a Estados Unidos con quienes, según ha dicho, más que competir desearía colaborar.

En una escalada de tensiones con Estados Unidos que estaría apoyado por la OTAN, Japón y Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda y toda Iberoamérica excepto Cuba, Venezuela y Nicaragua y en Asia por Siria e Irán, Rusia estaría dramáticamente sola. Entre la Unión Soviética y los Estados Unidos existió un equilibrio político militar, mientras que respecto a Rusia se manifiesta una profunda asimetría.

Excepto uno o dos países, Rusia no ha logrado conservar la influencia que la Unión Soviética tuvo en Europa Oriental que incluso se ha debilitado en los espacios exsoviéticos, en los cuales han surgido alrededor de 20 nuevos estados. Por otra parte, más allá de pronunciamientos tradicionales, no existe la posibilidad de que China se deje arrastrar a un conflicto de naturaleza militar con Estados Unidos.

Obviamente, el comportamiento de Estados Unidos se asocia a razones geopolíticas, entre las cuales la más importante es el mantenimiento de cierto liderazgo y la hegemonía política en occidente, las posiciones de Rusia que no puede aspirar a tales estatus, son básicamente defensivas, procuran impedir que Estados Unidos pueda imponerle condiciones, pero de ninguna manera disputar un liderazgo mundial, cosa que no sería realista.

La diferencia esencial de la confrontación que una vez existió entre Estados Unidos y la Unión Soviética y la que hoy media con Rusia, es de identidad. Mientras entonces se trataba de un cuestionamiento del capitalismo como sistema social, cuyo desmantelamiento constituía una meta, desde hace 30 años, tal enfoque ha dejado de existir.

Mientras que el pueblo ruso ha depuesto la animadversión que durante la Guerra Fría pudo haber incubado hacia Estados Unidos y su sistema, en occidente se conservan los prejuicios sembrados por el anticomunismo que de muchas maneras se conecta con una rusofobia que crece como la mala hierba.

Ante Putin y la élite política rusa se levanta un desafío colosal cuya solución de salida no pasa por la guerra. Allá nos vemos.