Durante una reciente visita oficial a Turquía, Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea y Charles Michel, presidente del Consejo de Europa, fueron recibidos en el palacio presidencial por el presidente Recep Tayyip Erdogan. En el lugar había solo dos butacas, una fue ocupada por el mandatario turco y la otra por el señor Michel. Úrsula se quedó de pie. Desconcertada miró por todas partes hasta que resignada se acomodó en un sofá algo alejado.

Eran dos hombres, altos dignatarios, cultos, iniciados en las tratativas diplomáticas y habituados a las exigencias de protocolo, pero que faltaron a clases cuando se enseñó cómo se ejerce la caballerosidad cuando de las damas se trata. He visto a hombres de mucha jerarquía que al ingresar a un local cedían el paso a su asistenta, y al servir el café, el empleado gastronómico atendía primero a la traductora. En ese y en otros muchos aspectos, la presencia femenina condiciona el ceremonial.

Aunque no lo justifica, comprendo a Recep Tayyip Erdogan porque es varón y musulmán, cuyo estilo de vida no se caracteriza precisamente por la consideración debida a las mujeres y las niñas y, aunque Turquía es un país laico, Erdogan no lo es. A quien resulta más difícil de exonerar es al belga Charles Michel, presidente del Consejo de Europa, compañero de labores de Úrsula von der Leyen en la conducción política de la Unión Europea, que asumió un comportamiento poco caballeroso, ajeno a los modales de su tierra y de su cultura.

Todas las mujeres merecen las mayores consideraciones, pero personas como Úrsula Von der Leyden, una mujer excepcional, lo hacen en grado superlativo. Doctora en medicina y madre de dos hijas, ocupó varios ministerios en Alemania, el último de ellos el de defensa; fue cercana colaboradora de Ángela Merkel a quien estuvo a punto de sustituir, estuvo entre las favoritas para Secretaria General de la OTAN y en 2019 accedió a la presidencia de la Comisión Europa, primera fémina en hacerlo.

“Me sentí dolida y sola: como mujer y como europea”, ha dicho Von der Leyden, quien advirtió que nunca más aceptaría un trato semejante, añadiendo que el descuido, en caso de que lo fuera evidencia: “Cuán lejos estamos de que a las mujeres se les trate como iguales”. Por su parte, Michel declaró al periódico alemán Handelsblatt “…Desde entonces no he dormido bien…”

Mi primera reacción fue indignación ante el desplante de Erdogan, la sumisión de Michel y el acatamiento del maltrato por parte de Úrsula Von der Leyen. Entonces creí que debió haberse excusado ante los groseros caballeros y abandonado el local, si fuera posible con un portazo.

Un diplomático de carrera me convenció de que la presidenta europea, hizo lo correcto, no solo para evitar un incidente diplomático, sino para evidenciar una educación que el anfitrión y su compañero no tuvieron. De todos modos, esperaba más de ella. Se trata de una oportunidad perdida para reivindicar los derechos de la mujer. Allá nos vemos.