Joe Westbrook Rosales

 

 

 

Leí un artículo del compañero Ricardo Alarcón, titulado “Humboldt 7, el crimen infinito”, publicado en la página de Radio Miami de fecha mayo 17 de 2021. Dice en uno de sus párrafos: “Varias veces vi en la Plaza Cadenas (hoy Agramonte) a Juan Pedro y a Machadito ayudando a repartir textos del PSP [Partido Socialista Popular] y la JS [Juventud Socialista]. Quien los haya conocido a ellos, a Joe y a Fructuoso, sabe que los mártires de Humboldt 7 estaban muy lejos del anticomunismo. Si no los hubieran asesinado ellos habrían estado a la vanguardia de nuestro pueblo en la brega por alcanzar el socialismo y la sociedad comunista.” El artículo del compañero Alarcón me trae a la mente muchos recuerdos que corroboran su afirmación, pero entre ellos destaca uno que quiero compartir con ustedes.

Formé parte de un grupo inicial que comenzó a trabajar con Faure Chomón Mediavilla en la lucha contra Batista desde el mes de marzo de 1953. Estaba todavía muy lejos en el tiempo la fundación del Directorio Revolucionario pero ya Faure había escogido ese nombre para la organización. Como Faure era de mayor edad que nosotros, los más jóvenes, como José Assef,  Orlando Rigol, y otros, llamábamos a Faure con el sobrenombre de “El Tío”. Yo tenía entonces 17 años y, aunque decididamente en contra de la tiranía de Batista, era todavía un analfabeto político, mientras que Joe, más joven aún, poseía ya un parque ideológico extraordinario para su edad y me recitaba de memoria textos completos de José Martí.

Un día Faure nos citó a Joe y a mi para reunirnos en el parque situado detrás del stadium universitario. Sus padres vivían en un edificio frente al parque. Como Faure tardó algo en llegar, nos sentamos en un banco a conversar y Joe sacó el tema de la Revolución de Octubre en la Unión Soviética. Como era más que evidente mi ignorancia, Joe me preguntó si yo sabía quién era Lenin. Como en mi mente lo confundía con Carlos Marx, de quien tampoco sabía nada, opté por confesarle que lo ignoraba por completo. Para mi sorpresa, Joe, muy serio, me espetó: “Capote, ¿tú dices que eres revolucionario y no sabes quién es Lenin?. Me quedé en silencio, avergonzado y preguntándome: ¿Quién c. será ese Lenin tan importante que para ser revolucionario hay que conocerlo?.

Cuando por fin llegó Faure, le pregunté si tenía algún libro sobre Lenin. Me respondió que tenía una biografía que era de su padre, y subimos al apartamento a buscarla. Era un viejo folleto editado en Perú, de hojas amarillas por el tiempo, desencuadernado, que esa misma noche leí de un tirón y me pareció la historia más maravillosa que había conocido. A partir de ese día, Joe tuvo un compañero que leía casi tanto como él y con quien podía discutir de historia, de política y de la patria nueva que construiríamos después del triunfo revolucionario.

No tardé mucho tiempo en descubrir que Joe, fraternalmente, me había abochornado con toda intención, para que yo entendiera que un revolucionario no sólo lo es por la acción sino también por el pensamiento