Corría el año 1995 cuando, durante un encuentro informal con un reducido grupo de emigrados cubanos, ante una sugerencia de Lázaro Fariñas, periodista cubano radicado en Miami, Fidel Castro se internó en una reflexión acerca de la crisis que entonces atravesaba Rusia, afectada por el colapso de la Unión Soviética: “Fijate ―le dijo a Lázaro― tan lamentable es la situación de Rusia que ha sido derrotada por un municipio…”

El Comandante se refería a la confrontación iniciada en 1991, cuando Rusia era gobernada por Boris Yeltsin y Chechenia, una pequeña república ex soviética de 15.000 km² y unos 600.000 habitantes predominantemente  musulmanes, liderada por Dzhojar Dudayev, declaró unilateralmente la independencia, lo cual motivó el envío de fuerzas militares rusas que en 1994, luego de intensos y cruentos combates, se retiraron.

 

 

 

Además de ser humillada en el terreno militar, en el cual había sentado cátedra, la Federación Rusa corría el riesgo de un efecto dominó que, comenzando por el Cáucaso, acentuara la desintegración iniciada con el colapso de la URSS. Percatado de tales peligros, Vladimir Putin, electo presidente por primera vez en 1999, inició la segunda guerra Chechena, en la cual, sin contemplaciones, volcó el poderío militar ruso sobre la pequeña república rebelde que fue reducida a la obediencia.

Sin teorizaciones ni alardes, Putin estableció una doctrina dual que le permite ser elegantemente flexible en la política exterior cuando alude asuntos bilaterales o globales con occidente y los Estados Unidos, responder con tacto y mesura a las sanciones, evitar la retórica y encajar las ofensas, haciendo ver que para algo se tienen dos mejillas. En cambio, cuando se alude la seguridad interior de Rusia, se cuestionan las fronteras o la intromisión rebasa ciertas líneas rojas, es inflexible, incluso puede ser letal.

Así fijó hitos en Georgia (2008), Osetia del Sur y Abjasia, Crimea (2014), Ucrania, incluyendo Donetsk y Lugansk. Fuera de la región, Putin no vaciló en comprometerse militarmente en Siria para, mediante el apuntalamiento al gobierno de Bashar al-Assad, preservar las bases aeronavales de Tartu y Latakia, las únicas que posee en el extranjero y que le permiten acceso operativo al Mediterráneo y por esa ruta al Atlántico.

La única excepción en esa política fue la renuncia a las posiciones en Cuba cuando en 2002, como parte de su política de acercamiento a EE UU, unilateralmente, Putin decidió retirar el Centro de Escucha Radioelectrónica de Lourdes, la mayor base de espionaje que tuvo la Unión Soviética fuera de sus fronteras y que fue heredada por Rusia.

La instalación que desde 1964 proporcionaba hasta el 75 por ciento de la información militar sobre Estados Unidos, llegó a emplear 1.500 técnicos y militares rusos. Contra el parecer de las autoridades cubanas, alegando “razones económicas”, Rusia puso fin a tres décadas de cooperación militar con Cuba.

La Habana consideró la retirada como una concesión gratuita al Estados Unidos que, además, comportaba un grave riesgo para Cuba, “Un obsequio especial”.

Desde entonces ha corrido agua bajo los puentes, Rusia y Putin no son los mismos ni la situación internacional es semejante, si alguna analogía hubiera es el peligro, cuyo eje pasa por Ucrania y por las “republicas” separatistas de Donetsk y Lugansk. Una invasión de Ucrania a esos enclaves rusos, supondría una respuesta militar al estilo Putin, es decir contundente, frente al ejército ucraniano, el mayor de Europa después del ruso.

Algunos observadores temen que, en una coyuntura militar, Kiev, la magnífica capital ucraniana, se convierta también en blanco. Como en otros muchos asuntos, es preferible no comenzar. Allá nos vemos