En West Palm Beach el periodista Felix Hernandez con el  estelar holguinero Yordan Manduley

No quiero escribir y es una rara sensación en mi porque toda la vida he sido un ‘’esclavo’’ feliz de la noticia, la entrevista, el comentario, la crónica, el reportaje, el artículo y cuanto género periodístico dicen que existe. Créanme que no quiero escribir, pero siento un fuego interior que me devora, que me revolvió la tensión arterial y debo darle una salida para que así tal vez baje el desasosiego y, como la lava que sale en estampida por la boca del volcán en erupción, se eliminen las ulceraciones.
Pudiera decir que de anoche para acá me cayó la guacaica, ave que en los campos de Cuba muchos la relacionan, y no se por qué, con la morosidad a la hora de hacer algo. Por eso el título de este intento de crónica obligada. No se si me saldrá pero haré el intento. Dije y reitero que es obligada porque cuando las heridas sangran hay que ponerle aunque sea una torunda sin detener las manos sobre ellas para que se cierren más rápido, olvidar el ocaso y fijar el punto de mira en el horizonte, epicentro en que parece que se junta el cielo con la tierra.
¿Será que la pelota tiene alguna coincidencia con La Divina Comedia del célebre Dante Alighieri (1265-1321), considerada una de las obras maestras de la literatura universal de todos los tiempos? No, nada que ver, Dante no llegó a conocer el béisbol. Es verdad, pero ojo porque a veces, en el mejor sentido de la palabra, la pelota se convierte en ‘’Infierno, Purgatorio y Paraiso’’, como las tres partes en que dividió su poema el genial italiano.
Salvando distancias y situaciones, aplicadas las tres palabras clave al pasatiempo podemos hacernos igual número de preguntas y respuestas: ¿Infierno? ¡Cuando pierde el equipo de nuestra preferencia, el que es parte de la cultura nacional! ¿Purgatorio? ¡Cuando tenemos que ‘’limpiar’’ un resultado adverso y seguir pegados a la pasión sin frenos! ¿Paraíso?¡Cuando todo nos sale a pedir de boca y reina la felicidad! Óigame, como dice un buen amigo mío: ¡Qué bárbaro!
Al Preolímpico de las Américas fuimos por lana y salimos trasquilados, como dice la vieja sentencia. El sueño se convirtió en una pesadilla. Lo peor no es que nos fuimos del aire, sino que pudimos estar en la gloria del olimpo, pero desaprovechamos muchas oportunidades. Las dos derrotas al hilo en realidad fueron sorpresivas, dolorosas y decepcionantes, mas los descalabros tienen la cualidad de ser aleccionadores. También instruyen y enseñan cuando se asimilan las lecciones.
El primer tropezón fue con la representación venezolana. El segundo con Canadá. Suficientes para abandonar el estadio. Eran conocidas las agallas de ambos adversarios y eso es provechoso para trazar una buena estrategia. De nada sirvió la advertencia. Tal vez usted, amigo lector, no coincida conmigo total o parcialmente. Es su derecho y se lo respeto. Hecha la aclaración sostengo que nada, absolutamente nada de lo sucedido le atañe a los peloteros y si algo le tocara es porque no fueron bien conducidos. Pienso entonces que, independientemente a las glorias acumuladas en tiempo pretérito, fue una cuestión de los que encabezaron la legión.
Se que el planteamiento puede resultar crudo, pero las medias tintas no son una buena compañía. ¿Por qué? Elemental, amigo Sancho: la utilización de los serpentineros dejó mucho que desear, el movimiento de la banca brilló por su ausencia, la velocidad en función de la ofensiva nunca apareció y depender solo del batazo es una práctica desgreñada por la ciencia aplicada en tiempos de modernidad.
Fabricar carreras, sea como sea, es el arte mayor en esta disciplina deportiva. Sin embargo, en el caso que nos ocupa la digitación no encontró las cuerdas de la guitarra y mucho menos del violín. Parecería que asistimos a una fiesta sin música técnico-táctica. La pasividad en esta práctica deportiva tiene un alto costo. Con un baño de agua helada a la medianoche de este martes comenzamos a pagar la deuda inmerecida.
La amarga experiencia que poquito a poco vivimos no nos quitó las ganas. Mantuvimos la ilusión de una reacción que no llegó y volvimos a tropezar una y otra vez con la misma piedra, piedra de tres filos que por donde la roces te corta. Luego de la primera derrota, toda la energía positiva la pusimos en una posible victoria frente a Canadá, un excelente conjunto pero no invencible. A todas luces el triunfo de Cuba pudo florecer.
Volvemos a lo mismo. Las tres carreras anotadas y los corredores dejados en bases en el mismo primer innings no es culpa del reconocido lanzador tunero Carlos Juan Viera. Desde que abrió el juego se sabía que para él era un día sin sol y una noche sin luna, pero lo dejaron que se marchitara en la oscuridad. ¿Confianza en su calidad demostrada? Tal vez, pero en un torneo de apenas tres juegos la confianza tiene que ser en extremo limitada.
Ese es, amigos míos, otro por qué que para muchos aficionados, incluidos yo, no tiene explicación lógica. Resultó la misma receta aplicada el día anterior al inmenso Lázaro Blanco que los venezolanos le abrieron fuego en el mismo comienzo del juego y en un abrir y cerrar de ojos le fabricaron cuatro carreras. A los dos lanzadores estrellas los dejaron en el box teniendo un banco lleno de buenos monticulistas que casi no llegaron a lanzar, algunos traídos allende los mares.
Observemos esto. A los lanzadores cubanos le anotaron en los dos juegos 12 carreras. De ellas 7 fueron a la cuenta de los abridores y cinco a los relevistas. Entre otras qué lectura le podemos dar a esta realidad: que el profundo cuerpo de relevistas largos, cortos y cerradores no se empleó de la mejor manera. ¿Un ejemplo? Miremos el desempeño de Dariel Rodríguez, Liván Moinelo y Raidel Martínez, pero cuando fueron llamados al ruedo ya el café estaba prácticamente colado.
Por otro lado, la defensa del conjunto cubano fue casi perfecta. Un solo error en 18 capítulos completos es admirable. La ofensiva, aunque poco oportuna, nada tuvo que envidiarle a los contendientes. Detengámonos brevemente en estos detalles: Canadá cometió 3 errores y Cuba uno, Canadá conectó 9 hits y Cuba 11, Canadá permitió cinco carreras y Cuba seis. Aún así perdimos el juego, un juego donde cada pelotero, con más virtudes que defectos, dejó el corazón en el terreno. Nadie me lo contó, pues lo viví, lo disfruté y sufrí desde las gradas. ¿Qué nos dice eso? Piensen. Apliquen la lógica. Yo fijo mi pupila en los que encabezan la nave como principal causa del naufragio.
Igual o parecido nos ha pasado en no pocos escenarios internacionales. El Preolímpico pudiera ser algo así como ponerle la tapa al pomo para emprender con botas de siete leguas acciones en defensa del deporte nacional, orgullo y pasión. Espantemos la decepción como a las gallinetas que se comen el arroz cuando está a punto de cosechar. Sacudirse el ollín es un imperativo. Aceptar el reto del béisbol que se juega en estos tiempos en todo el mundo es ineludible.
La remodelación de la pelota hay que empezarla desde los cimientos del gran y complejo edificio. Los parchos porosos alivian el dolor pero no lo quitan. Por eso es necesario irle con todo y a fondo a un fenómeno de tanto arraigo popular porque el béisbol es y será sangre de nuestra propia sangre.
Visto el caso y comprobado el hecho: punto final.
Desde West Palm Beach, Estado de la Florida, en EEUU una crónica   del periodista Felix Hernández