Ha sido descomunal el fracaso contrarrevolucionario del domingo 11 de julio, tratando de subvertir el orden en Cuba. No sólo meses de preparación y millonarios fondos federales se fueron a bolina, sino que se perdió probablemente la última oportunidad de impedir la colosal victoria del sistema de salud cubano con sus vacunas, se perdió, definitivamente, una base social potencial de ingenuos y confundidos, asustados ahora por los actos de violencia delincuenciales que tuvieron lugar y, además, quedó claro para la administración demócrata, sobre todo después de los desórdenes en el Palmetto, que es mejor dialogar con el gobierno cubano que plegarse a las amenazas y chantajes de los odiadores de Miami, cada vez más aislados dentro de su propia comunidad.
En Cuba nadie tiene dudas de que el artífice de la victoria fue la estrecha unidad de todo el pueblo con sus dirigentes y sus fuerzas armadas, pero en Estados Unidos se discute en estos momentos quién o quiénes han sido los culpables de la derrota y todos los ojos se están volviendo hacia Otaola, porque su estrategia de incitar al odio y a la violencia se considera que es la causante de los catastróficos resultados obtenidos en los intentos de derrocar al gobierno revolucionario.
Estaría ciega la administración de Biden si no ve ahora que el único camino viable es el levantamiento de las crueles sanciones de Trump, como primer paso para el levantamiento del bloqueo, y establecer relaciones normales con el gobierno de la Isla. Si algo quedó claro después de esta última intentona subversiva, es que el gobierno cubano es el más fuerte, sólido, confiable, de más altos valores éticos y con mayor respaldo popular, entre todos los países del continente, incluyendo, por supuesto, a los Estados Unidos.